Los últimos coletazos de la Revolución del 34: así fue el momento en el que los insurrectos se rindieron en Asturias
Belarmino Tomás negoció con López Ochoa una capitulación basada en que la Legión y los Regulares no entraran en vanguardia en las cuencas mineras

Las tropas entran en Sama de Langreo en la mañana del 19 de octubre. Según lo acordado entre el general López Ochoa y Belarmino Tomás, legionarios y Regulares no fueron en cabeza / Archivo.
18 DE OCTUBRE DE 1934. Mientras López Ochoa se dispone a poner en marcha un plan para conquistar las cuencas mineras, el Comité Revolucionario decide negociar la rendición. El teniente de la Guardia Civil Torrens, que ha colaborado con los revolucionarios, sale de Sama para entrevistarse con el general en jefe. López Ochoa le recibe y Torrens expone que los insurrectos están dispuestos a deponer las armas y que inquieren condiciones. Torrens viaja a Sama y regresa a Oviedo con una contrapropuesta del comité. Después de una nueva entrevista con López Ochoa regresa otra vez a la cuenca minera a recoger a Belarmino Tomás. Este llega a Oviedo, se entrevista con el general en jefe y acuerdan unas condiciones para la rendición: básicamente, que las tropas mercenarias -Legión y Regulares- no entren en vanguardia en las cuencas. Belarmino regresa a Sama y expone la situación a la multitud desde el balcón del Ayuntamiento. Tras unos momentos de fuerte tensión, la rendición es asumida. Los dirigentes revolucionarios inician la huida. Mañana se producirá la entrada del Ejército en los valles mineros. La Revolución, iniciada el dia 5 de octubre, ha concluido.
Poco antes de las once de la mañana se celebra una pequeña reunión en la fonda de José Orejas, en Sama de Langreo. Belarmino Tomás, presidente del Comité Revolucionario provincial, llega acompañado de otra persona a visitar al teniente Torrens, que se aloja en la fonda. Está presente en la entrevista un ingeniero de Duro-Felguera, Pedro Laioe y Álvarez de Sotomayor. Los insurrectos se rinden Belarmino Tomás expone al teniente Torrens que el Comité Revolucionario considera que prolongar la resistencia sólo serviría para hacer correr inútilmente la sangre. En consecuencia, le pide que se desplace a Oviedo a parlamentar con el general en jefe de las fuerzas militares, López Ochoa. Torrens, según contaría luego el dueño de la fonda, se puso nerviosísimo, pero, finalmente, se mostró dispuesto a cumplir el encargo.
El teniente Gabriel Torrens Llompart tiene 30 años. Es hijo de guardia civil y, pese a su juventud, es un oficial con experiencia. La Revolución lo sorprendió al frente de la Línea que tenía su cabecera en el cuartel de Ujo. Cuando éste fue atacado se rindió a los revolucionarios y poco después pasó a colaborar con ellos: más tarde se diría que tenía ideología socialista. En el frente sur había actuado como asesor de los insurrectos e incluso se prestó a tratar de convencer al general Bosch, a través de un comandante a quien conocía, de la conveniencia de que se rindiera en Vega del Rey.
Torrens no va de uniforme. Pero como el capitán Alonso Nart, muerto a consecuencia del asalto al cuartel de Sama, cuya defensa prolongó valerosamente durante más de treinta horas, se hospedaba en la pensión, toma una guerrera suya y se dispone a iniciar el viaje en un automóvil que le facilitan, lleva un salvoconducto para cruzar las líneas revolucionarias y, con un mantel del comedor, improvisa una bandera blanca, que desplegará al llegar a las posiciones militares.
Entre Sama y Oviedo
Cuando Torrens, después de pasar sin novedad de un campo a otro, llega al cuartel de Pelayo, López Ochoa está a punto de poner en marcha el plan que ha diseñado para tomar las cuencas mineras. Yagüe, desde Oviedo, y el general Balmes, desde Campomanes, avanzarán sobre Mieres. Solchaga, que está en Noreña, avanzará hacia Langreo por la Gargantada. Y el propio López Ochoa lo hará por San Esteban de las Cruces. La llegada de Torrens, cuya actua ción a lo largo de los días de la Revolución era desconocida por el mando de Oviedo, paraliza estos planes.
López Ochoa recibe a Torrens, que le expone el deseo de los revolucionarios de llegar a un acuerdo para finalizar la lucha. El general se muestra bien dispuesto, pero impone tres condiciones, que le da al teniente por escrito: la entrega de las armas, la liberación de los prisioneros y la constitución en rehenes de la cuarta parte de los miembros del Comité. Cuando Torrens llega a Sama con la propuesta de López üchoa, el Comité la valora como una base de partida, aunque rechaza alguna cláusula. Se le dice entonces a Torrens que vuelva a Oviedo y pregunte al general López Ochoa si estaría dispuesto a entrevistarse con el propio Belarrnino Tomás. El teniente hace un rápido viaje y regresa con una contestación afirmativa.
«De general a general»
Belarmino Tomás es un minero de 42 años con una larga trayectoria política y sindical. Meses después haría un pormenorizado relato de aquella singular entrevista al periodista asturiano Ignacio Lavilla, redactor jefe de «Avance», que fue a visitarlo a París, donde se había exiliado. Paco Ignacio Taibo II ha recogido en su historia de la Revolución de Octubre publicada por Silverio Cañada, ese relato del jefe revolucionario, que aparecería publicado en 1936 en «El Socialista» у «El Liberals, de Bilbao, y «El Socialista».
Belarmino entró en el cuartel de Pelayo aparentando una tranquilidad que estaba muy lejos de sentir y saludando con un confianzudo "¿Qué hay señores?", a varios periodistas ovetenses, que lo reconocieron con asombro.
El general López Ochoa lo recibió cordialmente en su despacho. Liberal, masón, republicano, presumía de la amistad personal con Niceto Alcalá Zamora. Hacia poco tiempo que había sido padre de una niña a la que, significativamente, había puesto por nombre Libertad Belarmino Tomás inició la entrevista con arrogancia. «Vengo a hablar con usted de general a general». López Ochoa no se incomodó y se mostró dispuesto a conversar, con la esperanza de llegar a un acuerdo». Belarmino Tomás le expuso entonces la opinión de que prolongar la lucha sólo serviría para hacer correr más sangre. Los revolucionarios, añadió no tenían municiones, pero sí la dinamita suficiente para prolongar la lucha durante dos meses.
Lopez Ochoa insistió en la necesidad de constituir rehenes con los miembros del Comité Revolucionario, a lo que se opuso Belarmino. Este se compro metió, en cambio, a entregar las arinas y a poner en libertad a los prisioneros. Y. a su vez, impuso una condición: que la Legión y los Regulares no entra ran en vanguardia en las cuencas.
López Ochoa accedió e in dicó que, en ese caso, las tropas se pondrían en marcha esa misma tarde. Belarmino le pidió que se retrasaran hasta el día siguiente. López Ochoa accedió.
La entrevista transcurrió en un tono amistoso. El general le preguntó al lider revolucionario qué haría. Pues, huir inmediatamente, recordaría más tarde.
La rendición
Pero para Belarmino Tomás aún quedaba el trago más duro de la jornada. Una multitud lo aguardaba en la plaza del Ayuntamiento de Sama, alertada de que había ido a negociar a Oviedo. En medio de una tensión que iba creciendo a medida que hablaba, Belarmino Tomás improvisó un discurso. Expuso la situación desesperada de los revolucionarios, aislados, sin municiones y copados por un enemigo mucho más potente. Y describió las condiciones en que había acordado la rendición. De entre el público salieron gritos de protesta y acusaciones de traición. Algunos dirigieron sus fusiles hacia el balcón. Luego la tensión se fue diluyendo. Cuando Belarmino Tomás terminó de hablar, la gente fue abandonando la plaza en silencio.
Ese mismo día el Comité Provincial Revolucionario de Asturias hizo público el último bando:
"A todos los trabajadores: El día 5 del mes en curso comenzó la insurrección gloriosa del proletariado contra la burguesía y después de probada la capacidad revolucionaria de las masas obreras para los objetivos de gobierno, ofreciendo alternativas de ataque y defensa ponderadas, estimamos necesaria una tregua en la lucha, deponiendo las armas en evitación de males mayores. Por ello, reunidos todos los comités revolucionarios con el provincial, se acordó la vuelta a la normalidad, encareciéndoos a todos os reintegréis de forma ordenada, consciente y serena al trabajo. Esta retirada nuestra, camaradas, la consideramos honrosa, por inevitable. La diferencia de medios de lucha, cuando nosotros hemos rendido tributo de ideales y hombría en el teatro de la guerra y el enemigo cuenta con elementos modernos de combate, nos llevó por ética revolucionaria a adoptar esta actitud extrema. Es un alto en el camino, un paréntesis, un descanso reparador después de tanto "surmenage". Nosotros, camaradas, os recordaremos esta frase histórica: Al proletariado se le puede derrotar, pero jamás vencer. ¡Todos al trabajo y a continuar luchando por el triunfo!"
Con este texto retórico la Revolución se desvanecia como un sueño que para muchos se había convertido en pesadilla.
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