22 de marzo de 2009
22.03.2009
 

Las máscaras de la tristeza

n El odeón local vuelve al circuito de los estrenos nacionales

22.03.2009 | 01:00

El amor cruje, se desmenuza y se transforma en odio e indiferencia. La indiferencia deviene en desidia, en bromuro desocupado. Y de ahí al olvido sólo hay un paso. El dramaturgo barcelonés David Desola se atreve a dar ese paso, ese salto mortal en el romance que mantienen los dos protagonistas de «Amor platoúnico», la comedia cuyo estreno nacional acogió el viernes pasado el teatro de todos los estrenos, el Palacio Valdés.


Marta (Paloma Tabasco) y Boris (Eduardo Velasco) se desbocan y llevan el olvido a su máxima expresión: la invisibilidad. Los recuerdos borrados diluyen las relaciones íntimas y sin recuerdos no hay vida y sin vida no hay tiempo compartido. Y así es cómo se explica que los dos personajes no se vean, se crean fantasmas, sombras bajo el mismo techo, sobre el mismo escenario de tristeza e incomprensión. Y es que, pese a que «Amor platoúnico» se presente con cara y cuerpo de comedia, es una tragedia de la vida cotidiana, una tragedia en la que el no hablar y no mirarse da en disolución y en crueldad.


El autor de «Amor platoúnico», David Desola, ya no es nuevo sobre las tablas. Debutó con «Baldosas», que dirigió el asturiano Jesús Cracio. Luego estrenó «Almacenados», con José Sacristán, y hace un par de años presentó en Avilés «El enemigo de la clase», su versión particular de la tragedia de Nigel Williams sobre el fracaso del sistema educativo y el desquebrajamiento social. David Desola obtuvo dos premios de relumbrón: el «Marqués de Bradomín» y, el año pasado, el «Lope de Vega». Con este bagaje ya se pueden confirmar las fronteras de su obra: el paso del tiempo consume las carnes y el alma de los seres humanos. En «Almacenados» el personaje que interpretaba José Sacristán trataba de adoctrinar a su aprendiz sobre el verdadero camino hacia la alienación. En «Amor platoúnico» el paso del tiempo carcome la vida infeliz de los dos infelices que una vez se casaron pretendiendo no serlo. El interés de Desola está en los extremos vitales, en la pura tristeza. Y así es como bordea el teatro del absurdo. «Almacenados» tenía mucho de «Esperando a Godot» y este «Amor platoúnico» bebe a tragos de la fuente de «La cantante calva», de Eugène Ionesco. La referencia más evidente, a este respecto, está en la escena de los ordenadores, que es hija adoptiva de la del tren de la comedia del rumano absurdo: «Hola, soy Bobby Watson». El texto, brillante, precisa, sin embargo, algunos ajustes de «raccord» (Gozálvez -Miguel Hermoso- no puede tener «casi 50 años» y con 22 años el instituto ha quedado, siempre, ya muy atrás).


El teatro Palacio Valdés parece que es el escenario fetiche de Desola: tres de sus obras se estrenaron en Avilés. Y las tres veces se ha llevado la admiración y la devoción de los espectadores, que anteanoche volvieron a su seno característico: la frialdad más gélida, que se tornó en aplauso enardecido. Y es que la comedia tiene dos partes muy diferenciadas que la directora (Chusa Martín) marcó a la perfección: esto es una tragedia, pero, cuidado, que puedes estallar en carcajadas. Y eso fue lo que sucedió. La dirección de Martín combina el costumbrismo con la «commedia dell'arte», las máscaras griegas con el absurdo de lo cotidiano.Y este cóctel se llevó los aplausos del Palacio Valdés.


El actor Miguel Hermoso Arnao brilló con su Gozálvez canalla y perdido. Y Críspulo Cabezas se mostró manipulador y meditabundo a un tiempo, un tipo calculador y un tipo desamparado, un demiurgo recogido en busca de la felicidad que no le rodea. Velasco y Tabasco presentaron al matrimonio invisible, pero su tristeza tiene todavía mucho que decir y el espectador no puede salir con la sensación de haberles sólo saludado.

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