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LAS ROMPETECHOS

Una minera de las buenas, “como si fuera un paisano”

La lenense Sigrid Pulgar fue de las primeras en entrar en el pozo: empezó de “guaje” y llegó a jefa de seguridad: “Volvería”

Sigrid Pulgar, en el pozo.

Le temblaban un poco las manos, era su primer día en el tajo. Su madre estaba disgustada: “La mi fía… en ese infierno”, le dijo al despedirse. Percibió alguna mirada de reojo al entrar en el pozo, le asignaron limpiar la cinta de carbón. Al final de la jornada, un superior revisó el trabajo: “Pues sí, tiras de pala como un paisano”.

La lenense Sigrid Pulgar, aunque lleva cuatro años prejubilada, sigue llevando la mina hasta en las costuras: “A mí me encantaba el trabajo. Si pudiera volver hoy, al mismo tajo y con los mismos compañeros, volvería sin dudar”, dice con una sonrisa bien grande. Entró al pozo Santiago (Grupo Aller) en 2003: “Había pocas mujeres entonces, éramos ocho en el Santiago, pero las primeras fueron las que entraron cuando se ganó el juicio”. Las mujeres no pudieron ser mineras hasta que el Tribunal Constitucional lo dictaminó en los años noventa.

Las cuatro que ganaron aquella batalla judicial, y que prefirieron mantenerse fuera del foco mediático, fueron María de los Ángeles Llaneza, María Virginia Domínguez, María del Carmen González y María Shirley Sánchez. “Shirley estaba ya trabajando en el pozo Santiago cuando llegué yo. Estaban también Araceli, Eva, Marisa, Marta, Norma y alguna más… En total, éramos ocho”, señala Sigrid Pulgar. Ninguna había sido llamada desde el Servicio Público de Empleo, ni a una convocatoria de Hunosa. Todas las mujeres que entraban a la mina, lo hacían por “preferencia absoluta”.

Sigrid Pulgar Pierre Gonnord

La “preferencia absoluta” era un término muy temido en las Cuencas mineras: eran aquellos que accedían al tajo por la muerte de un familiar cercano –padre, hermano o hermano político–. “A mí se me había matado mi padre en el pozo Polio, por eso mi madre estaba tan disgustada el primer día”. Sigrid Pulgar empezó a trabajar con la categoría de ayudante minero. De “guaje”, qué más da que fuera mujer.

“A ver, machismo había. Alguno que te decía alguna cosa fuera de lugar, claro”, reconoce la lenense. Y recuerda aquel día que, al pasar por la cinta, una voz grave la increpó: “¿Nun sería mejor que te quedaras en casa y que viniera a la mina el tu marido?”. Y ella le espetó una rápida respuesta: “Vamos a ver, hombre, ¿a ti quién te parió, una muyer o un paisano?”. Sin palabras lo dejó.

Día a día, haciéndose un hueco más grande. Matiza Sigrid Pulgar que, por cada minero que recelaba, había diez que recibía a las mujeres “como compañeras”. “Si hay una palabra que define la mina, es el compañerismo. Es un compañerismo tan inmenso… No lo hay en ningún otro trabajo”, afirma la ahora concejala socialista en el Ayuntamiento de Lena.

Nunca sintió discriminación de sus superiores. Aunque sí cree que las mujeres tenían que demostrar más en el tajo. “Lo de que tiras de pala como un paisano, sí que se decía. Cuando, en realidad, hay mujeres que pueden hacer ese trabajo y hay otras que no. Lo mismo que los hombres”, explica.

Ella trabajó duro. De “guaje” ascendió a maquinista de tracción. Conductora de un tractor en la mina, para llevar el carbón. “Aunque pueda parecer un trabajo menos duro, en realidad es más físico. Además de transportar el carbón tienes que ayudar a los compañeros barrenistas, tienes que encarrilar el tren si se sale de los raíles… No era fácil”. Cobraba menos que sus compañeros hombres: “Ellos tenían más incentivos. Por ejemplo, ‘el de la madera’; a un hombre se lo daban al mes, a nosotras después de años”. No es baladí: el “incentivo de madera” suponía cobrar entonces unos doce euros más al día.

Ella lo consiguió. También seguir ascendiendo. Se prejubiló como encargada de equipo de seguridad. Un puesto al que las mujeres, entonces, no llegaban con facilidad. Orgullosa del trabajo hecho, pero siempre humilde: “Cuando yo llegué ya se había avanzado mucho, por todas las compañeras que habían entrado antes”. Aún así, espera que su entrada en el tajo -lo mismo que la del resto de mujeres en la mina- supusiera un paso adelante en la lucha feminista: “Esperamos que haya servido para abrir camino a otras mujeres en trabajos tradicionalmente masculinos, no solo en los pozos”.

Palabra de una “rompetechos” de cristal.

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