La épica minera sigue viva: el análisis de Vicente Montes sobre el conflicto de Mina Miura y el caso Cerredo
Los trabajadores de la explotación minera de Ibias consiguen alterar la agenda política del parlamento y del Gobierno

Los mineros en su entrada en la Junta. / Luisma Murias

Aquel ejército negro y vengador cuya germinación pronosticaba Émile Zola, dispuesto a hacer estallar la tierra, desplegó este miércoles toda su épica ya casi olvidada ante la Junta General del Principado. Menguado en apariencia en la imagen de cuatro mineros con casco y lámpara, demostró que el relato minero aún conserva su fortaleza, aunque las minas de carbón tendrán difícil volver a brotar tras la siega de 2018. A finales del mes de floreal, la siembra de Germinal exhibió en Asturias sus últimas espigas. Los mineros de Mina Miura eran todos los mineros: los que quedan y los que hubo.
Sin que nadie lo dijese, había cierta atmósfera de funeral. Enfilaban los mineros los últimos metros antes de llegar al palacio de la calle Fruela, rodeados de familias, políticos y curiosos, cuando ya comenzaban las carreras por los pasillos del parlamento. Los portavoces parlamentarios pusieron en común el protocolo durante un segundo en la planta baja. Algunos cafés quedaron a medio tomar en la cafetería de la Junta. “¡Ya están!”, dijo alguien con un gesto. Y empezaron las prisas.
Luego, abajo en las escalinatas, ante la verja que rodea el parlamento, se arremolinaban cámaras y periodistas y políticos y asesores, arropados por un gran grupo silencioso que bloqueaba el tráfico y de vez en cuando estallaba: “¡Viva la lucha obrera!”. Cualquiera lo diría, pero la alcaldesa de Ibias, Gemma Álvarez, del PP, no podía evitar las lágrimas. Juan Cofiño, presidente de la Junta, ponía orden en el revuelo cuando los mineros se adentraron en el recinto parlamentario. Posaron los diputados con los mineros y aguantaron el chaparrón: “¡Para la foto bien que os ponéis!”; “¡Barbón, dónde están tus apellidos mineros!”. Una chica se sobresaltó con un petardo y no sabía si reír o llorar del susto. El alcalde de Villablino, el socialista Mario Rivas, escuchaba a un lado, enfundado en la camiseta reivindicativa, gentileza de los servicios de diseño del SOMA.
Y no: los mineros no pasaron por el control de visitas del parlamento, como esperaban los trabajadores de la Junta. Se abrieron de par en par las puertas nobles y las botas de trabajo pisaron las moquetas; se adentraron en la sala Jovellanos los hombres de Mina Miura como invitados de honor preferentes, porque el parlamento asturiano no les recibía a ellos, sino a todo un legado: casi los últimos de su especie.
Una diputada sabía que algo no cuadraba en todo esto y preguntaba, en confidencia, qué podría resolver la Junta de un problema con un empresario privado, y cómo debía abordarse desde la política la difícil situación que atraviesa la plantilla de Mina Miura, vendida por Chus Mirantes, el chamicero del accidente mortal de Cerredo, a un empresario que ha incumplido reiteradamente sus promesas. Pero aquí no se esperaban soluciones, sino gestos.
Mientras los mineros ocupaban la parte presidencial de la sala Jovellanos y los portavoces escuchaban una historia que parecía de otro siglo, la del empresario que no paga nóminas y trata incluso de tomarle el pelo a un juez, en la calle Fruela se contenía la respiración.
Poco antes de las dos y media, los mineros levantaron sesión parlamentaria porque había cita con Barbón en el edificio de Presidencia, a escasos metros. Cuando los trabajadores de Mina Miura reaparecieron en la escalinata recibieron el calor de los aplausos. El joven minero José María Pérez le daba vueltas en la mano a un clavel rojo.
Alguien dijo: “Ahora a presidencia”. Salieron por un lateral, mientras la calle Fruela aplaudía. Dirigían a la comitiva el consejero de Ciencia, Borja Sánchez, y el director general de Minería, Javier Cueli. Un puñado de agentes de la Policía Nacional rodeaba a la comitiva minera. “¡Josín, mira cómo vas escoltado!”, gritó un tipo a uno de los trabajadores.
Los mineros entraron en el palacio de Suárez de la Riva. Algunos esperaban que el propio Adrián Barbón hubiese bajado a las escalinatas. No lo hizo, pero un grupo de asesores dirigió a los mineros hacia la planta noble. A José Luis Alperi, secretario general del SOMA, quien no se despegó de los trabajadores ni un minuto, no se le escapaba detalle.
A finales del mes de floreal (es el mes del calendario republicano francés que va del 21 de abril al 21 de mayo, precisamente el que sigue al mes de germinal), la minería del carbón demostró que su épica sigue viva. Solo necesita que germine, aunque el accidente de Cerredo ha arrojado sal sobre todos los surcos.
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