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"Aún hay miedo a denunciar", coinciden seis mujeres asturianas de distintas generaciones (algunas de ellas se llevan casi 60 años) sobre la violencia de género

Tres diálogos de mujeres, en Oviedo, Gijón y Avilés, entre las que media más de medio siglo de perspectiva dan cuenta de la evolución de las agresiones machistas: hace falta más ayuda, más visibilidad y que las víctimas se sientan seguras, coinciden

La violencia machista vista por dos generaciones: "Oías frases diciendo de qué clase era ese hombre que no le da cuatro palos a su mujer y la ponía en su sitio"

VIDEO: Amor Domínguez/ FOTO: Miki López

Rosalía Agudín /Demi Taneva / Saúl Fernández

Oviedo / Gijón / Avilés

Entre María del Rosario y Nahia, entre Carmen y Sara, entre Violeta y Claudia hay una distancia generacional importante. Han crecido en dos Españas en principio muy diferentes. Más de medio siglo, en los tres casos, separa a estas tres parejas de mujeres que, sin embargo, y al interrogarse en el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, lamentan estar lejos de ese objetivo. La violencia contra la mujer, coinciden en las tres conversaciones, no ha desaparecido. Ha cambiado, tiene otros matices, quizá no se ejerce de una forma tan evidente. Pero sigue presente en la sociedad y las víctimas, lamentan, tienen el mismo miedo y los mismos problemas para denunciarlo.

En el caso de María del Rosario Bobes, maestra de corte y confección ya jubilada, y Nahia Fidalgo, estudiante de grado en medio en Deportes de 16 años, hay 57 años de por medio, dos generaciones que han vivido la violencia machista de diferente forma. Bobes, 73 años, escuchó por primera vez la palabra feminismo cuando ya había cumplido los veinte. Nahia Fidalgo casi nació escuchándola: "Mi familia siempre me la enseñó". Pertenecer a generaciones distintas también influyó en la forma de ser conscientes de lo que era la violencia machista. María del Rosario pronto se dio cuenta de que había expresiones que le ponían los pelos de punta. "Oías frases como que qué clase de hombre era ese que no le daba cuatro palos a su mujer y la ponía en su sitio". También vio a padres echar a sus hijas de su casa porque se habían quedado embarazadas y a la pareja desentendiéndose del niño. La joven estudiante del grado medio de Deportes supo lo que era el contexto de violencia cuando se lo enseñaron sus profesores en el colegio. Después, en el instituto, vio de cerca la realidad que hay en muchos hogares en España. "Conocí a una chica que tenía una situación familiar rara. Al tiempo, me enteré de que su madre sufría violencia de género", relata.

Arriba, Claudia Burón (a la izquierda) y Violeta Gómez. Debajo, María del Rosario Bobes y Nahia Fidalgo. | MARCOS LÉON / MIKI LÓPEZ

Claudia Burón (a la izquierda) y Violeta Gómez. / MARCOS LEÓN

La historia de Bobes se comenzó a escribir en el pueblo sierense que lleva su mismo nombre. Empezó en la escuela, pero nunca llegó a ir un curso completo a clase: "Siempre iba en invierno, nací en una familia campesina y no le daban importancia a que leyese o escribiese. Lo importante es que fuese una mujer cuidadora y buena". Lo que vio en el campo era que el hombre mandaba. "Las vacas las llevábamos los hijos a los praos, y si la mujer miraba por la ventana para controlarlos, su marido le reprochaba que qué hacía ahí, que no estuviese haciendo las tareas del hogar". Ella misma fue víctima con "nueve o diez años" de una agresión. "Un niño fue a meterteme mano y yo me rebelé. Le golpeé con el palo de las vacas". También fue a decírselo a la madre del agresor y ella le respondió que "su hijo no había sido". En su propia casa tampoco le apoyaron.

De joven, trasladada ya a Oviedo, donde empezó a formarse, picándose con sus compañeros por aprender, vivió otras situaciones. Una amiga, recuerda ahora, apareció un día con un golpe en la cara. "Su pareja le había lanzado una escultura de barro a la cara. Tenían una niña de tres años y un bebé". Durante gran parte de su vida, vio cómo las víctimas escondían lo que les pasaba. "Decían que se habían tropezado con el canto de la mesa o que catando una vaca le había dado con el rabo. Además, si aparecían con heridas, las vecinas decían ‘buena será’". En ese contexto, razona Bobes, las mujeres de su generación que sufrieron la violencia de género "no se atrevieron a denunciarlo". Sin embargo, matiza, las que vinieron después, las que ahora tienen 50 o 60 años, sí se atrevieron.

¿Y las más jóvenes? Nahia Fidalgo le dice a Bobes que "sorprendentemente la sociedad ha avanzado mucho, pero poco a la vez". La percepción sobre el agresor ha cambiado, pero hay "mucho negacionismo". "Ya no te dan una hostia a mano abierta, pero hay muchas técnicas de manipulación". Las jóvenes comparten con sus novios las ubicaciones de sus móviles, tienen que informar de quiénes son sus amigos y con quién están en cada momento. "Hay otro tipo de violencia en los mundos digitales. Hay programas de televisión que fomentan que esté bien estar súper celoso, se cosifica a la mujer y se muestran relaciones tóxicas". Otros ejemplos. También en las aulas. Una compañera de clase se lió con dos hombres en una misma fiesta, cuenta, y los compañeros de clase estaban todo el día llamándole guarra hasta que ella se cansó y les dijo que estaba harta. "La respuesta de ellos es que era una exagerada".

¿Cómo se puede acabar con esta lacra? Bobes dice que la sociedad es "muy compleja" y en un simple cuento o videoclip está presente "el patriarcado" y es "muy difícil combatirlo". "Sólo se puede hacer en la calle", resume. Fidalgo pide a las víctimas que denuncien y recuerda que nunca estarán solas. "Hay redes de apoyo y colectivos, hay que insistir en que estamos ahí y las creemos". 

María del Rosario Bobes y Nahia Fidalgo.

María del Rosario Bobes y Nahia Fidalgo. / Miki López / LNE

La siguiente conversación nos traslada de Oviedo a la mesa de una cafetería de Gijón donde se sientan Violeta Gómez (85 años) y Claudia Burón (18 años). Una habla desde la memoria. La otra, desde la juventud que observa, pregunta y compara. Lo que surge entre ambas es un retrato sincero de dos épocas distintas que, sin embargo, se tocan más de lo que cabría pensar. Gómez no duda cuando recuerda su juventud: "Para mí estaba mal antes y está mal ahora. Eso siempre estuvo mal". Lo dice con firmeza. Relata que, en su época, los malos tratos existían, pero se vivían en silencio: "Antes, si pegaban a una mujer, era normal. La mujer era más esclava". Añade que no se hablaba del tema, que las familias preferían ocultarlo y que la sociedad miraba hacia otro lado. Burón coincide, aunque desde la distancia generacional: "Yo creo que antes estaba más normalizado… ahora no tanto; antes la violencia estaba tan integrada que ni siquiera se identificaba como tal, era lo que había".

Ambas comparten la idea de que la violencia no es nueva, pero difieren en cómo la perciben hoy. "Antes pegaban, pero no mataban tanto. Ahora parece que va todo a peor", afirma Violeta Gómez, quien juzga que la crueldad se ha intensificado y que la sociedad ha perdido respeto. Burón, en cambio, lo interpreta desde otro ángulo. Explica que ahora hay más visibilidad, más denuncias y más datos, y que por eso parece que se ha incrementado: "Ahora hay más recursos, más teléfonos como el 016, más ayudas… pero que se use y que cambie es otra cosa". Matiza que, aunque la protección ha mejorado, "no está arreglado". Gómez, más escéptica, insiste en que las medidas actuales no funcionan: "Meten a uno siete días y pa’ la calle. ¿Eso qué arregla?"

Cuando se les pregunta qué hace falta para reducir la violencia, las respuestas muestran dos mundos. Gómez cree que la clave está en la firmeza y el castigo: "Castigar, castigar… trabajos forzados. Que tomen ejemplo". También señala que la independencia económica es esencial: "Si la mujer trabaja, no aguanta al hombre". Burón habla desde otro enfoque: "Hace falta educación. Mucha. Y campañas. Y visibilidad. El miedo a pedir ayuda es enorme". Explica que muchas mujeres callan por temor, por dependencia o por vergüenza. Para ella, el problema no se resolverá sin cambiar la estructura social: "No es cosa solo de mujeres. Ellos también tienen que hacer algo". Burón piensa que el mayor obstáculo para muchas mujeres es el miedo. "Pedir ayuda da miedo… por eso muchas no denuncian", explica, recordando que las órdenes de alejamiento no siempre son suficientes. Para ella, la clave pasa por reforzar el apoyo real, la escucha y las redes de confianza: "Que haya recursos no sirve si las mujeres no se sienten seguras para usarlos". Gómez, por su parte, insiste en que muchas mujeres sienten que la protección no garantiza su seguridad: "Si te quieren hacer algo, te lo van a hacer igual".

Ambas coinciden en que la sociedad ha cambiado. Burón destaca que, además del 016, existen protocolos y mecanismos que antes no estaban: "Ahora se ayuda más a las mujeres". Gómez reconoce esa evolución, pero cree que las mejoras son tímidas y que la violencia continúa porque las consecuencias no disuaden. En lo que sí están de acuerdo las dos es en que las generaciones jóvenes están más informadas y rompen el silencio antes. "Mi generación callaba. Callábamos todo", admite Gómez.

A pesar de la diferencia de edad (67 años), Gómez y Burón conectan cuando hablan de la necesidad de apoyo mutuo. La mayor insiste en que hay que enseñar a las jóvenes a ser independientes; la menor, en que la sociedad tiene que enseñar a los hombres a no ejercer violencia. Sus voces se encuentran en una conclusión compartida: la violencia contra las mujeres ha cambiado de forma, pero no ha desaparecido. Persisten el miedo, la desigualdad y la falta de prevención real. Y aunque Burón confía en el futuro, Gómez aporta la memoria de lo vivido para recordarnos que el avance nunca está garantizado.

Sara Palacio (a la izquierda) y Carmen Campo, ayer, en Los Canapés. | MARIO CANTELI

Sara Palacio (a la izquierda) y Carmen Campo, ayer, en Los Canapés. / MARIO CANTELI

En Avilés, otras dos mujeres analizan la misma situación. "Quien niega la violencia contra las mujeres o no ve, o no escucha o no lee…", zanja Sara Palacio, que es maestra de Educación Infantil y actriz del grupo "Santa Bárbara", de Llaranes, en Avilés. Ella, con veintiocho años, conversa con Carmen Campo Mier, que tiene casi cinco décadas más: setenta y siete años. Campo es la directora la compañía. Dice que la nacieron en San Esteban de las Cruces, en Oviedo, pero que a los seis años ya estaba en Llaranes. Ayer, a media tarde, precisamente, el único grupo avilesino del circuito aficionado tenía tarea: les habían encargado presentar la Gala de la escena amateur asturiana en el centro cultural de Los Canapés: el final de la Muestra anual de Feteas. Allí es donde ambas mujeres se interrogan sobre la violencia machista.

"Cuando era niña, no percibía la violencia contra las mujeres porque eso era, como tantas cosas, algo que se callaba", explica Campo. "Todo lo que pasaba en casa, quedaba para casa. Cuando crecí escuché algo que me dejó estremecida: resulta que había una mujer que tenía dos hijas, una de ellas debió de ser víctima de palizas. La madre le dijo: ‘Con la cuchara que escogiste, come’". Sara Palacio, al otro lado de la mesa, entonces suspira con angustia. "Gracias a Dios, las cosas han ido cambiando, pero tienen que cambiar mucho más", recalca la directora de la compañía de teatro. "Para eso hay que lanzarse con los guajes: en casa y también en la escuela", añade la directora.

"Mira, yo doy clase a niños de 3 a 6 años. Les leí el cuento ‘Daniela, pirata’" –y lo muestra–: "Va de una niña que quiere ser pirata, pero le dicen que no porque las niñas sólo pueden ser princesas. Los pequeños lo tienen asimilado: no es justo que porque seas niña no puedas ser lo que quieras, les da igual vestir de rosa o azul… Luego, cuando crecen, las cosas se estropean, no sé, las redes sociales, el aspecto físico: tú estás gorda, pues anda que tú. Es fundamental que se vean más directoras, más jefas de las que hay…", dice Palacio.

–Pero faltan muchas más –apostilla Campo.   

Grado acoge el acto institucional del 25N y la manifestación sale de Avilés

El Gobierno asturiano celebra hoy el acto institucional del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres en Grado, bajo el lema "Oír, ver y no callar" y con el foco puesto en las mujeres mayores. Será a las 11.00 horas, en el Centro Cultural de la villa moscona. Intervendrán el presidente del Principado, Adrián Barbón, y la vicepresidenta y consejera de Igualdad, Gimena Llamedo. La manifestación unitaria del 25N saldrá de Avilés, a las 19.00 horas, y discurrirá entre la plaza del Vaticano y la plaza de España, con el lema "El machismo nos cuesta la vida". Los actos reivindicativos del 25N se extenderán a lo largo de toda Asturias. En Oviedo, además del acto institucional en el Ayuntamiento, a las 12.30 horas, hay convocada una concentración al mediodía en la plaza de la Escandalera. En Gijón, habrá otra, a las 19.00 horas en la Plaza Mayor. La Universidad de Oviedo también ha organizado un acto, a las 17.30 horas, en el Aula Escalonada del edificio histórico. La movilización continuará a lo largo de los próximos días. Mañana, a las 18.30 horas, en el salón de actos del Real Instituto de Estudios Asturianos, RIDEA, el decano de la Facultad de Derecho de la Universidad de Oviedo, Javier Fernández Teruelo, pronunciará la conferencia "Prevención de violencia sexual en el ámbito universitario" y presentará la "Guía ilustrada de los delitos sexuales". El jueves 26 de noviembre, a las 9.30 horas, en el Palacio de Exposiciones y Congresos de Oviedo, se presenta "Ojo al dato. Invisibles", un informe sobre la violencia en mujeres con discapacidad que presenta Inserta, de la Fundación ONCE, y el 1 de diciembre está anunciada una mesa redonda, "Mujeres mayores de 65 años: más difícil salir del maltrato", a cargo de la geroantropóloga feminista Mónica Ramos Toro, en la sede del RIDEA.

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