17 de abril de 2008
17.04.2008

La leyenda de un buscador de tesoros

Emilio Fernández Cuervo rememora sus tiempos de ayalgueiro, de los que conserva una pipa que encontró en La Mina, hoy yacimiento medieval

17.04.2008 | 02:00
Las casas de El Castro, en primer término, con La Mina al fondo (Pravia), donde buscó tesoros Emilio Fernández Cuervo.

Soto del Barco, Elisa CAMPO


Guiado por su intuición y por los versos de «La Iliada», el alemán Heinrich Schilemann descubrió en el siglo XIX la ciudad de Troya, ante la incredulidad de sus detractores. Eran los años de la arqueología a pico y pala, de los buscadores de tesoros, de los aventureros de la historia. Y Asturias no estuvo al margen de esta fiebre del oro, que la sabiduría popular vinculó siempre a los tesoros escondidos por romanos y por moros. En pleno siglo XX varios buscadores de tesoros, como el recientemente fallecido José Manuel Rodríguez de Velasco (Illas), continuaron hurgando la tierra en busca del preciado metal, memorizando leyendas y gacetas del tesoro, arañando del olvido objetos herrumbrosos por el paso de los años. Emilio Fernández Cuervo, «Milio'l Castro», fue uno de esos ayalgueiros o chalgueiros y ahora, ya cumplidos los 87 años, sigue insistiendo: «Los tesoros existen. Muchos aparecieron, otros todavía no».


Para él ya se acabaron las búsquedas, pero guarda intacta la memoria de sus empeños por encontrar oro, frustrados en su mayoría, pero no del todo infructuosos. Como un auténtico tesoro guarda parte de una pipa, que tiene las formas de una proa de barco, lo único que conserva de las muchas piezas que encontró, y que un buen día su abuelo vendió a un chatarrero para sacar unos cuartos. «Hoy no lo hubiera vendido. Pero quién sabía entoncesÉ», reflexiona.


La pipa, y el resto de los objetos, entre los que había una punta de lanza «nuevecita», platos, hierros, huesos, dentaduras y collares, todo ello envuelto en ceniza, los encontró en La Mina, entre los concejos de Soto del Barco y Pravia, que fue donde empezó su periplo de ayalgueiro. «Yo nací en El Castro, un pueblo que tiene cierta historia de antigüedad. Y hay un monte ahí, que mis güelos llamábanlo La Mina», cuenta. Un buen día, de caza, resbaló a una hondonada, y vio que había cal. Con la mosca tras la oreja, pidió permiso para excavar y junto a Arturo González, vecino también de la zona, descubrió un muro de tres metros y medio de ancho, de unos 50 metros de diámetro, en cuyo interior había restos de otra construcción de planta cuadrada. Y todo ello, subraya el de El Castro, sin puertas. El ayalgueiro sigue dándole vueltas al asunto, y sostiene: «Yo sé que algún secreto tiene, aunque no lo encontré». Tal vez las excavaciones que comenzaron en La Mina, hoy yacimiento medieval, acaben dando la solución al enigma. Él apuesta por algún tipo de entrada subterránea, avalada por la historia de un nadador que se metió en el Nalón y quedó atrapado en una cueva debajo del monte en cuestión, y también por la gruta que encontraron los barreneros que abrieron paso al tren.


El pragmatismo de Emilio Fernández Cuervo, buscador de oro sin más remilgos, no está exento de un componente inexplicable, en forma de paloma blanca que le acompañó todos y cada uno de los días que fue a cavar a La Mina. Lo dice con recelo, igual que su mujer, Maruja Vega, porque temen las mofas, pero ellos saben lo que vieron. Cuenta una leyenda praviana que doña Urraca, cegada de envidia, clavó un alfiler en la frente de su rival doña Paya, y la convirtió en paloma blanca. Quién sabe si no sigue vigilando los dominios que un día le pertenecieron.


La búsqueda no se quedó aquí. Guiado por el libro de los tesoros que tenían dos hermanos de La Matiella, y del que Maruja Vega copió con primor varios epígrafes «de noche y a la luz del candil», el ayalgueiro llegó incluso a sumergirse en el agua helada de la «Cueva'l Soldáu», una hazaña para la que «hay que tener timbales». Pero no encontró la olla de oro que describían las gacetas. Pero los tesoros existen, insiste, y para demostrarlo cuenta que en La Consolación (Nubledo), en una cantera que explotaron cuando abrieron Ensidesa, se encontraron recipientes llenos de monedas. Y si ese testimonio es poco, él tiene presente el de su propio abuelo, que encontró una duerna de piedra llena de polvo de oro, pero como no sabía lo que eraÉ dejó que se lo llevara el viento.

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