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Pilar Rubiera

La cultura del poder frente al poder de la cultura

Cuatro décadas para asentar las bases de una idea común y desarrollar los ejes centrales de una educación, tanto en las aulas como en las calles

La Asociación Feminista de Asturias (AFA), en un puesto del Día de la Cultura de Gijón.

En diciembre de 1981 no llovía y las viñetas de los medios de comunicación asturianos hacían constantes referencias a la preocupante sequía. La Caja de Ahorros de Asturias tenía una obra social y cultural alrededor de la que giraba buena parte de la actividad asturiana en materia de cultura, Juan Cueto dirigía la revista literaria de referencia, “Los Cuadernos del Norte” –diseñada por Elías y Santamarina–, el editor del momento era el gijonés Silverio Cañada, Víctor Pablo Pérez dirigía la Orquesta Sinfónica de Asturias (OSA) y en Gijón se constituía la Fundación Evaristo Valle, que acabaría dando origen al Museo en 1984, una institución fundamental que se ocupa del legado de uno de nuestros grandes pintores y que apenas ha contado con apoyo económico público.

Además, Margen, entonces el único grupo de teatro profesional independiente del Principado, acababa de reunir a 1.500 personas en la plaza de la Catedral de Oviedo con la representación “Crónica y ficción del mucho mogollón” y preparaba la presentación de “De vita beata” en el Teatro Campoamor de Oviedo, una comedia de máscaras sobre la ciudad que había sido retirada de la programación de la Sociedad Ovetense de Festejos (SOF) en 1979 por “inmoral, erótica y blasfema”. E Isaac del Rivero abandonaba la dirección del entonces Certamen Internacional para la Infancia y la Juventud de Gijón que él había creado, hoy Festival Internacional de Cine de Xixón.

El príncipe de Asturias, acompañado de sus padres, los Reyes de España, pronuncia su primer discurso público durante el acto de entrega de la primera edición de los premios que llevan su nombre, celebrado en el Teatro Campoamor de la capital asturiana. Al acto asistieron también el presidente del Gobierno, Leopoldo Calvo Sotelo; el Presidente de la Fundación Principado de Asturias, Pedro Maseu y varios ministros. EFE/Manuel H de Léon/tb.

La Fundación Principado de Asturias, como se denominó inicialmente a la Fundación Princesa de Asturias, había entregado, en octubre, sus primeros galardones en una edición histórica por varios motivos: por ser la primera, por ser la del primer discurso de Felipe de Borbón, hoy Rey, y por el valiente y brillante discurso que pronunció el poeta y premio de las Letras José Hierro, meses después del fallido golpe de Estado de Tejero. Y porque, en ese primer año, se premió a la filósofa María Zambrano y tendrían que pasar varios años antes de ver a otra mujer en la nómina de los galardonados.

Un año antes, en 1980, con el socialista Rafael Fernández en la presidencia del Gobierno preautonómico y el médico y político Atanasio Corte Zapico en la Consejería de Cultura, se impulsaron tres instituciones que acabarían siendo fundamentales en el desarrollo cultural del país: la Academia de la Llingua Asturiana, presidida por Xosé Lluís García Arias, uno de los miembros fundadores de Conceyu Bable y, sin duda, el padre de la Filología Asturiana, autor de numerosos estudios fundamentales del asturiano, entre ellos el “Diccionariu Etimolóxicu de la Llingua Asturiana”, su última gran obra, ampliamente elogiada en las universidades centroeuropeas; el Museo de Bellas Artes de Asturias, con José Antonio Fernández Castañón de director y Emilio Marcos Vallaure como secretario técnico, inicialmente, y más tarde como director, y el Museo Etnográfico de Grandas de Salime, creado y dirigido por José María Naveiras Escanlar, “Pepe el Ferreiro”, que no sería inaugurado en sus actuales instalaciones hasta 1984.

En Oviedo nacía Tribuna Ciudadana, una asociación que agitó el debate social, político y cultural de los nuevos tiempos; Emilio Sagi, director de escena, debutaba en el Teatro Campoamor con la ópera “La Traviata”, de Verdi, iniciando una carrera que le llevaría a los grandes teatros del mundo.

GONZALO TORRENTE BALLESTER Y RAFAEL ALBERTI SE ENCONTRARON POR PRIMERA VEZ, TRAS LA GUERRA CIVIL, EN OVIEDO, EN EL AÑO 1982, EN UN ACTO ORGANIZADO POR TRIBUNA CIUDADANA.

El economista Teodoro López-Cuesta era el rector de la Universidad de Oviedo, entonces todavía una academia viva, centro de sabiduría y conocimiento, escenario de protestas y debates. Y marco de acogida de la presentación oficial de uno de los movimientos que impulsó cambios sociales, culturales y legales, la Asociación Feminista de Asturias (AFA), representada entonces por un grupo de mujeres entre las que pueden citarse a Paloma Uría, Amelia Valcárcel y Teresa Meana, que fue ganando, día a día, espacios de libertad.

Aquel diciembre de 1981 en el que, por primera vez desde la República, una mujer, Soledad Becerril, era nombrada ministra, ocupando la cartera de Cultura, Asturias estaba a punto de estrenar autonomía

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Aquel diciembre de 1981 en el que, por primera vez desde la República, una mujer, Soledad Becerril, era nombrada ministra, ocupando la cartera de Cultura, Asturias estaba a punto de estrenar autonomía, la democracia alentaba la esperanza y, pese a la dura crisis económica que se avecinaba, todo parecía posible.

Han pasado 40 años, cuatro décadas de gobiernos mayoritariamente socialistas (la derecha gobernó apenas cinco años y con ruptura), cada uno de ellos con una visión particular de la cultura del poder, y no del poder de la cultura. Tiempo suficiente para haber planificado una política cultural propia, un proyecto tal vez regeneracionista que nos alejara de la dependencia de otros. Una buena política cultural, aquella que no abandona lo heredado y atiende lo contemporáneo y lo innovador.

Los dos primeros gobiernos, de Pedro de Silva, trataron de establecer unas bases en las que se incluían todas las Asturias, no sólo el área central, pero aquella idea territorial, que hoy se ve tan necesaria, fue difuminándose hasta desaparecer

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Los dos primeros gobiernos, de Pedro de Silva, trataron de establecer unas bases en las que se incluían todas las Asturias, no sólo el área central, pero aquella idea territorial, que hoy se ve tan necesaria, fue difuminándose hasta desaparecer. Llegaron más tarde los proyectos megalómanos, que despilfarraron millones de euros en tratar de proyectar una imagen contemporánea de una Asturias desvertebrada y desigual, que pedía a gritos contención, mesura y atención a lo propio.

¿Hemos incrementado y afianzado la presencia de Asturias en estas cuatro décadas? ¿Sabemos hoy quiénes somos y lo que queremos? ¿Por qué somos la única autonomía de España con lengua propia, un bien cultural de primer orden, que la utiliza como disputa entre bandos? ¿Por qué algunos prefieren tener una lengua muerta antes que una lengua con futuro? ¿Por qué huimos del diálogo y la sensatez a la hora de planificar un proyecto común? ¿Por qué somos tan cicateros a la hora de valorar el buen hacer de nuestros compatriotas? Tal vez sociólogos o antropólogos nos den las respuestas.

Emilo Sagi, en los años 80, a finales, en Oviedo.

La Universidad, que renunció hace tiempo a formar elites, ha aceptado sin rebelarse el progresivo descrédito de las Humanidades. La ciencia es imprescindible en un mundo cada día más hiper-tecnologizado y complejo, pero la cultura clásica, la filosofía, el arte, la música, la historia o la geografía son piedras angulares de nuestra condición humana. Sin el trabajo científico, como vemos cada día, el coronavirus habría sido mucho más letal, pero sin los libros, la música y la cultura en general no habríamos podido soportar el encierro obligado en nuestras casas.

Tampoco ha sido efectiva, la Universidad, a la hora de investigar y publicar sobre la historia social y cultural de la Asturias de los dos últimos siglos. Los políticos también se han alejado de esta institución principal, como de la cultura en general. En la pasada festividad de Santa Catalina, un día de exaltación universitaria, el consejero de Ciencia, Innovación y Universidad, Borja Sánchez, representó al Gobierno regional. Ninguno de los principales ayuntamientos asturianos consideró que debía estar.

Asturias siempre ha tenido y tiene buenos talentos individuales en todos los ámbitos, pero no debe olvidarse que hay dos generaciones con formación universitaria –pronto serán tres– que han tenido que emigrar por la dificultad de encontrar trabajo

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La cultura son ideas, libros, conocimiento, herencia, tradición, rasgos característicos, instituciones y lugares (bibliotecas, museos, salas de conciertos, teatros, cines, danza, librerías). También son esos centenares de hombres y mujeres que trabajan cada día en esos ámbitos: escritores, artistas, músicos, cantantes, bailarines, cómicos, dibujantes, estudiosos, galeristas, técnicos y artesanos, entre otros colectivos. Asturias siempre ha tenido y tiene buenos talentos individuales en todos los ámbitos, pero no debe olvidarse que hay dos generaciones con formación universitaria –pronto serán tres– que han tenido que emigrar por la dificultad de encontrar trabajo en su tierra.

Decía la canción de “Ilegales” del año 1983 que aquellos eran “tiempos nuevos, tiempos salvajes”, y ahora también lo son, aunque de un modo diferente. No comparto la necesidad de coger un arma, como dice la letra, pero sí la de luchar por una Asturias liderada y gestionada por gente capaz, culta y con sentido del humor.

¿Qué nos hace más cultos? La curiosidad, conocer lo que fuimos y saber qué queremos ser, el espíritu crítico, el humor, la libertad y, en definitiva, aquello que hace de la vida algo digno de ser vivido. Como decía Fiquín, un magnífico ilustrador asturiano que inició su andadura profesional también en los ochenta, “el fin del conocimiento es la felicidad”.

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