06 de julio de 2010
06.07.2010

La absorción de Uninsa fue el impulso definitivo para la siderúrgica

06.07.2010 | 02:00

Hasta 1970 las instalaciones siguieron progresando y las baterías de coque llegaron a ser diez, con treinta hornos cada una y una capacidad de producción de dos millones de toneladas anuales. A «Carmen» le siguieron otros hornos, como «Joaquina», «Rosario» y «Carmen IV» y la acería Martin-Siemens llegó a tener cinco hornos y dos calderas. Además se instalaron dos acerías de conversión por oxígeno (LD-I y LD-II) y dos líneas de laminación en frío y caliente (este y oeste). «Mi primer sueldo fue de 850 pesetas y teníamos implantado el sistema de gama, que consistía en que la empresa te daba un tiempo para acabar una obra y te pagaba más si la acababas antes de tiempo, trabajábamos mucho», recordó José Luis Alonso.

Con el paso de los años, en diciembre de 1973, se produjo la absorción por parte de la empresa de la Unión de Siderúrgicas Asturianas Sociedad Anónima (Uninsa) y con ella un gran impulso a una fábrica que ya se había hecho un hueco entre las grandes del sector. «A partir de ese momento llegaron los años de máximo esplendor de la empresa, yo pasé de cobrar 23.000 pesetas a tres turnos a tener una nómina de 31.000, que para aquellos tiempos era una subida tremanda», aseguró Felipe Llanes. Llanes recuerda que «en el taller de mecanización llegó a haber más de 600 personas y ahora no deben de quedar más de 80» y sostiene que los niveles de control a llos trabajadores eran mucho más estrictos. «No te dejaban ni moverte, para ir al baño tenías que pedir permiso y a la hora de entrar y de salir sonaba una sirena que era la que marcaba los tiempos», afirmó.

A mediados de los setenta también comenzaron a actuar los sindicatos a pleno rendimiento. «Sobre 1974 empecé a moverme con UGT. Los de CC OO ya habían empezado un poco antes, pero los años fuertes del sindicalismo comenzaron cuando empezó a perder fuerza el sindicato vertical», señaló José Luis Alonso Bobes. Tanto él como Llanes recuerdan aquellas huelgas, como la del año 1976, en la que corrían delate de los «grises» para reivindicar sus derechos como trabajadores. «Esa estaba convocada para 21 días y al final se quedó en 8 o 9. Eso sí, nos dieron palos sin parar», recordó entre risas Felipe Llanes.

La repercusión del gigante siderúrgico en Avilés fue total. «En todos los sentidos, no sólo fueron los 25.000 puestos de trabajo directos que llegamos a tener, también había otros tantos indirectos. Además benefició a los comercios, al crecimiento de la ciudad, a la aparición de nuevos barrios para los obreros de la fábrica... Lo cierto es que Avilés no sería la ciudad que es ahora si no hubiera sido por Ensidesa», aseguró Llanes.

José Luis Alonso recuerda que la empresa incluso regalaba juguetes a los hijos de los obreros el día de Reyes. «Dependiendo la edad de cada niño nos daban algo para regalarles en ese día tan señalado, la intención era que ningún hijo de un trabajador de la empresa se quedara sin regalo, era una buena acción de la empresa», subrayó.

En cuestión de seguridad las cosas también han cambiado mucho desde que Alonso y Bobes se pusieron el mono de trabajo por primera vez para entrar a trabajar en la planta avilesina. «Antes nos daban unas botas y unos guantes y nos tenían que durar más de seis meses. Ahora a la mínima nos quitan de trabajar y se preocupan muchísimo más por la seguridad de los trabajadores», explicó Bobes, que recordó un terrible accidente que tuvo lugar en el año 1970. «Hubo un montón de muertos, nunca nos lo llegaron a decir con exactitud, sólo se hablaba de desaparecidos. Fue una explosión de una válvula y hubo piezas de más de una tonelada que llegaron hasta el colegio de Llaranes. A lo largo de mi carrera he visto algún que otro accidente, pero nunca de las dimensiones de aquel».

En el año 1994 se constituyó el grupo Corporación Siderúrgica Integral (CSI) y la historia de Ensidesa dio otro giro. La reorganización de CSI dio lugar en 1997 a la creación de Aceralia que fue vendida por el Gobierno de Aznar a una empresa pública luxemburguesa, el Grupo Arbed, que posteriormente se fusionó con Usinor para permitir el nacimiento de Arcelor. El último movimiento accionarial fue el del magnate indio Lakshmi Mittal, que ahora es el presidente de la empresa Arcelor-Mittal y el octavo hombre más rico del mundo.

Avilés rezuma el espíritu de Ensidesa por cada una de sus esquinas. No sólo se trata del suelo industrial ocupado, son las barriadas creadas para albergar a sus trabajadores, como La Luz y Llaranes, el aluvión de inmigrantes llegados de todos los puntos de España que ahora conforman el censo de una ciudad de 85.000 habitantes o de las entidades surgidas a los pies de la empresa, como la escuela de aprendices o los economatos, entre otras muchas cosas. «Avilés necesita a Arcelor para siempre», subrayó Llanes.

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