Un café en la Junta
Lidia Fernández y su familia tuvieron el fuego a 200 metros de casa y eso la marcó en los debates parlamentarios
“Estudié más cuando entré en la Junta que para sacar la plaza de educadora infantil”, dice la diputada socialista por el Occidente que revive la experiencia de los incendios de 2023
Explica por qué decidió mantener su vida en San Feliz (Trevías): “Somos muy de campo, de San Happy, como dicen mis hijos”.

Lidia Fernández, en la cafetería de la Junta General del Principado, durante la entrevista / Miki López

"Un café en la Junta" es una charla distendida con los diputados y diputadas del parlamento asturiano. La condición es salir del marco del debate político, hablar de tú a tú: remover con la cucharilla la vida cotidiana; echarle medio sobre de azúcar a la solemnidad del hemiciclo.
Pasan las dos y media de la tarde y Lidia Fernández llega sin apear la sonrisa, con el móvil en la mano y una libreta. Tomar un café cuando la hora de la comida se echa encima hace que la cafetería del parlamento permanezca en un silencio raro, convertida en un paréntesis en el trasiego de parlamentarios y asesores. La diputada socialista, que estrena estas charlas cercanas y personales, se sienta con esa calma que gastan quienes traen el ritmo pausado del pueblo. Esta es su segunda legislatura, ya que accedió al escaño en 2019. Habla con la cercanía de quien no aprendió la política en un manual, sino que se sumergió en ella cuando menos lo esperaba.
Reside en su localidad natal, San Feliz, en Trevías (Valdés): “San Feliz, San Happy, como dicen mis hijos”. Charla sobre su familia, su pasión casi genética por el fútbol, y relata cómo vivió en primera persona los terribles incendios que asolaron su concejo en 2023. Encerrada en casa, con las llamas a 200 metros de su vivienda, sufrió uno de los momentos más angustiosos que recuerda.
—¿A qué te dedicabas antes de venir a la Junta General?
—Yo soy educadora infantil y trabajaba desde 2010 en la escuela infantil de Valdés. Es cierto que militaba en el PSOE desde joven, porque mis padres lo son de toda la vida.
—¿Y cómo llega la opción de estar en la lista autonómica?
—No me acuerdo quién me lo propuso; alguien en la agrupación de Valdés. Le dí muchas vueltas, porque estaba muy a gusto trabajando al lado de casa. Pero me animé y me dije: “Bueno, venga, pues pruebo”. Fui en el cuarto puesto por el Occidente y el PSOE obtuvo cuatro escaños.
—¿Cómo fue el aterrizaje en la Junta? ¿Conocías el trabajo parlamentario o te pilló de nuevas?
—De nuevas completamente. Es decir, sabía qué se hace aquí, la labor legislativa y demás, pero luego conoces toda la actividad que se desarrolla en comisiones. Además, yo era militante de base; nunca había sido concejala o había pasado por la administración. Además, en la legislatura pasada llevaba todo lo relacionado con el área de Presidencia, con Rita Camblor de consejera. Me tocó analizar cuestiones de seguridad, emergencias… Siempre digo que estudié más cuando entré aquí que para sacar la plaza en la escuela (Se ríe).
—Y para colmo te pilla la pandemia.
—Sí, fue todo nuevo para todos. Me acuerdo de la primera comparecencia telemática: fallaba la conexión, no iban los micrófonos… horrible. Y el voto telemático vino después: ahora ya está instaurado, pero al principio nos costaba.
—Ahora, ¿qué áreas llevas?
—Turismo, Memoria histórica, Justicia. Y varias cuestiones de la consejería de la vicepresidenta Gimena Llamedo.
—Vamos al día a día: ¿sigues viviendo donde siempre?
—En San Feliz. San Happy, como dicen mis hijos. Pertenece a la parroquia de Trevías, en el concejo de Valdés.
"Quedarme en el pueblo fue una decisión muy meditada"
—¿Eso fue una decisión o la vida te llevó a quedarte allí?
—Fue una decisión muy meditada. Mis padres tienen un piso en Gijón y cuando vine a la Junta teníamos la opción de mudarnos, sobre todo pensando en los guajes. Pero nosotros somos muy de campo, muy de pueblo.
—¿Qué pesó más al final?
—Que son 50 minutos de viaje y solo viajo yo. Aquello suponía cambiar a los niños de colegio; mi marido trabajaba en Navia, con lo cual era todavía más complicado. Y además, el puesto de diputada es temporal.
—¿Cómo llevas ese ir y venir todos los días?
—Al principio se me hacía pesado, pero luego me acostumbré. Voy en el coche pensando, ordenando la cabeza. Así llego superactivada. Y ahora no me pesa, porque lo gano en calidad de vida muchísimo. Ya te digo que somos muy de estar en el pueblo, no hacemos grandes viajes. A mí me encanta.
—Ahí está el gran debate: si se puede hacer en un pueblo la misma vida que en una ciudad, si los servicios son equiparables…
—Se pueden hacer muchas cosas en el pueblo. El guaje juega al fútbol: empezó en Valdés, luego cambió de equipo y ahora juega en Gijón, y hay que llevarlo a entrenar dos veces a la semana, es cierto. En el colegio tienen extraescolares, comedor, el autobús los lleva a casa… No es como en una ciudad, donde tienes que coger al crío a tal hora, llevarlo al Conservatorio, a no sé donde… Hay menos oferta, pero la que hay, para mí, está superbién organizada. En el colegio tienen por la tarde clases de pintura, idiomas, robótica… un montón. El ámbito es distinto. Es que en el pueblo no hay prisa.
—Vamos, que el pueblo lo llevas en la sangre.
—Yo soy más del campo que las amapolas, como dice mi madre.
"Di mis primeros pasos en un campo de fútbol, porque mi padre presidía el Treviense"
—Y el fútbol, la otra pasión.
—El fútbol… (ríe) es otro tema. Mi madre dice que yo di mis primeros pasos en un campo de fútbol, porque mi padre era presidente del Club Deportivo Treviense. Lo fue durante 13 años. Yo estaba con mi madre por allí… vi a mi padre y atravesé medio campo para llegar a él.
—El club sigue en casa, ¿no?
—Sí: ahora el presidente del Treviense es mi suegro. O sea, que no hay opción posible. Somos socios los cuatro. Colaboramos mucho: gente joven con ganas hay, pero la mitad está fuera y viene el fin de semana. Y siempre hace falta quien eche una mano. Al final el Treviense es algo de casa y vamos todos los fines de semana de excursión.
—¿Llegaste a darle al balón?
—Lo intenté, lo intenté… pero al segundo balonazo dije: “No, esto no va a ser lo mío”. Y la mi guaja tampoco, que también le pasó lo mismo.
—¿Qué años tienen los críos?
—Tengo un guaje de 15 y una nena de 13.
—Y del Sporting hasta la médula sois también…
—Sí, sí. Somos socios del Sporting. Cuando no hay fútbol por un lado, lo hay por el otro. Y ya te dije que el guaje juega también en Gijón. El otro día pensaba: “¿Hace cuánto que no te pasas un fin de semana por ahí?”. Pues hasta que no acabe la liga, nada.
—¿Cómo llevan los críos tu actividad pública y el tiempo fuera de casa?
—Si te ven en la tele o en el periódico dicen: “Guau, guau”. Lo que llevan peor son las horas fuera de casa. A las tardes tienes comisiones en el parlamento, y acabas llegando a casa a las ocho, pero luego puede haber algún acto de partido o una asamblea… Siempre cuento una anécdota: mi hija vino al parlamento de excursión con el cole y bajé a saludar. Cuando estaban en el hemiciclo pregunté: “¿A quién le gustaría ser política de mayor? A Esther ya sé que no”, dije dirigiéndome a ella. La profe le preguntó por qué y ella contestó: “Porque yo hay días por semana que no veo a mi madre. Marcha antes que yo llegue y cuando ella llegue yo ya estoy en la cama”.
—¿Entienden lo que haces, tu función?
—Al principio les costaba. El mayor pregunta más. Le gusta mucho la historia y te pregunta: “¿Tú aquí por qué defiendes esto?”. Y yo: “Martín, pues defiendo esto porque al final nosotros somos obreros, de clase trabajadora…”. Le cuentas un poco cómo va la historia. Últimamente pregunta muchísimo más. En el instituto oye comentarios que le chocan y me dice: “Mamá, ¿cómo puede pensar alguien eso?”. Y va preguntando. “¿Por qué el PP vota esto? ¿Por qué no sube las pensiones?”, yo que sé. Y yo: “Cariño, cada uno tiene unas prioridades…”. Se queda dándole vueltas.
"La montaña empezó a arder entera y dije: 'Vamos, que esto llega a casa'"
—Cuando sí lo pasasteis mal fue en los incendios de 2023.
—Muy mal, fatal. Vivimos en el pueblo, mi casa está rodeada de campo, pero como a 200 metros ya es monte. Estábamos en Trevías y yo vi que, de pronto, la montaña empezó a arder entera. Dije: “Vamos, porque esto llega a casa”. Y fue horrible. Ese recuerdo me va a quedar grabado para siempre: bajarte del coche y ver el fuego. Lo tenía a 200 metros de casa.
—¿Qué haces en un momento así?
—Yo llamé a algún compañero: “¿Qué hago, qué hago?”. Y me dijo: “Ni vosotros podéis salir, ni los bomberos pueden llegar… meteros en casa, bajad persianas y esperad”. Para que no entre humo hicimos de todo, pusimos toallas húmedas. Alguien nos dijo: “Si lo veis muy cerca, echad agua en las paredes para humedecer la casa”. En cierto momento, para ver qué estaba pasando, salimos mi padre, mi marido y yo. Mi madre quedó dentro con los guajes. Vimos que no avanzaba, pero lo teníamos delante. Hubo un momento en que le dije a mi padre: “Papá, tenemos que marchar”. Y mi padre me respondió: “no, no, yo de mi casa no me voy… si muero, muero dentro”. A mí eso me quedó.
—¿Cuánto tiempo fue?
—Horas. Durísimas. No se las deseo a nadie. Había un chavalín allí, ganadero del pueblo, que cogió agua de la piscina nuestra, porque tampoco podía llegar al río, para echar al fuego para que no siguiera avanzando. Y ves también lo que pasa a tu alrededor. La casa de al lado es de mi tía y le llegó el fuego a la puerta de la cuadra. Fue una impotencia enorme, no tener manera de tratar de pararlo.
"A los bomberos los veías sin dormir, sin comer... sin querer parar"
—Y luego eso lo viviste desde este lado, el parlamentario, cuando tocó plantear iniciativas o cambiar protocolos…
—En aquel momento, tal y como fue el recorrido del fuego, era imposible pararlo. Teníamos a la UME, todos los medios… pero no había manera. Fue inaudito: en un cuarto de hora ardió más de la mitad del concejo. Y sientes la importancia de tener un buen servicio de emergencias. Recuerdo a los bomberos, que estuvieron casi cuatro días. Los veías sin dormir, sin comer… la gente llevándoles bocadillos y ellos sin querer parar. No hacían ni el cambio de turno en las primeras horas. Entonces, cuando te toca aquí debatir sobre eso, sabes de lo que estás hablando y sabes lo que te toca defender. Presentamos una iniciativa proponiendo depósitos en zonas de monte. Y te dices: “Cualquier cosa que se haga va a estar bien hecha, porque son esas cosas las que ayudan”. Ya te digo: no teníamos depósito y tiraron de mi piscina.
—Eso se queda grabado.
—Mucho. La mi cría tenía 10 años y ahora, con 13, no soporta ver el humo. Es el día de hoy que estamos por allí y digo: “Uy, hay humo allí” y ella: “Mamá, mamá”. Tengo una foto de aquellos días, todo negro. Mirabas y no había nada verde. Duele, de verdad. Ahora van saliendo brotes… pero el paisaje fue desolador miraras a donde miraras. Llegó a la costa, a la playa … fue horrible. Yo no recuerdo de haber vivido nada parecido.
—Pues nos han dado las tres… Gracias por el café y la charla, y esa historia grabada para siempre.
—De nada… Con lo que yo me enrollo.
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