La persecución religiosa, una página sombría de la Revolución de Octubre del 34
Feliciano Redondo historió la muerte de los seminaristas de Oviedo y Dimas Camporro fue dejado en libertad por los revolucionarios de la Hueria

Ruinas de la Cámara Santa y el claustro de la Catedral. En los recuadros, Dimas Camporro y Feliciano Redondo. / EFE / LNE
Esta información fue publicada originariamente en octubre de 1984 con motivo del 50 aniversario de la Revolución del 34. LA NUEVA ESPAÑA realizó un gran despliegue editorial para dibujar cómo fueron aquellos días con la ayuda de historiadores y los testimonios de las personas que lo vivieron, famosas o anónimas. Estos días, con motivo de los 90 años de estos sucesos, recuperamos ese trabajo de Melchor Fernández Díaz, director del diario por entonces, y los redactores que participaron en la interpretación de estos hechos históricos.
Una de las páginas más sombrías de la Revolución la constituyó la violencia desplegada contra los religiosos. Aunque los insurrectos trataron con corrección y hasta con deferencia a las monjas, cuyos conventos respetaron. Su actitud hacia sacerdotes y religiosos fue muy distinta. Nada menos que 33 de ellos cayeron bajo las balas de los revolucionarios. Fueron especialmente execrables en la muerte a sangre fría de seis jóvenes seminaristas en Oviedo y el fusilamiento no menos alevoso de nueve religiosos en Turón, así como el del carmelita Eufrasio del Niño Jesús, sacado del Hospital de Oviedo, donde estaba herido, para ser pasado por las armas. Si todos estos crímenes fueron ciertos y están perfectamente documentados, resultó, en cambio, falsa la supuesta serie de atrocidades cometidas por los revolucionarios, que se divulgó después de la Revolución como una auténtica leyenda negra contra los mineros asturianos.
José Manuel Gutiérrez Inclán y Miguel Somovilla hablaron, respectivamente, con Dimas Camporro y Feliciano Redondo, dos sacerdotes que tuvieron relación con aquellos acontecimientos.
El padre Dimas Camporro Vallina es en la actualidad, párroco de San Isidoro el Real, de Oviedo. La Revolución de Octubre le alcanzó en plena cuenca minera del valle del Nalón. Había recibido la ordenación sacerdotal en 1934 y su primer destino fue Cocañín, filial de la parroquia de San Andrés de Linares. Cocañín está situado en el estrecho valle de la Hueria de Carrocera, uno de los lugares de mayor implantación socialista entonces y ahora de Asturias. Lo detuvieron el día. 6 por la mañana y lo llevaron ante el comité revolucionario de la Hueria.
Durante el camino le tratan con respeto y una vez en el centro socialista le invitan a tomar asiento. Al cabo de un tiempo aparece una persona desconocida para él, pero con gran autoridad y le saludaron respeto, a la vez que le dice: Haga el favor de cubrirse. No puedo consentir que un superior a mí esté descubierto en mi presencia". Luego esta persona hace una defensa de los ideales de la Revolución, preguntando más tarde a los presentes si había algún cargo contra el sacerdote. Ninguno de los presentes dice nada y entonces el jefe revolucionario se dirige a él: "En vista de que contra usted no hay ningún cargo, puede volver a su casa, en la seguridad de que nada desagradable le ha de suceder". Después de aquello el joven coadjutor vuelve a casa donde se hospedaba.
Aquella persona se apellidaba Calleja, lo vio el sacerdote otra vez más después de aquello y le agradeció su actitud en aquel momento que, probablemente, le salvó la vida. Algunos interpretaron más tarde aquella intervención como fruto del interés de aquella persona por hacer ver que, si Dimas Camporro entró en Cocañín, revolviendo escombros, recogiendo cenizas y pulsando susceptibilidades peligrosísimas, como se cuenta en un libro aparecido en 1935 y que se titula "Langreo rojos, fue a causa de la forma de comportarse del cura anterior, pero no por un sentimiento anticatólico por parte del pueblo.
A los cincuenta años de aquel suceso se le puede preguntar qué recuerdo tiene de aquellos días.
-Desde la altura de los cincuenta años se liman muchas aristas. Yo acababa de llegar a la parroquia con la intención de poner en práctica los consejos que nos daba don José Cuesta en la clase de pastoral, especialmente la conveniencia del saludo a todos Pero vi pronto que a mi "buenas tardes se respondía con un "Salud, camarada UHPs. Aquello me fue dejando huella. Volviendo a tu pregunta, te diré que lo que me sucedió aquel día fue algo muy arriesgado.
-¿Cómo empezó usted la homilía del domingo posterior al término de la Revolución?
-Como si nada hubiera pasado Don Saturnino Menéndez, párroco entonces de San Andrés de Linares, me dio la consigna: Celebra la misa y predica como si no hubiera sucedido nadas. Y así fue. Pero los sucesos dejaron marcado al clero de la zona de Langreo, como al de toda Asturias. La huella era de miedo, de amargura y de pena, junto con el temor a que aquello pudiera volver a repetirse. Nos cuenta de que aquel hecho había sido gravísimo por les ataques a la religión y a las fuerzas armadas. Los revolucionarios usaban mucho las palabras tomar y conquistar. Nunca hablaban de las destrucciones que iban realizando.
Incultura y radicalismo
-¿Cuál era la situación social de su entorno?
-Aquel era un ambiente minero, los mineros eran entonces los privilegiados en el estamento laboral. Se defendían bien económicamente, a la vez que disfrutaban de algunas ventajas. Por ejemplo, tenían el carbón gratis. Por lo que toca al ambiente cultural, este era muy bajo. Había bastante analfabetismo, ya que lo que aspiraban los muchachos era a entrar cuanto antes de pinche y ganar dinero. Con esta situación tenían mucho ganado los partidos de fuerte impronta obrera. Por otra parte, el socialismo de la zona de Langreo era un socialismo agresivo frente a la religión y a la burguesía. Sin embargo, el socialismo que se vivía en la zona del Caudal era más tratable, menos virulento Se pensaba que era por la influencia de Manuel Llaneza. Sea como fuere, los curas presos en el 34 en la zona del Caudal dicen que fueron bastante bien tratados, cosa que no sucedió en Langreo.
-¿Y en el aspecto religioso?
-En el aspecto religioso hay que decir que vivían en un abandono total. La herencia espiritual que recibíamos entonces los sacerdotes era más bien pobre. Pero si debo decirte que prácticamente en todas las parroquias de Langreo estaba implantada la Juventud Católica, si bien su vivencia religiosa tendía más a un cierto intimismo religioso que a lo que llamariamos hoy un compromiso social derivado de la fe. Y por lo que toca a la corriente política predominante debo decir que era el socialismo el que ocupaba un mayor espacio, pero era un socialismo más identificado con la línea de Largo Caballero. En La Felguera existía un centro anarquista importante.
-¿A quién atribuye usted la responsabilidad de aquellos sucesos?
-Todos tuvieron culpa de algo. La violencia entonces era patrimonio de casi todos los grupos políticos. Pero creo que en Asturias se desbordaron los hechos y aunque parezca extraño, creo que la extrema izquierda, por ejemplo, los anarquistas, hubieran querido ir más despacio hacia la consecución de sus fines.
¿Qué final creía usted que iban a tener aquellos hechos?
-Siempre creíamos que aquello iba a ser liberado, siempre creímos que nada de lo que decían que iba a ser definitivo sería verdad. Pero, a la vez que esperábamos la liberación de tanta violencia, se temía por la seguridad de los presos, ya que creíamos que al estar cerca las tropas del Gobierno de Madrid estarían los detenidos en un mayor peligro de muerte. Poco a poco se iba conociendo que la Revolución había fracasado prácticamente en todos los sitios.
-La represión fue muy dura...
-Tengo que decir que no me acuerdo de ella. Pero ahora me viene a la memoria el recuerdo del comandante Doval, de la Guardia Civil, famoso por sus castigos.
-¿Quedó herida Asturias?
-Todos nos lamentábamos de lo que había pasado y se comen taba desfavorablemente. Junto a ello estaba el miedo inevitable a que se repitieran aquellos días penosos. Estoy de acuerdo cuando se habla de octubre de 1934 como de la antesala de la Guerra Civil. La verdad es que el país ya no se repuso y todo llevó a 1936. Creo que la secuela más importante de la Revolución fue el aumento de la división en la España de aquella época.
Don Feliciano Redondo, en la actualidad párroco de San Tirso y entonces profesor en Valdediós, recuerda que ya aquel verano, cuando se celebraron en Oviedo los exámenes de fin de curso, que fueron en septiembre, se apreciaba en el ambiente que algo iba a ocurrir. Después, en octubre, los ecos de la Revolución llegaron con rapidez has ta Valdediós, sede del seminario menor. El día siete tuvimos las primeras noticias, a través de algunos seminaristas que fueron desde el seminario de Oviedo, que estaba en Santo Domingo, hasta allí, para escapar del peligro que había en la capital Además, en La Campa, cerca de donde nos encontrábamos nosotros, habla ya un grupo de revolucionarios. Por el día la situación era bastante tranquila. Pero al anochecer aquellos chicos que estudiaban en Valdediós, en su mayoría muy jóvenes, tenían mucho miedo de que pudiera ocurrirles algo, señala Feliciano Redondo.
Ante este temor, los profesores del seminario optaron por distribuir a sus alumnos en las casas cercanas, para que se sintieran más seguros y tranquilos Durante todo este tiempo siempre existió preocupación porque los insurrectos pudieran bajar y hacernos daño. Pero no ocurrió nada. Poco a poco fuimos organizándonos y habilitando habitaciones para todos los que habían llegado desde Oviedo, afirma el párroco de San Tirso.
Muerte de seis seminaristas
En Valdediós los seminaristas que procedían de Santo Domingo relataron a Feliciano Redondo y al resto de los profesores del centro su peripecia. "Algunos habían saltado los muros del convento, como habían podido, para escapar. Otros, si embargo, optaron por esconderse en un sótano que había cerca del seminario. Permanecerán allí toda la noche y al levantarse, por la mañana unos guardias que había fuera les animaron a salir, tras asegurarles que no iba a ocurrirles nada, pues se los llevarían a Mieres a hacer unas declaraciones. Se animaron unos a otros y acabaron saliendo fuera. Ya en la calle los colocaron en fila, en dirección a la carretera de Mieres. Pero, un poco más adelante, al lado de un portón, les manda detenerse y dispararon sobre ellos. Murieron seis. El resto continuó hacia Mieres, donde fueron tratados con relativa humanidad", afirma Feliciano Redondo, autor de un libro sobre aquella tragedia.
Beatificación en 2019
Los 7 alumnos del Seminario asesinados en Octubre de 1934 en Oviedo fueron beatificados junto a otros dos (Luis Prado y Sixto Alonso) víctimas de la guerra civil. La celebración fue en la Catedral de Oviedo el 9 de marzo de 2019 en un acto que abarrotó la basílica con dos mil personas, entre los que se encontraban 130 parientes. Fue oficiado por el cardenal Angelo Becciu, Prefecto para la Congregación de las Causas de los Santos creyentes y familiares
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