Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

El perfil de la nueva consejera de Derechos Sociales: dama de hierro con guante de seda, pero de armas tomar

Nerea Monroy, aficionada a la caza, se formó en el mundo sindical y en las negociaciones colectivas antes de saltar a la gerencia del ERA

Nerea Monroy.

Nerea Monroy. / Fernando Rodríguez

¿Ya nos sigues?Márcanos como medio preferente
Añádenos en Google
Vicente Montes

Vicente Montes

Oviedo

Quienes conocen bien a Nerea Monroy (Gijón, 1983) le atribuyen valentía, firmeza y capacidad de negociación. Dama de hierro con guante de seda. Y de armas tomar, literalmente. Residente en Siero, es aficionada a la caza y llegó a presidir la Sociedad de Cazadores Valle del Nora: fue la primera mujer en ponerse al frente de ese colectivo formado por 440 socios, de los que solo cinco eran mujeres.

Y es que Nerea Monroy aprendió bien a no dejarse intimidar por los espacios tradicionalmente masculinos. Vivió el sindicalismo en casa, hija de José Ángel Monroy, activo militante de la Construcción en la federación del metal de UGT. La hasta ahora gerente del ERA (Establecimientos de Residencias de Ancianos de Asturias), antes de administrar residencias de ancianos, había aprendido a negociar convenios colectivos en las situaciones más duras.

Con 19 años se incorporó como agente sindical a MCA-UGT, la federación del Metal, Construcción y Afines. Cuatro años después era responsable del sector de la madera y en 2009 asumió el de la construcción. La revisión de las actas de los convenios colectivos permite seguir sus pasos.

De ahí ascendió en UGT hasta convertirse en vicesecretaria de Política Sectorial, Negociación Colectiva y Salud Laboral; luego, de Recursos y Empleo, y en 2022 alcanzó la vicesecretaría general de Política Institucional y Recursos. Rigurosa con las cuentas, algún resquemor interno despertó en el sindicato cuando reclamó contención y quiso poner coto —palabra que viene al dedillo para una aficionada a la montería— a ciertos gastos.

No quedó aclarada su salida de la dirección ugetista, pero poco después fue rescatada para la gestión pública por el Gobierno de Barbón, asumiendo la gerencia del ERA tras la dimisión de Ana Suárez Guerra. Inicialmente, la incorporación de una sindicalista curtida y con el respaldo del SOMA a un puesto de dirección en un organismo público con más de 2.000 trabajadores resultaba chocante. Pero con el tiempo se han visto las ventajas.

Monroy lleva peleándose con patronales desde los veintipocos, por lo que sentarse ante los sindicatos del ERA no le supuso ningún trago. Cambió de bando en la mesa, pero sabía de memoria el manual de instrucciones de quien tenía enfrente. Reconocen en el ámbito sindical del ERA que Monroy es buena negociadora y empática, y que se implica a fondo.

No lo tuvo fácil por parte de sus antiguos compañeros sindicales, que le montaron encierros y protestas, pero siempre ha estado disponible al teléfono en cualquier momento. «Calmó las aguas», admiten las fuentes consultadas, en un organismo que era un polvorín profesional. Hay quien recuerda cómo se empleó a fondo con proveedores y afrontó algunas eventualidades. Ante las reivindicaciones laborales hizo cesiones, pero mantuvo claras sus líneas rojas.

Con todo, la lista de tareas pendientes en el ERA es grande y la incertidumbre sobre cómo se resolverán los compromisos se mantiene, máxime cuando aún no se conoce quién tomará ahora el mando de las residencias.

Nerea Monroy da otro salto en su trayectoria personal a sus 43 años. Enfrente tendrá a una oposición inclemente que lleva años señalando a Derechos Sociales como uno de los principales flancos del Gobierno. Y tiene sobre la mesa un calendario que no admite diplomacia: el compromiso del Ejecutivo de reducir antes de fin de año los tiempos de la dependencia a 180 días.

Esa es la pieza en el punto de mira. Y el reloj hace tic-tac.

Suscríbete para seguir leyendo

TEMAS

Tracking Pixel Contents