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Álvaro Faes

Don Vito, libre de humo

La "peligrosa" ayuda de la química

Me creía Marlon Brando en aquella fiesta, de lo bien que iba vestido de Vito Corleone. Pensé en redondearlo con un puro, aunque él no fuma y prefiere acariciar un gato o tocarse la cara con el índice, el anular y el medio. Había decidido fumármelo al final de la noche; casi cuatro años después de dejarlo no me iba a hacer ningún mal. Horas y licores más tarde, de vuelta a casa, descubrí el habano, medio deshecho, abandonado en el bolsillo. Se me había olvidado fumar. Ahí pensé que estaba curado. Y, en gran parte, se lo debo a esas pastillas mágicas y a la vez diabólicas, a las "Champix". Fue en el verano de 2015 cuando me decidí o, más bien, me decidieron a dar el paso. Cuando tienes tres hijos, acortar tu vida a base de inhalar veneno no parece la mejor idea. Y si uno de ellos se pone tan pesado como el mayor de los míos, es cuando aparece la motivación imprescindible.

Si el resto de la familia se implica y te pone las pastillas sobre la mesa, se puede decir que ya no te quedan opciones. No fue un paseo. A mí no me visitaron las tendencias suicidas, como advierte el prospecto, pero sí me invadió tremenda melancolía. No quería hablar, estaba triste, tenía bajones y las "Champix" me sentaban fatal al estómago. Llegué a vomitar. Pero seguía sin fumar, no me apetecía, se me habían quitado las ganas. El tratamiento era de dos meses, aunque lo dejé al primero. Me veía con fuerza y las pastillas me machacaban. Ya no fumo y nunca paso ganas. A veces sueño que me meto una cajetilla del tirón y es un alivio despertar. Cruzo los dedos.

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