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8-M, Día de la Mujer: Las Rompetechos (1)

El campo no tuvo puertas para Mercedes Cruzado

La primera mujer al frente de un sindicato agrario en España defiende a capa y espada el medio rural: “Jamás me he sentido discriminada”

Mercedes Cruzado, con sus vacas en Castro. | G. G..

Vaya por delante que Mercedes Cruzado nunca perdió el tiempo (ni lo pierde) en pensar si por ser mujer le van mejor o peor las cosas, si le cuesta más o menos conseguir algo, si tiene más o menos mérito lo que hace, si la discriminan o no por su sexo... En su vida y en su trabajo ha hecho lo que podía, lo que quería y lo que tocaba porque no le quedaba otra. A Mercedes le suena muy lejano eso de “romper un techo de cristal”.

Y eso que ella comenzó a abrir un buen boquete ya en plena infancia en Castiadelo, un pequeño pueblo de Grandas de Salime en el que nació el 1 de enero de 1960 y donde desde bien pequeña comenzó a ayudar a su padre Facundo con las vacas, porque era esto de lo que vivía la familia. “Ojo, que él quería que trabajásemos, pero también que estudiásemos y nos formáramos”, reseña Mercedes.

Como niña mayor de la casa lo normal es pensar que en la época su madre la reclutaría para ayudar en el hogar. Nada más lejos de la realidad: “Yo me iba para la cuadra, los prados, con mi padre. Había mucho que hacer. Mi madre lo entendía”. Además, la pequeña Mercedes iba feliz. Ella lo que quería y con lo que disfrutaba era trabajar entre vacas, en el campo, que nunca tuvo puertas para ella. “Y siempre me incliné por las labores duras, hacía todo tipo de trabajos. Quería eso y en casa venía bien, así que tuve suerte”.

Ver a una joven a la siega, con el carro, ordeñando las vacas o, si cuadraba, atendiendo un parto, igual “chocó” alguna vez a más de uno, pero en general no, asegura Mercedes. “Además yo tampoco di pie a que se hablara de ello”.

Labor sindical

Porque aunque desde fuera puede verse un mundo muy masculinizado y machista, el campo es todo lo contrario. “Nunca, jamás me he sentido distinta, discriminada por ser mujer, ni esto me ha condicionado para nada, ni a mí ni los que me rodeaban y me rodean”, recalca la que es hoy la secretaria general del sindicato COAG en Asturias y que al llegar al cargo en 2009 se convirtió la primera mujer en ponerse al frente de una organización agraria en España. Y ahí sigue, encantada con la tarea y entregada al sindicato. “Debo mucho a COAG, nunca podré decir nada malo de la organización, todo lo contrario”, asegura la ganadera, muy cómoda en el cargo pese a todas las horas que le quita y los muchos desplazamientos a los que le obliga la labor. “Y pese a todo lo que digan y a la mala fama que tenemos últimamente de que no servimos para nada, sube el número de gente que se afilia”.

La plataforma de la grandalesa para llegar a la secretaría general fue un grupo de ganaderos formado para hacer presión en la entrega de la leche. “Como siempre, casi nadie quería y me tocaba a mi ser coordinadora. Tenía que ir mucho a Oviedo y yo no quería, de aquella era una odisea el viaje... Ahora cambió un poco, mejoró, y aparte ha aprendido a utilizar las horas al volante para organizar la agenda, qué tengo que hacer, pensar y todo eso”.

“Nunca, jamás me he sentido distinta, discriminada, por ser mujer, ni esto me ha condicionado para nada, ni a mí ni los que me rodeaban y me rodean”

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Hubo un primer intento de que fuera candidata, pero se negó. A la segunda la convencieron, se presentó y ganó. El dato de que ha sido la primera mujer en dirigir un sindicato agrario no solo en Asturias, sino también en España, lo sabe. Pero no es algo a lo que haya hecho mucho caso. “Yo he hecho en estos años lo normal, lo que tocaba hacer, bien o mal, pero lo que haría cualquiera, hombre o mujer”, explica Mercedes. “Jamás he tenido un desplante por ser mujer, no sé si es que yo tampoco he dado pie a ello... A veces interesa más hablar que remangarse, y eso en mi opinión no está bien”.

A su labor sindical llegó la grandalesa con sus dos hijos ya en la veintena y un marido, Arturo, que siempre la ha apoyado y con el que trabaja codo con codo en su explotación de Castro, su el pueblo natal y al que Mercedes se trasladó después de casarse. Con Arturo empezó a cortejar al acabar el BUP en Gijón, donde estuvo en un piso de alquiler con su hermana y de cuyos años guarda mucho mejor recuerdo que de un curso anterior en Oviedo, donde fue a estudiar EGB por recomendación de la maestra de Nogueirón, el pueblo al que iba a la escuela.

“Mi padre era bueno para unas cosas y muy estricto para otras. Igual que se empeñaba en los estudios, tenía claro que lo de ir a la discoteca y de fiesta no estaba bien. Así que a Arturo le conocí, salimos una semana y luego pasé varias sin verlo porque no me dejaban ir”. Así las cosas, la joven pareja decidió que casarse sería la mejor opción para librarse de ataduras y Mercedes acabó en Castro, donde la familia de Arturo tenía vacas de leche.

Hoy en día su ganadería es de carne, tienen unas 65 vacas madre y crían los terneros durante todo el ciclo. “Lo hacemos todo nosotros y luego vendemos”. Pierde la cuenta Mercedes de las noches que pasó sin dormir no porque sus hijos llorasen de pequeños y tuviera que atenderlos, sino por las vacas que se ponen de parto. “No sé por qué, pero casi siempre es de noche. Aparte, muchas veces vienen torcidos los xatinos y es difícil asistirlas”.

Pero no hay xato, por muy torcido que venga, que Mercedes Cruzado no logre traer al mundo. Nunca una tarea del campo, por dura que fuese, se le puso cuesta arriba. Así que cuando tuvo que romper un sencillo techo de cristal y dirigir un sindicato lo hizo sin inmutarse. Es muy animosa, fuerte y dispuesta.

“Cómo será que cuando estudiaba en Oviedo acabé jugando en el equipo de baloncesto. ¡Yo! , que mido metro y medio”, cuenta divertida a LA NUEVA ESPAÑA por teléfono –manos libres– mientras conduce el tractor para dar silo a las vacas. El campo no para. Ella tampoco.

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