26 de mayo de 2010
26.05.2010
Arte / Crítica

Teatralizar la realidad

La intimidad ajena y extraña de Rebeca Menéndez

26.05.2010 | 02:00
Una de las imágenes de Rebeca Menéndez, en la galería Espacio Líquido.

La obra de Rebeca Menéndez (Avilés, 1976) posee una personalidad y una fuerza dramática que resultan inquietantes, es como asomarse a una intimidad ajena y descubrir un instante de extrañeza, una escena suspendida en el tiempo. Sus trabajos fotográficos se pueden enmarcar en una práctica pictórica que aúna tradición y modernidad, si bien esta creadora utiliza indistintamente la fotografía, la pintura y la serigrafía, para reflexionar en su obra sobre la identidad y la individualidad, la infancia y sus secretos, «sobre momentos -argumenta Xosé Manuel Lens en el catálogo- que se diluyen entre referencias temporales, que perimetran aspectos fantásticos, imaginados», explorando los lugares domésticos a los que adhiere un halo de misterio e irracionalidad.

Desde el año 2002 en que realizó su primera exposición individual en la Casa municipal de Cultura de Avilés -a la que sucederían numerosas muestras nacionales e internacionales y su participación en ferias como ARCO o PulseMiami09- la búsqueda de la belleza ha estado presente en la mayoría de sus trabajos junto con una narratividad subjetiva que se encuentra reforzada al utilizar personajes del entorno familiar, como sucede en esta ocasión con las serigrafías protagonizadas por su prima Gloria, a la que ha retratado desde la infancia.

En Espacio Líquido las distintas serigrafías componen un espacio cerrado, a modo de instalación, que repite, con pequeñas variantes, la imagen de la niña, situada en escenas aparentemente anecdóticas pero resueltamente enigmáticas. La propia artista reconoce que sus «obras no están terminadas hasta que son observadas e interpretadas, así que efectivamente mi intención es jugar con las apariencias, nada es lo que parece a primera vista, y el espectador es invitado a indagar en esa realidad oculta, disfrazada».

En sus fotografías realiza una clara puesta en escena, una ficción que tiene más de mirada a la historia del arte que de acción o performance. Rebeca Menéndez rechaza el instante fortuito y construye el momento de la toma, trabajando cuidadosamente el encuadre y la iluminación. Los escenarios elegidos para sus narraciones son generalmente apartamentos abandonados, con restos de mobiliario o de enseres que acentúan la dramatización, espacios que modifica y reconstruye, dotándolos de un simbolismo pictórico.

Las protagonistas de sus obras se mueven en terreno resbaladizo, entre lo familiar y un misterioso acontecimiento a punto de suceder. Y son siempre mujeres solitarias en situaciones extrañas o anecdóticas que desbordan la pura teatralización para erigirse en propuestas de alta intensidad emocional, en la estela de Aino Kannisto. Pero si la artista finlandesa es más cinematográfica en su puesta en escena, en Rebeca Menéndez la influencia pictórica se hace más patente, bien acariciando el clasicismo bien rozando lo onírico.

En estas obras hay una acusada escenificación, ya no se trata de realizar una fotografía realista ni siquiera verosímil sino de convocar lo imaginario, de teatralizar la realidad. Las propuestas de Rebeca se han liberado de lo real y viven en un universo extraño capaz de seducir la mirada y retenerla en un campo de ficciones y emociones.

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