Un Gordo de los genuinos

Mieres cumple con la más pura tradición del sorteo navideño con un premio muy repartido y entre los que más lo necesitan para pagar el coche o el piso, ayudar a la familia, que los nietos tengan buenos Reyes o disponer de un «colchonín»

Raúl Cañón, en pleno reparto de la correspondencia por el barrio de San Pedro de Mieres, tras saber que le había tocado el Gordo. | Mariola Riera

Raúl Cañón, en pleno reparto de la correspondencia por el barrio de San Pedro de Mieres, tras saber que le había tocado el Gordo. | Mariola Riera / Mariola Riera

Mariola Riera

Mariola Riera

A Jesusa Fernández le llamó su hijo este jueves por teléfono poco antes del mediodía y lo poco que pudo entenderle de la emoción que tenía fue que la «iba a ayudar» y que a ella no le faltaría de nada porque le había tocado la lotería. Hora y pico después salió Jesusa a las calles de Mieres dispuesta a arrojar luz sobre ese mensaje difuso de su agitado hijo. No era para menos.

En la calle Villaviciosa se encontró Jesusa con Raúl Cañón, el cartero de la zona, quien en ese momento hablaba con LA NUEVA ESPAÑA de lo que poco a poco se iba conociendo a esas alturas de la mañana: que en una administración de Moreda (Aller) habían vendido no sé cuántos décimos del primer premio de la lotería de Navidad y que el Club de Atletismo mierense había repartido mucho dinero en papeletas de 5 euros, de los que se jugaban 4, pues llevaban un euro de recargo.

Resultó que Cañón, entregado en ese momento al reparto de la correspondencia y que había oído algo –pensaba que igual tenía algún boleto, pero no lo tenía claro– también había sido agraciado. Como el hijo de Jesusa, que se puso loca de contenta cuando este periódico le contó que por papeleta tocaban 80.000 euros, que quedan en 72.000 libres de impuestos.

Se fue la mujer a enterarse de todo mejor y a celebrarlo hacia el cercano campo de fútbol del Caudal, que comparte espacio con los del club de atletismo y esta Navidad también suerte, porque han sido muchos los trabajadores y aficionados del equipo mierense que compraron papeletas: la mujer que lava la ropa de los jugadores; César, el que colocó los banquillos, quien hará menos de un mes preguntó si quedaba lotería y se llevó algo; el responsable de la entrada que compró unas 20 o 25 papeletas, «ya no me acuerdo exactamente», para repartir entre amigos por media Asturias y su familia y, por supuesto, se quedó él con algo y por eso «mejor» no poner su nombre. «Me voy a correr un poco a ver si despejo y tranquilizo», espetó feliz.

Así las cosas en el campo del Caudal se montó una buena para celebrar la que resultó ser una lluvia de millones sobre Mieres y gran parte de Asturias, dado que los atletas vendieron papeletas allá donde fueron a competir. Los móviles no dejaron de sonar a todo el mundo con llamadas desde todo el Principado mientras aguantó la batería.

El club deportivo puede presumir de haber alumbrado un Gordo genuino, en su pura esencia, de esos que hacen honor a la tradición del sorteo de Navidad que, si por algo es tan popular y tiene tanto arraigo en todos lados, es porque los números que se juegan se suelen compartir.

Y en Mieres este 5.490 no es que se haya compartido, sino que se lo han pasado unos a otros sin miramientos, lo han manoseado, regalado, enviado fuera de Asturias e incluso compartido a última hora.

Un paseo por la villa este jueves 22 de diciembre por la mañana era como estar dentro del anuncio de la lotería de Navidad, ese mismo que se ha rodado prácticamente entero en Asturias y que parece que ha traído más que suerte.

Porque la ilusión que se palpaba en las calles de la localidad –donde gran parte de los agraciados lograrán con esos miles de euros liquidar la hipoteca o la letra del coche, tapar agujeros, ayudar a un familiar que lo está pasando mal o, incluso, tener una cena de Nochebuena como Dios manda y unos Reyes para el nieto en condiciones– deja en nada las tres sensibleras y clásicas historias del spot publicitario de este año.

Una de ellas bien la podría protagonizar por ejemplo el hijo de Jesusa, José Ablanedo, quien regenta una tienda de bicis desde hace más de 30 años. «Y ahora le iba muy mal», explicó su emocionada madre. «Así que esto le ayudará a seguir».

Otra podría ser la historia de Consuelo García, la cajera jubilada del Alimerka del campus universitario mierense. El día anterior, el miércoles, había comentado que se conformaba con unos 6.000 euros para acabar de pagar el coche. Ahora tiene bastante más, para liquidar esa cuenta pendiente con el banco e incluso comprarse otro nuevo: «Calla por Dios, nunca pensamos esto».

Para historia de repartir y compartir la de Raúl Velasco, uno de los carniceros del citado Alimerka, donde alegró el día a todos sus compañeros, quienes ya le apodan el «rey mago del súper».

El cartero del barrio de San Pedro, un grupo de viviendas en torno al campo de fútbol, no había pensado todavía qué haría con el premio a la mañana. A él la papeleta premiada le llegó por intercambio. Raúl Cañón vendía boletos de la agrupación folclórica L´Artusu de Figaredo e intercambió una con una amiga del Club Atletismo de Mieres. El cartero oyó campanas al mediodía durante su reparto diario, pero como no estaba seguro de si era del atletismo la papeleta que tenía, no le dio mucha importancia y siguió, para hacer honor a su apellido, al pie del cañón con su tarea.

Pero resulta que se encontró con LA NUEVA ESPAÑA cerca del campo de fútbol y entonces ya no pudo esperar. Después de explicarle a Jesusa Fernández lo que pasaba, llamó por el móvil a su amiga y resultó ser que sí. «¡Que tengo una papeleta!», celebró. No obstante, hasta las tres tenía que seguir trabajando y así estaba dispuesto a cumplir. Lo mejor vendría luego, cuando se lo contaría a su mujer, «porque ella pasa de la lotería, soy yo que el juega, imagínate cuánto, que ando por aquí y por allá...».

Con un Gordo tan repartido en Mieres resultó difícil encontrar a alguien que no tuviera papeleta. Pero haberlos, haylos. Por ejemplo, María Teresa Mateo, conserje en el polideportivo municipal, por donde muchos pasaron a primera hora pensando que era allí donde iban a montar la fiesta del premio. «Qué va, no llevamos nada», explicó tan tranquila mientras indicaba a dónde ir para encontrarse con los agraciados.

Pero para conformista el joven Valentín Arias, coordinador en el campo del Caudal. «Ni una cogí», aseguró a este periódico cuando empezaba todo el jolgorio y la gente llegaba a celebrar el premio. A Arias le pasó la suerte por delante, el mismísimo Gordo, pero él optó por no comprar. Así que echó mano de otro clásico del sorteo de Navidad, que este año ha sido de lo más genuino: «Habiendo salud...».

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