"El mando cometió muchos errores", afirma Baltasar Barreiro, uno de los cabos que tomó la Catedral
"Fueron dos de las peores semanas de mi vida"

Baltasar Barreiro fue uno de los guardias que tuvieron que romper a hachazos la puerta principal de la Catedral para entrar en el templo. / Miguel Somovilla
Miguel Somovilla
Esta información fue publicada originariamente el 4 de octubre de 1984 con motivo del 50 aniversario de la Revolución del 34. LA NUEVA ESPAÑA realizó un gran despliegue editorial para dibujar cómo fueron aquellos días con la ayuda de historiadores y los testimonios de las personas que lo vivieron, famosas o anónimas. Estos días, con motivo de los 90 años de estos sucesos, recuperamos ese trabajo de Melchor Fernández Díaz, director del diario por entonces, y los redactores que participaron en la interpretación de estos hechos históricos.
Baltasar Barreiro, en la actualidad capitán retirado de la Policía Nacional y en octubre de 1934 cabo del Cuerpo de Seguridad y Asalto en el Gobierno Civil de Oviedo, está firmemente convencido de que durante la Revolución "fallaron los mandos superiores del Ejército". Hoy, a sus 79 años, cree que aquella falta de coordinación en las decisiones que él observó durante las dos semanas de insurrección, sólo pudo deberse a falta de profesionalidad según manifestó en unas declaraciones realizadas a LA NUEVA ESPAÑA.
Baltasar Barreiro formaba parte del grupo guardias que asaltó en la mañana del 7 de octubre la catedral de Oviedo, situada junto a la sede del Gobierno Civil (ubicado en la casa que hoy alberga el colegio San Isidoro) e incomprensiblemente no ocupada hasta dos días después de comenzar la Revolución.
-Alguien preguntó en el Gobierno Civil por qué no se había tomado la Catedral. Entonces decidimos que un policía fuera por San Vicente hasta la casa del campanero, que vivía en la Gorrada del Obispo. Pero no volvió, porque aquella zona ya estaba en manos de los revolucionarios.
En vista de eso, salimos un grupo mandados por el comandante Caballero, para intentar forzar la puerta principal, que estaba cerrada. La rompimos con un hacha, después de forzar el candado de la verja, y entramos.
Baltasar Barreiro, en contra de las versiones más generalizadas hasta ahora, asegura que dentro del templo había algunos insurrectos armados.
-Ellos estaban situados en los corredores de la Catedral y nos dispararon desde allí cuando entramos, pero nosotros repelimos la agresión, y los echamos fuera. Después fuimos tomando posiciones, siempre a las órdenes del teniente Plaza. La Catedral ya estuvo después siempre en nuestro poder.
La Cámara Santa
Cuando se produjo la destrucción de la Cámara Santa, atribuida a una carga de dinamita de los revolucionarios, Baltasar Barreiro se encontraba en el Gobierno Civil. "Recuerdo que oímos un tremendo estruendo y que se formó una gran humareda. Nosotros salimos desde el Gobierno Civil hacia la Catedral, que los insurrectos ni lograron tomar", firma.
Una de las misiones del cabo Barreiro era mantener el enlace entre el Gobierno Civil y el Cuartel de Asalto de Santa Clara (actual edificio de la Delegación Provincial de Hacienda). Allí se guardaba la munición requisada a los revolucionarios, que procedía del alijo del "Turquesa".
-Para nosotros fue una salvación, porque empezaron a escasearnos las municiones y tuvimos que utilizar aquellas, que fueron nuestra salvación.
Sin embargo, esto no compensó los fallos que observamos desde el principio a los responsables del mando, que, entre otros errores, cometieron el de enviar a Sama dos secciones de guardias de asalto que perdieron la vida antes de llegar a su lugar de destino.
Dos semanas de agobio
Baltasar Barreiro, que también tuvo que luchar durante la Guerra Civil, tiene grabadas aquellas dos semanas, "como dos de las peores de mi vida. Era un agobio y una tensión constantes", señala. Uno de sus peores recuerdos lo constituye la muerte de un compañero suyo, también guardia del Cuerpo de Seguridad, "que fue quemado vivo en el campo de San Francisco. Se llamaba Joaquín García Díaz y venía de hacer un servicio en el Hospital General.
"Ante el peligro", recuerda Barreiro, "había entrado en una casa de la calle Marqués de Santa Cruz para ponerse ropa de paisano, pero lo identificaron en la calle. Después, en los periódicos se dijo que los rojos habían quemado a un cura en el Campo de San Francisco. Pero no fue verdad. Yo, que investigué el caso muy a fondo, puedo demostrar que a quien mataron en esas circunstancias fue a este compañero".
Entre tanto, Baltasar Barreiro repartía su tiempo entre los servicios que hacía en el Gobierno Civil, en el cuartel de Santa Clara y en la Catedral, hasta donde también iba con frecuencia. Allí compartió momentos de tensión con compañeros como Laureano García Morgade, un guardia de asalto gallego, al que no faltaban ingenio ni buen humor, a pesar de las difíciles circunstancias.
-Un día me dijo si quería comer algo caliente. Yo quedé sorprendido: ¿cómo podía ofrecerme algo caliente? Pero enseguida salí del asombro: cogió varias velas, las cortó a la misma altura y colocó encima una lata de sardinas que tomamos con gran placer.
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