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Diez kilómetros a la sombra del salitre: senderismo y fotografía más allá de las olas del Longboard Festival de Salinas

Un taller de cámara digital en Muros de Nalón aleja a los asistentes del ambiente acuático para recorrer el litoral del Espíritu Santo entre cúpulas vegetales, senderos secretos hasta las playas y trucos de encuadre

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Salinas/ Muros de Nalón

El Longboard Festival de Salinas no solo vive de olas. Entre la competición que reúne a casi 200 surfistas y la masa de familias que llena la costa, la programación busca rendir tributo a la zona con actividades para todos los gustos: desde talleres infantiles para pintar tablas hasta sesiones de costura. Sin embargo, una de las propuestas de este sábado decidió alejarse del ambiente puramente surfero para internarse en el verde. En Muros de Nalón, concretamente en el mirador de la ermita del Espíritu Santo, se iniciaron los 10 kilómetros de ida y vuelta de la senda de Los Miradores, un trazado en auge en el que combinar el senderismo ligero y fotografía con móvil.

Al frente de la expedición marchaban el montañista Jesús del Rosal y el historiador Gonzalo Pérez. Entre parada y parada para buscar el mejor encuadre, la caminata funcionó como una lección de campo sobre el paisaje y el paisanaje. El punto de partida, el propio mirador de la ermita, ofreció una de las estampas más fotografiadas de la jornada, aunque la conversación no tardó en girar hacia las cicatrices del entorno. El eucalipto ha ido ganando terreno al roble y al castaño tradicional, aunque en uno los tramos donde resiste el bosque autóctono —dominado por laureles y castaños— los árboles se entrelazan formando una cúpula natural, moldeada por los temporales de la costa y el salitre. "Es como si hubiesen podado al milímetro", bromeaban los senderistas.

Esa cubierta vegetal convierte la ruta en un paseo sombrío y accesible para cualquier edad, perfecto para combatir el bochorno. Entre los caminantes estaban María Serrano y Antonio López, una pareja llegada desde Oviedo. Ella convenció a López para participar en el taller artístico. Ya conocían el trazado de años atrás, pero querían comprobar qué había cambiado en un sendero recién rehabilitado. "La última vez que vinimos hizo un día caluroso y acabamos la mañana comiendo y dándonos un baño en la playa", comentaban relajados durante el recorrido. Además, no ajenos a la actualidad, destacaron el "ambientazo" que se respira en Salinas desde la jornada inaugural del festival surfero, tanto en los conciertos como en la oferta de talleres.

El debate

El itinerario ofreció también momentos de cierta adrenalina al llegar al mirador de la Atalaya, con vistas directas a la playa de La Cajonera. Allí, un antiguo desprendimiento se tragó el camino original y obliga hoy a usar cuerdas para descender hasta la arena, a menos que se acceda desde la vecina playa de Aguilar en marea baja. "Hacer la bajada con cuerda es algo muy chulo para hacerlo una vez en la vida", comentaban al paso por este balcón sobre el Cantábrico.

A lo largo del trayecto, los móviles sustituyeron a las cámaras. La sesión práctica dio pie a un debate recurrente entre los aficionados a la fotografía: el reinado del formato vertical frente a la visión horizontal, especialmente tras el afianzamiento de las redes sociales que han dejado fuera a las imágenes apaisadas. "El formato horizontal es más natural, permite jugar más con él, pero el vertical también puede ser chulo", señalaban los monitores mientras tomaban algunas imágenes en los miradores.

El remate a la caminata lo puso la memoria oculta entre la vegetación. Gonzalo Pérez aprovechó las sombras del camino para detallar que en el entorno existen restos de trincheras de la Guerra Civil, un vestigio que suele pasar desapercibido para el visitante casual. "En esta zona hay historia por los cuatro costados, pero hace falta que se arroje más luz sobre ella", concluyó el historiador antes de emprender el regreso hacia el bullicio de las tablas y el mar en Salinas.

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