Asalto a las barricadas: así fue la llegada del teniente coronel Yagüe a Gijón para ponerse al frente de las tropas
El militar, por indicación de Franco, liderará las tropas africanas desembarcadas en El Musel

El teniente coronel Yagüe llegó a Gijón en este autogiro La Cierva para ponerse al frente de los regulares y legionarios. A la derecha, Bonifacio Martín. / ARCHIVO ERNESTO CONDE / LNE
Esta información fue publicada originariamente el 4 de octubre de 1984 con motivo del 50 aniversario de la Revolución del 34. LA NUEVA ESPAÑA realizó un gran despliegue editorial para dibujar cómo fueron aquellos días con la ayuda de historiadores y los testimonios de las personas que lo vivieron, famosas o anónimas. Estos días, con motivo de los 90 años de estos sucesos, recuperamos ese trabajo de Melchor Fernández Díaz, director del diario por entonces, y los redactores que participaron en la interpretación de estos hechos históricos.
10 DE OCTUBRE DE 1934. En Gijón desembarcan fuerzas de la Legión y de Regulares que, en una operación combinada con la guarnición local, destruyen la resistencia de los revolucionarios en Pumarín y El Llano, tras una acción muy cruenta. El teniente coronel Yagüe, que llega en autogiro, se pone al mando de estas tropas, por indicación del general Franco, que desde Madrid asesora al ministro de la Guerra, Diego Hidalgo, en la conducción de la campaña
Hacia el mediodía del miércoles, 10 de octubre, un autogiro La Cierva sobrevuela Oviedo. No es precisamente el primer ingenio mecánico que ha cruzado el cielo ovetense en las últimas jornadas. Numerosos aviones se han alternado en la misión de lanzar sobre los revolucionarios, que controlan las tres cuartas parte de la ciudad, bombas y octavillas conminando a la rendición. Pero el autogiro es una novedad. Y sería mucho más llamativa para quienes lo contemplan mientras desciende sobre el cer- cado cuartel de Santa Clara si supieran quién va a bordo.
Se trata del teniente coronel Yagüe, que viene a ponerse al frente de las tropas africanas -legionarios y regulares- que están desembarcando en Gijón, adonde han llegado en varios buques de la Escuadra. El general Franco, que, instalado en el Ministerio de la Guerra, en Madrid, asesora al Ministro, Diego Hidalgo, ha sugerido a este que Yagüe asuma el mando directo de unas tropas que conoce muy bien.
Yagüe llega a tiempo de ver en acción a los que van a ser sus hombres. El autogiro le deja en la playa de San Lorenzo cuando ya ha comenzado la operación militar encaminada a desmontar el aparato de resistencia montado por los cenetistas en Pumarín y El Llano, donde se habían instalado numerosas barricadas. El combate es violentísimo y se libra a veces con arma blanca, cuerpo a cuerpo. Hacia las cuatro de la tarde la resistencia de los revolucionarios ha concluido. Poco después, por la misma carretera que no mucho antes ha contemplado la huida de hombres, mujeres y niños, Yagüe, al mando de una fuerza superior a los 2.000 hombres emprende la marcha sobre Oviedo.
Bonifacio Martín
Mucho más cerca de la capital se encuentra en esos momentos el máximo jefe de las fuerzas militares que operan en Asturias, general López Ochoa. Ha pernoctado en Solís (Corvera) y a primera hora ha pasado por Posada de Llanera. Allí la Guardia Civil le entrega un prisionero importante: nada menos que Bonifacio Martín, presidente del Comité Ejecutivo de la Alianza Obrera, detenido la tarde anterior cuando se dirigía dando un rodeo, hacia Trubia. López Ochoa hace subir al dirigente revolucionario al primer camión de la columna y emprende la marcha, mientras, súbitamente preocupado por haber dejado frente de los regulares y legionarios desguarnecida Avilés, hace quedarse a dos compañías hasta que se confirme que la villa continúa en plena normalidad.
La columna avanza sin problemas hasta La Corredoria, pero allí la esperan a ambos lados de la carretera fuertes contingentes de revolucionarios que la reciben con un fuego intensísimo. Bonifacio Martín y su compañero de detención resultan muertos en los primeros momentos del choque: según unas versiones, alcanzados por las balas de los revolucionarios; según otras, por las de sus guardianes. A las mismas puertas de Oviedo, López Ochoa pasa momentos angustiosos en los que precisa exhibir su valor personal para dar moral a la tropa. Ni siquiera la llegada de la noche le libra de un violento hostigamiento por parte de los revolucionarios.
El Banco de España
La jornada ovetense está, por otra parte, repleta de acontecimientos que pesarán gravemente en el "debe" de los revolucionarios al final de la rebelión. Durante la noche ha sido volada la caja fuerte del Banco de España y los autores se han apoderado de casi catorce millones y medio de pesetas, que se han apresurado a transportar hacia las cuencas mineras, donde el botín será repartido para su custodia. Este dinero constituirá el famoso "alijo", solo parcialmente recuperado después, y, precisamente por ello, fuente inagotable de rumores y especulaciones durante muchos años.
El fuego sigue haciendo estragos en la ciudad. Los revolucionarios han entrado en la sala capitular de la Catedral, incendiándola, con lo que desaparece una parte de la sillería gótica de la misma También arde el palacio de la Audiencia
El Comité Central de la revolución estudia al anochecer una estrategia de retirada y rendición a la que se oponen los comunistas.
Díez-Alegría
Ajenos a estos acontecimientos, los combatientes del frente sur se enfrentan ardorosamente en Vega del Rey, donde sigue copado el general Carlos Bosch, mientras siguen llegando tropas a Campomanes que no pueden conectar con él, porque lo impi- de el fuego de los revolucionarios desde las posiciones dominantes que ocupan. Al menos, al final de la jornada logran establecer comunicación telefónica. Lo consigue el teniente Luis Díez-Alegría Gutiérrez, al mando de un destacamento de Transmisiones del Regimiento del Pardo, del que forma parte.
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