Cada vez son más las noticias que salen a la luz pública relacionadas con un nuevo caso de la Sociedad General de Autores de España (SGAE). Y cada día nos vamos enterando de nuevos supuestos en los que, según la ley que les ampara, estaríamos obligados a pasar por caja. Son en su mayoría noticias que rozan lo absurdo sobre una sociedad de derechos que extiende sus tentáculos a todo lo que puede y que actúa como un animal herido lanzando un contraataque indiscriminado e irracional contra sus supuestos agresores y, de paso, todo lo que pille de por medio.

Ante temas de tan manifiesta actualidad, quizá convenga dar un paso atrás para ver la situación desde otra perspectiva. Como músico clásico, uno trabaja día a día con la obra de compositores que vivieron siglos atrás y se da cuenta de que la divulgación y la transmisión musical de las obras de entonces no tiene nada que ver con la propuesta preceptiva y legalmente irrefutable de las sociedades de derechos actuales. Precisamente, ahora tenemos entre manos un programa de obras pertenecientes a compositores que, en su mayoría, resultan desconocidos a propios y ajenos. Nombres como Georg Muffat, Carl Philip Emmanuel Bach o Charles Avison no aparecen en las listas de grandes éxitos, a pesar de que han dejado un importante legado musical. Una parte importante de la vida de todos estos músicos era la enseñanza. De hecho, todos ellos dejaron tratados y escritos importantes, no para conseguir un lucro económico, sino para corregir errores comunes percibidos en su entorno y ofrecer consejos que enriquezcan y mejoren la profesión musical. Y esta percepción expansiva de la divulgación de ideas se aplicaba también a la divulgación de las obras musicales. En otros tiempos, los compositores tomaban prestada música de otros músicos sin temor a represalias. Es más, en una época en que la difusión global no estaba al alcance de muchos, que tu música fuese interpretada fuera de tus círculos locales o tomada «prestada» por otro compositor era considerado casi como un elogio y debía haber sentado al autor original como al que hoy en día recibe 10.000 visitas a su vídeo de YouTube. J. S. Bach, Vivaldi, Geminiani y Haendel, están entre los muchos ilustres «culpables» de tales prácticas y quizá hoy en día estarían en continuos pleitos con la SGAE. Pero entonces, el músico componía, vendía su obra a un editor, y si quería otra retribución, volvía a componer. Lo que otros hicieran con su música solo podía originarle satisfacción, no avaricia.

Desde esta perspectiva, resulta extraño observar cómo ciertos «músicos» y «artistas» actuales se han instalado dentro de un sistema en el que reciben honorarios por obras o canciones escritas -y en muchos casos olvidadas- hace varias décadas. Y lo que es peor, en la mayoría de los casos, el estipendio no proviene realmente del uso de tales obras -algo en sí legítimo-, sino de la recaudación por el uso de obras de otros autores a las que rápidamente se les cuelga el cartel de «varios». Nadie puede ni quiere realmente negar el derecho de los músicos y los autores a percibir una retribución por su trabajo, pero sí que cada vez nos resulta más sospechoso pagar y no saber por qué o a quién se paga exactamente. Ante este oscurantismo que enmascara la avaricia injustificada de algunos, muchos -cada vez más- nos sentimos frustrados.

En algún momento, quizás no tan lejano como creemos, muchos han perdido la perspectiva de lo que debería implicar ser músico y su atención se ha desviado hacia aspectos que debiesen ser periféricos. Por eso, es a veces revelador mirar hacia atrás y observar esta profesión a través de los ojos de músicos que valoraban mayoritariamente el reconocimiento artístico de sus obras y su divulgación como un aspecto positivo para su profesión. Que su música sea interpretada hubiese sido un reconocimiento más que suficiente para ellos. Y además, está libre de la SGAE.