Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Balance de la Revolución del 34 en Asturias: cerca de 1500 muertos, cuantiosos destrozos materiales y un gran daño moral

Los sucesos contribuyeron a ahondar las profundas diferencias entre los españoles y sería la antesala de una guerra civil

VISTA DE LA UNIVERSIDAD DE OVIEDO DESTRUIDA TRAS LA REVOLUCION DE OCTUBRE DE1934 / ARCHIVO DE LA HERMANDAD DE DEFENSORES DE OVIEDOLA GUERRA CIVIL EN ASTURIAS. 70 ANIVERSARIO

VISTA DE LA UNIVERSIDAD DE OVIEDO DESTRUIDA TRAS LA REVOLUCION DE OCTUBRE DE1934 / ARCHIVO DE LA HERMANDAD DE DEFENSORES DE OVIEDOLA GUERRA CIVIL EN ASTURIAS. 70 ANIVERSARIO

Melchor Fernández

Melchor Fernández

Esta información fue publicada originariamente el 4 de octubre de 1984 con motivo del 50 aniversario de la Revolución del 34.



Juzgada con apasionamiento por parte y parte, el saldo real de la Revolución es inevitablemente trágico, con una pérdida muy importante de vidas humanas, que se evalúa en torno a las 1.500, e importantísimos daños materiales, que se concentraron especialmente en Oviedo, principal teatro de la lucha durante la insurrección. Pero más importante que esos daños fue la contribución a ahondar las profundas diferencias entre los españoles. La Revolución de Octubre de 1934 sería la antesala de una guerra civil infinitamente más cruel. 

No es fácil cuantificar las pérdidas humanas y materiales que causó la Revolución de Octubre. Sobre las primeras, los distintos autores manejan cifras que resultan a veces difícilmente conciliables. Puede aventurarse, de todos modos, que el número de víctimas mortales se acercó a las 1. 500, incluyendo entre ellas las derivadas de la represión. Los heridos superaron de largo los 2000.

Fueron los revolucionarios los que pagaron una cuota de sangre más alta, con, aproximadamente, un millar de muertos, en tanto que el número de fallecidos en las filas del Ejército fue de 85, uno menos que la Guardia Civil, que tuvo casi todas sus bajas en la terrible jornada de asalto a los cuarteles, al comienzo de la insurrección.

También es difícil precisar el número de combatientes. Los revolucionarios no llegaron a tener un ejército vertebrado. Los comunistas, durante su efímera presencia de un día al frente del Comité Revolucionario Provincial, intentaron crear un «Ejército rojo» sobre la base de movilizar a todos los hombres comprendidos entre los 18 y 35 años, pero, de hecho, las fuerzas revolucionarias estuvieron formadas por voluntarios, que iban y venían del frente y que solo llegaron a tener armamento asignado a partir de la conquista de la Fábrica de Armas de Oviedo. Algunos autores llegan a hablar de 30.000 combatientes revolucionarios. Otros rebajan el número a bastante menos de la mitad.

El Ejército, que en los días finales de la Revolución llegó a acumular 15.000 hombres en Asturias, contaba al comenzar la insurrección con unos 1.400 hombres entre Oviedo y Gijón, a los que se añadían unos 1.300 miembros de las distintas fuerzas de seguridad, repartidos por toda la provincia. En Oviedo, al comenzar la revuelta, había unos 2.000 hombres de uniforme que fueron muy mal utilizados por sus mandos, como lo prueba el hecho de que, terminada la insurrección, los jefes de los distintos acuartelamientos de la ciudad fueran sometidos a consejos de guerra; con la excepción del comandante Quintas, del cuartel de Santa Clara. En Gijón el teniente coronel Mariones, comandante militar de la plaza, dio muestras de la capacidad e iniciativa que faltó a sus colegas de Oviedo. 

La capital de Asturias fue el principal escenario bélico de la Revolución, donde se registraron más bajas humanas y mayores pérdidas materiales. El número de civiles que murieron en Oviedo no fue inferior a 700, en su mayoría no residente en la ciudad, en tanto que los militares tuvieron unas cien bajas mortales. El otro escenario bélico en el que se registró una importante mortandad fue el frente sur, donde se libró una batalla de gran intensidad y larga duración. En el interior de las cuencas mineras no hubo más enfrentamientos armados que los derivados de la toma de los cuarteles en los dos primeros días de la Revolución. 

Los daños materiales registrados en Oviedo fueron cuantiosísimos y algunos de ellos, irreparables. La Cámara Santa de la Catedral fue volada con dinamita y resultaron destruidos total o parcialmente por incendios y explosiones la Universidad, el Instituto, el Seminario, la Audiencia, el teatro Campoamor y un gran número de edificios más.

El daño moral

Pero si el estrago físico de la Revolución fue de gran envergadura, el daño moral resultó considerablemente mayor. La profunda separación ideológica que existía en la sociedad española ante el alzamiento se agrandó dramáticamente, porque sobre los excesos revolucionarios se acumularon los de la represión. Una literatura brutal atizó desde la derecha una intransigencia que encontró paralelismo en la izquierda. De ese modo la Revolución de Octubre se acabó caracterizando como la antesala de la Guerra Civil.   

La convivencia quedó definitivamente arruinada. Cambó, el dirigente de la Liga, diría que después de la Revolución -la asturiana y la catalana- todo fue distinto. El liberal Salvador de Madariaga condenó años más tarde el movimiento revolucionario afirmando que con su rebelión la izquierda había perdido toda fuerza moral para condenar el alzamiento militar de 1936. E Indalecio Prieto, uno de los impulsores del movimiento revolucionario, haría en 1942 una severa autocritica, acusándose de su participación con palabras tan duras como patéticas.

Levantamiento en defensa de las libertades amenazadas, negación brutal de la democracia, intento utópico de implantar un orden social más justo, explosión de barbarie y resentimiento, anticipo de una confrontación inevitable, esos y muchos otros juicios se han formulado sobre el Octubre asturiano. Una valoración adecuada exigiría hoy, ante todo, poder reproducir las circunstancias en medio de las cuales se produjo la tragedia.

A cincuenta años de distancia, aquellos acontecimientos se alzan como una prominencia de la historia, que queda empequeñecida, sin embargo, por una tragedia próxima en el tiempo e infinitamente mayor en sus consecuencias. La Guerra Civil, que fue quizás una consecuencia de la Revolución de 1934 impregna a esta de su horror definitivo, en tanto que sigue proyectando hacia nosotros la enseñanza de que las renuncias a que pueda obligar la convivencia son siempre preferibles a ese espíritu intolerante que ha tenido de sangre tantas veces las páginas de la historia española.

Tracking Pixel Contents