Surf y puestas de sol en el "refugio" de Salinas: "Tenemos unas puestas de sol espectaculares, cuando el día lo da es maravilloso y hay un ambiente muy chulo"
Abarrotada de turismo en verano, la llegada del otoño devuelve la playa "a los de casa para disfrutar de verdad"

Christian García
En la bahía de Salinas, el Cantábrico tiene un comportamiento distinto al de otras zonas del norte. Raro es el día de verano en el que sus olas no permitan entrar al agua. Por su orientación y la disposición de sus fondos de arena, este rincón asturiano aguanta casi cualquier combinación de vientos y mareas, convirtiéndose en el refugio natural al que acuden surfistas de Ribadesella o Gijón cuando en sus propias costas el mar se quedan en calma. Ese carácter magnético define el ritmo de vida en esta villa costera cuyo pulso está marcado de forma inevitable por la marea. Lo sabe bien Lucas García, vecino de 52 años que ha sido testigo directo de la transformación de este arenal, en el que se asienta su destacada trayectoria como surfista. García "vive", por decirlo de alguna manera en la playa de Salinas, una experiencia que cuenta en este reportaje, el último de la serie "Vivir en una postal" del suplemento de verano de LA NUEVA ESPAÑA.

El popular restaurante La Luna. / C. G.
En los años setenta, la playa era un espacio más doméstico y pausado, donde los niños aprendían a nadar en la piscina del desaparecido Colegio Estilo para evitar disgustos en el mar, y probaban sus primeras olas sobre pesadas tablas de windsurf o correolas de madera en el Náutico, recuerda. Hoy la estampa ha cambiado, pero la esencia familiar de Salinas resiste en sus calles. Frente al modelo de estancias efímeras, el verano en la localidad sigue alimentándose de veraneantes de toda la vida, con segundas y terceras generaciones de familias que se reencuentran cada año en la orilla. Los críos entran al agua apenas aprenden a caminar, forman sus primeras pandillas en la arena y terminan recorriendo el pueblo juntos al caer la tarde, perpetuando un vínculo con el lugar que pasa de padres a hijos.
Con julio y agosto, Salinas acelera. La playa se llena desde las diez de la mañana, crecen los alquileres de material para los que ya navegan por su cuenta y los antiguos paseos del pueblo cobran una vida impensable hace unas décadas. Donde antes apenas estaba la antigua Luna y algún local de hamburguesas, hoy las zonas de El Espartal se abarrota de terrazas. Cientos de personas se congregan al atardecer para ver morir el día. "En Salinas tenemos unas puestas de sol espectaculares, cuando el día lo da es maravilloso y hay un ambiente muy chulo", apunta Lucas García.
Detrás de esa postal paradisíaca que disfruta el visitante se esconde el esfuerzo de quienes sostienen el ritmo del pueblo en temporada alta, trabajando de lunes a domingo "a fuego" y sin tiempo apenas para surfear sus propias olas. Vivir y tener la escuela a pie de playa permite a García mantener una perspectiva privilegiada.. Al terminar la jornada, cuando el bullicio empieza a despejarse y la gente se retira a descansar, el pueblo recupera una calma suave. A pie de arena, con el sonido constante de la orilla de fondo, la bahía muestra su cara más serena.
La gran metamorfosis ocurre al cerrar septiembre. Porque "los inviernos ya no son lo que eran", la suavización del clima atrae cada vez a más visitantes de Países Bajos o Italia durante octubre y noviembre, estirando la temporada. Aun así, la partida del turismo masivo devuelve la playa a "los de casa". Es el momento en que los locales vuelven a adueñarse de las olas, disfrutando del paisaje con mayor holgura y tranquilidad. "Es cuando disfrutamos de verdad", concluye Lucas García.
Para que esta postal idílica se mantenga intacta, la convivencia en Salinas exige un compromiso sencillo: cuidar el pueblo, llevarse la basura de la arena y respetar las normas no escritas que rigen dentro del agua. Solo así este rincón asturiano puede seguir presumiendo de ser, temporada tras temporada, un refugio perfecto frente al mar.
+Claves
Cómo llegar En la costa central asturiana, a Salinas (Castrillón) se llega desde la autopista del Cantábrico tomando la salida a Avilés y, posteriormente, la nacional 632: hay dos accesos, a través de Piedras Blancas y el directo a la localidad.
Qué ver y hacer El surf es casi un estilo de vida en Salinas y los veranos vienen acompañados de tres festivales y escuelas en las que aprender. El Museo de Anclas Phillipe Cousteau es uno de los espacios más populares. Para comer, en El Pinar, cerca de las dunas, hay barbacoas. Otra opción es La Luna, reputado establecimiento de alma surfera. Imposible dejar Salinas sin pasar por Confitería Carmen, un negocio familiar con casi medio siglo de historia en el que nacieron los "arrecifes de Salinas", un dulce muy popular.
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