Amaya P. GIÓN

Miles de personas tomaron ayer el Centro Niemeyer desbordando la margen derecha de la ría. Avilesinos y visitantes, de dentro y fuera de la región y de todas las edades, participaron en la primera jornada de puertas abiertas del complejo tras su inauguración oficial. «Muy guapo», «esto es enorme», «impresionante» y «demasiada gente» fueron las expresiones más repetidas por la mareona que en algunos momentos de la tarde llegó a colapsar las dos pasarelas que comunican el complejo con la ciudad: «la grapa» y la del Puerto. Las previsiones apuntan a que otros tantos visitarán hoy el complejo donde otrora latían unos altos hornos . «Mañana vengo otra vez», comentaban algunos. No fueron los únicos. «Si me llamas, yo vuelvo», dijo el viernes el cineasta Woody Allen al director del Centro Niemeyer, Natalio Grueso.

El lustroso continente pasó con nota la reválida popular aunque del contenido poco se ocupó la inmensa mayoría de los visitantes, más afanados en fotografiar cada rincón que en participar en el programa inaugural. Éste incluyó conferencias con los arquitectos responsables de la construcción, un taller de cómic con el ilustrado Kenny Ruiz y un taller infantil de dibujo, en el que los más pequeños plasmaron su visión del Centro Niemeyer. Los hermanos avilesinos Armando, Nacho y Alejandro Campa se afanaban con sus ilustraciones mientras Ruiz hacía lo propio con el rotulador, mientras un proyector reproducía en una de las paredes de la sala del edificio de servicios múltiples cada uno de sus trazos.

La plaza abierta al mundo se convirtió en un escenario de colas interminables en los accesos a la torre mirador y al auditorio. «La fila avanza bastante rápido. El auditorio es una auténtica maravilla. Hemos venido a pasar el día, a gastar la pasta», afirmó la gijonesa Goyita Ramos ante el asentimiento de Andrea Llera. A María Teresa López y Trinitario Martín el tiempo se les echó encima. «No nos ha dado tiempo a entrar (las puertas de los diferentes elementos arquitectónicos cerraron a las ocho) pero hemos visto cómo se ha ido construyendo día a día», señalaron María Teresa López y Trinitario Martín, mientras tomaban un café en la cafetería con vistas a la ría y en la que se ofertaban camisetas a diez euros conmemorativas de la inauguración.

Entre las principales preocupaciones de los visitantes estaba encontrar «el cine de Woody Allen» y algún contenedor donde depositar desperdicios. «¿Has visto alguna papelera? ¿Eso de ahí no es un paragüero?», comentaba una pareja en el acceso a la cúpula, también de bote en bote. En su interior, decenas de personas elaboraron pajaritas de papel con la actividad «Mil grullas para Japón», una iniciativa organizada por las asociaciones locales Amigos de Japón Nihon Yukokai y Mangastur como símbolo de solidaridad con el pueblo nipón.

El esplendor de la tarde multitudinaria quedó ensombrecido a eso de las siete de la tarde, cuando el cielo se volvió negro, resaltando aún más las curvas blancas ideadas por el que es considerado el último maestro vivo de la arquitectura del siglo XX. El viento y la lluvia descongestionaron la plaza pero abarrotaron aún más los espacios cerrados. La conquista de la margen derecha no ha hecho más que empezar.