22 de abril de 2008
22.04.2008
 

Reencuentro en las aulas tras medio siglo

La promoción de 1954-1958 de bachillerato elemental del Carreño Miranda prepara la celebración de las bodas de oro de su titulación

22.04.2008 | 02:00
Miembros de la generación del 1954-58 del Carreño Miranda, durante una de sus reuniones semanales.

E. CAMPO


Hacía medio siglo que sus vidas corrían por distintos caminos, pero decidieron que era hora de que volvieran a coincidir. Los alumnos de la promoción 1954-1958 del Carreño Miranda, estudiantes todos juntos del bachiller elemental, han decidido revivir aquellos cuatro años de lecciones en las aulas del viejo instituto, recordar travesuras y también castigos, ya que el tiempo lo dulcifica todo. Con Ernesto Martínez en el papel de delegado de celebraciones, varios de estos antiguos compañeros comenzaron a reunirse, y tienen una cita semanal para organizarse. Sus bodas de oro coinciden, precisamente, con el 75.º aniversario del Carreño Miranda, que inicia mañana su semana grande.

Y la cosa no es para menos: muchos de los cien estudiantes de la promoción no se habían vuelto a ver desde aquella lejana tarde de 1958. Siete de ellos no podrán asistir, puesto que ya fallecieron, pero los organizadores esperan reunir, al menos, a cincuenta, ya que muchos viven en el extranjero o están en paradero desconocido. Tuvieron por directora a la recordada Esther Carreño, y era una época, como ellos la definen, de «la letra con sangre entra». Pese a esta férrea disciplina, sus recuerdos son «buenos, muy buenos».

El 24 de mayo es el día elegido para celebrar las bodas de oro por todo lo alto. Y animan a todos los compañeros de promoción a ponerse en contacto para participar, a través del teléfono 607794988. Pero mientras ese día no llega van haciendo boca todos los jueves, día en que se reúnen, a las siete de la tarde, en el Alvarín. Allí se les puede ver, dicharacheros y animados, haciendo bromas sobre aquel profesor que, antes de pegar el tortazo de rigor cuando algún alumno no había hecho los deberes, recitaba: «Baxa, Manolín, y contempla tu obra».


Con melancolía recuerdan el puesto donde iban a comprar el bocadillo al recreo. Allí les daban unos «bollos redondinos» con dos posibles rellenos; esto es, se podía elegir entre migas de bonito o una anchoa. Todo un lujo asiático por el módico precio de una peseta. Allí iban también «los mayores» a comprar cigarrillos sueltos y fumar a escondidas, intentando zafarse de Esther Carreño. Era un puesto que vendía desde comestibles hasta tinta de escribir, pero los escolares preferían los chicles y los cromos de futbolistas.


Algunas de las costumbres y rituales de aquellos años de estudio de hace medio siglo nada tienen que ver con los de hoy. Por ejemplo, a estos veteranos les tocaba lijar los pupitres a final de curso, con cristales y papel de lija, para eliminar todos los manchones de tinta y dejarlos limpios para el próximo año.


Tampoco se estila ya aquello de los ejercicios espirituales, que la mayoría recuerdan como bastante aburridos y engorrosos. Los sábados tocaba el rosario en latín, y al contestar el «ora pro nobis» los alumnos alargaban la «s» y enseguida había capones por todas partes. Porque lo de pegar estaba a la orden del día, e incluso había un cura que reforzaba el dedo con una anilla de llavero. El espíritu religioso, por otra parte, estaba muy presente también en sus paseos estudiantiles, y paraban a menudo en la capilla de Jesusín de Galiana para echar un rezo, aunque había alguno que estaba tan ocupado en hacer chuletas que no le daba tiempo a la oración.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
Enlaces recomendados: Premios Cine