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Los nutricionistas coinciden: "En verano tendemos a comer menos, pero el 60% de la población gana peso, porque hay más vida social, más terraceo, más chiringuitos..."

La estrategia de 'todo o nada' tras el verano, con dietas restrictivas, es desaconsejada por los expertos, quienes abogan por un retorno gradual a hábitos saludables

Las terrazas de Platja de Palma, a rebosar.  | MANU MIELNIEZUK

Las terrazas de Platja de Palma, a rebosar. | MANU MIELNIEZUK / Myriam B. Moneo

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Zaira Varas

Oviedo

Un helado porque hace calor. Una cerveza porque estamos de vacaciones. Unas patatas porque la comida se ha alargado. Y, entre una cosa y otra, llega septiembre con la sensación de haber perdido el control. Pero el verano no siempre significa comer más. A veces ocurre justo lo contrario: el calor quita el hambre, llenamos el plato de fruta y verduras y bebemos más agua. Entonces, ¿qué es lo que cambia realmente cuando llega el verano: el hambre o nuestra relación con la comida?

El calor también cambia lo que nos apetece

Cuando aprieta el calor, cambian los alimentos que buscamos y también la manera de organizar las comidas. Las ensaladas, los gazpachos y la fruta fresca ganan protagonismo frente a los platos calientes, mientras que beber agua pasa a ocupar un lugar mucho más importante.

"En verano tendemos a comer menos", explica la nutricionista Susana Sánchez. Sin embargo, reducir la cantidad no significa necesariamente que la alimentación sea peor. La especialista considera que durante estos meses también aumentan "las verduras, los gazpachos, alimentos más vegetales, con mucha fibra y mucha agua". En su opinión, la pauta alimentaria puede ser incluso más saludable en algunos aspectos porque el calor hace que apetezcan comidas diferentes, más frescas y ligeras.

La fruta también gana terreno. La sandía y el melón, por ejemplo, aportan una elevada cantidad de agua y ayudan a generar sensación de saciedad. A ello se suma que durante el verano se bebe más, un cambio que Sánchez considera positivo. "Te das cuenta de que bebemos mucho más agua", señala.

Ramón de Cangas coincide en que el calor puede reducir el apetito. "El calor obviamente sí que influye en las necesidades de hidratación y también disminuye el apetito", explica. Sin embargo, introduce una aparente contradicción: comer menos no significa necesariamente ingerir menos energía. En verano pueden aparecer alimentos que, aunque se consuman en cantidades pequeñas, concentran muchas calorías. Helados, granizados, refrescos o determinados alimentos asociados al ocio pueden terminar compensando esa menor ingesta de comida.

"Aunque disminuya el apetito y pueda disminuir el volumen de ingesta", señala, la incorporación de estos productos puede hacer que finalmente se gane peso durante el verano. Según los datos que maneja el nutricionista, alrededor del 60% de las personas gana peso en este periodo, con incrementos de entre dos y cinco kilos.

La principal consecuencia de estos cambios de hábitos durante el verano no sería tanto, a juicio de Ramón de Cangas, una carencia concreta de nutrientes, porque se sigue consumiendo una cierta variedad de alimentos, sino el aumento de productos asociados al ocio. "Se incluye más alimento recreativo, más refrescos, etcétera", apunta. También cambia la estructura de las comidas. "La dieta es menos estructurada y existe un incremento de la vida social", explica Ramón.

Y ahí aparece una de las cifras que mejor resume el cambio de hábitos. Hasta un 40% de los españoles reconoce que cocina menos durante el verano. Menos cocina significa más comidas rápidas, más comida fuera y preparaciones menos elaboradas, según el nutricionista. A ello añade otro dato: casi un 45% incrementa el consumo de refrescos durante estos meses.

Vacaciones: menos cocina y más improvisación

Si el calor cambia el apetito, las vacaciones cambian la organización. Horarios de trabajo que desaparecen, viajes, días de playa, excursiones, comidas familiares, terrazas y cenas que se alargan. La alimentación deja de estar marcada por la rutina y empieza a depender mucho más de los planes que surgen durante el día.

Para Beatriz Rodríguez, nutricionista, ahí sí existe un cambio claro en los hábitos. "Comemos peor porque queremos disfrutar y tomamos decisiones rápidas y que nos permitan tener más tiempo para ir a la playa, para ir de un lado a otro y demás", explica. Las comidas fuera de casa adquieren un protagonismo especial. "Comer fuera de casa mucho más implica no comer igual en cantidad, en calidad", sostiene Beatriz Rodríguez. También aumenta la presencia de determinados alimentos que se relacionan con el hecho de estar de vacaciones. "Ya que estamos fuera, asociamos el comer fuera con permitirnos aquellos antojos, aquellas cosas que normalmente en casa, a lo mejor intentamos no tomar", añade.

Susana Sánchez introduce, sin embargo, un matiz: considera que esos momentos de ocio pueden formar parte de una alimentación saludable. "Esos días un poco de flexibilidad en las comidas, que tampoco ni llevar siempre una dieta rígida extrema es bueno", explica. Un helado, una comida familiar o una salida puntual no tienen por qué ser interpretados como un fracaso. "Es bueno saber disfrutar", insiste. La clave está en mantener cierta flexibilidad.

Beatriz Rodríguez tampoco plantea el problema como una cuestión de prohibir alimentos. Su preocupación está más relacionada con el patrón que se crea durante las vacaciones. "Nos planificamos peor porque queremos llegar a todo, hacer un montón de planes fuera de casa", resume. Cuando la cocina pierde espacio, aumentan las decisiones improvisadas y la comida puede terminar adaptándose a lo que permite el plan del día. Ramón de Cangas introduce otro elemento: la vida social. "Más vida social, más terraceo, más el hecho de estar en chiringuitos y todo eso, contribuye mucho a esos cambios en el patrón alimentario".

También cambian las bebidas. Ramón advierte del incremento del consumo de refrescos y señala que, aunque contribuyen a la hidratación, en el caso de las bebidas azucaradas también aportan más azúcares y calorías. "La principal opción y prioridad debería ser el agua. Puede haber otras bebidas vinculadas al disfrute, pero la base de la hidratación debería ser el agua".

No todo lo que cambia en verano tiene que ver con lo que se añade. También hay alimentos que desaparecen temporalmente del menú porque se asocian con el invierno. Sánchez pone el ejemplo de las legumbres: "Tendemos a apartarlas un poco". Pero no existe ninguna razón para eliminarlas durante los meses de calor: una ensalada de garbanzos, una ensalada de lentejas permite mantenerlas en la alimentación con recetas frescas.

El hambre real frente al hambre emocional

Y, además, aparece una dimensión que no está en el plato: la emocional. Durante el verano hay más tiempo libre, pero eso no significa necesariamente menos estrés. Viajes, organización familiar, cambios de horarios o falta de espacio personal pueden modificar también la manera de comer. "Son estreses distintos", explica Beatriz Rodríguez, que señala cómo, al igual que durante el resto del año, las emociones pueden llevar a buscar en la comida una forma de recompensa.

"Pasar más horas con la pareja, los hijos o familiares con los que durante el resto del año se comparte menos tiempo puede generar roces que no aparecen con la misma frecuencia cuando cada uno mantiene su rutina", explica Beatriz Rodríguez.

El aburrimiento funciona de una manera parecida. Una tarde sin planes puede llevar a abrir la nevera varias veces, picar algo mientras se ve una película o comer simplemente porque hay comida disponible. Beatriz Rodríguez considera que "muchas veces el problema está en que no estamos suficientemente conectados con las señales del propio cuerpo. Nuestro cuerpo habla, nos da información, pero nosotros no sabemos interpretarla", avisa. La pregunta, por tanto, no siempre debería ser "¿puedo comer esto?", sino "¿por qué quiero comerlo ahora?".

Rodríguez propone una prueba sencilla. "Si realmente tienes hambre, comes lo que sea". Cuando, en cambio, solo apetece un alimento concreto (chocolate, galletas, helado u otro producto especialmente apetecible) puede existir un componente emocional. No significa que desear un helado sea necesariamente hambre emocional. El problema aparece cuando la comida se convierte sistemáticamente en la respuesta a una emoción.

Y ahí entra también el concepto de "alimento recreativo" que utiliza Ramón de Cangas para referirse a productos como helados o granizados. Su consumo aumenta durante el verano y la consecuencia puede resultar paradójica: una persona puede afirmar sinceramente que durante el verano "come menos" y, sin embargo, llegar a septiembre con más peso. De ahí que la recomendación no pase por obligarse a comer más cuando no existe apetito ni por eliminar cualquier capricho, sino por mantener una estructura mínima que permita que la alimentación no quede completamente a merced de las circunstancias.

Sánchez insiste precisamente en que una dieta demasiado rígida tampoco es saludable. Sus pacientes, explica, no deberían vivir todo el año con la sensación de que existen alimentos prohibidos. La flexibilidad forma parte de la propia pauta saludable. El riesgo aparece cuando la respuesta a esos excesos es precisamente lo contrario: la restricción.

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