Las palabras del general González-Moral tras la Revolución del 34: "Paz a los muertos y perdón a los que hayan delinquido"

Fachada del cuartel de Santa Clara después de la revolución; a la derecha, el general González-Moral / Archivo.
M. F. D.
Cuando estalló la Revolución del 34, Daniel González-Moral Martín, era un muchacho de 21 años que vivía en Sama de Langreo. Hoy es un militar retirado con el grado de general de brigada de Infantería honorífico, que recuerda aquellos días con serenidad.
-A mí pudieron matarme en dos ocasiones, el primer día de la Revolución. En la noche del 4 al 5 de octubre, al mismo tiempo que atacaban el cuartel de la Guardia Civil, comenzaron a dísparar contra nuestra casa. Nunca supe por qué. Mi padre era un comerciante que no tenía enemigos. Era una buena persona, sin militancia política, cuya única característica era la de ser un hombre profundamente religioso. En un momento determinad o de aquella noche comenzaron a lanzar cartuchos de dinamita contra la galería. Al amanecer, yo, que era el mayor de mis nueve hermanos, decidí asomarme al exterior. En ese momento un revolucionario que estaba apuntado a la casa desde una cerca gritó «Tirái ahora, que ta fuera». Pero otro gritó más alto que no dispararan. Luego nos llevaron a la casa del Pueblo, donde nos recibió Belarmino Tomás, que le dijo a mi padre que no se preocupara, que no nos iba a pasar nada. Al poco tiempo volvió Belarmino para decir que algunos creían haber visto a un guardia de Asalto en nuestra casa y que era necesario que alguien fuera con los revolucionarios para inspeccionarla. Me ofrecí voluntario. Recorrimos la casa sin encontrar nada y a la salida nos encontramos con un hombre muy excitado, que me apuntó, diciendo: ahí está muerto un camarada y tú vas a pagar por él. Pero en ese momento apareció un amigo mío, que era socialista. Llevaba un pistolón enorme y le dijo al que me amenazaba: «A Daniel no lo tocas». Desde ese momento me protegieron.
Testigo de la Revolución
De los días de la Revolución el general González-Moral recuerda que Sama registraba una aparente normalidad.
-De la Casa del Pueblo nos trasladaron al hotel Gabino. No estábamos presos, pero tampoco libres. Nos vigilaban. Un día vino a verme mi novia que era de La Felguera y el guardia que estaba a la puerta me dejó salir. A ella le habían enseñado los charcos de sangre que había dejado mi padre y yo cuando supuestamente nos habían matado. En la calle no se advertía nada especial. Los milicanos iban y venían a Oviedo. En lo que había cambios importantes era en lo económico. Había desaparecido el uso del dinero y todo se adquiría con vales. Llegaron a hacerse vales para cosas disparatadas.
-¿Cómo estaban organizados militarmente los revolucionarios? -Llegaron a tener, teóricamente, una organización. Partían de equipos similares a una escuadra, compuestos por tres fusileros y dos granaderos, en su caso, dinamiteros, que a su vez se agrupaban de diez en diez, bajo un responsable. Pero les faltaba un encuadramiento superior, que es lo que distingue a un Ejército.
-¿Por qué se prolongó tanto la lucha, pese a enfrentarse los revolucionarios a un Ejército verdadero?
-Por la propia mentalidad del minero asturiano, que es un hombre que tiene un alto concepto de si mismo: valiente, obstinado y consciente de su valor. Eso hizo que se prolongara tanto tiempo una tentativa que estaba derrotada desde el principio, porque en Barcelona la insurrección duró seis horas y en Madrid, cuatro días.
Paz y perdón
Daniel González-Moral, tras unos primeros días en Sama, pasó a casa de unos familiares en Lada y posteriormente a Moñeca. Allí en un ambiente rural, vivió las últimas jornadas de la Revolución. «Un día que habíamos subido a Peña Villa, desde donde se divisaba Oviedo, vimos los efectos de una enorme explosión. Luego supimos que había sido la voladura del Instituto.
-¿La Revolución alteró la convivencia posterior?
En mi caso, no. Yo formaba parte de una pandilla de amigos en la que cada uno pensaba de una manera distinta. Los había de distintas ideologías. Como ejemplo, sólo dos íbamos a misa. Yo era falangista, el único afiliado de Sama. Era notorio, porque vendía el periódico de Falange El día 4, uno de los amigos, que estaba próximo a los comunistas, me dijo que esa noche pro- curara no retirarme tarde. Cuando terminó la Revolución el grupo se recompuso otra vez. Y, como si hubiéramos establecido un pacto, procuramos no hablar de lo que había ocurrido.
-¿Se ha contado bien la Revolución de 1934?
-En realidad, comenzó a escribirse de ella hace poco. Al principio se hizo propaganda, en uno u otro sentido, y los libros adolecen de exceso de apasiona- miento. Un libro muy completo, que es el del teniente coronel Aguado, no se publicó hasta los años 70. De todos modos, la persona más ecuánime, a mi gusto, es Salvador de Madariaga, que tiene para la Revolución unos juicios durísimos.
-Y a usted, ¿qué reflexiones le provocan aquellos acontecimientos?
-Que lo mejor que podemos hacer los españoles es procurar vivir en paz, ejercitar la tolerancia, respetándonos unos a otros y trabajar para engrandecer a la nación. Paz a los muertos y perdón a los que hayan delinquido, ese es mi lema.
Final de la serie
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