01 de agosto de 2011
01.08.2011

«La belleza de Avilés es muy brusca, Oscar Niemeyer ha sabido resumirla muy bien»

«Recuerdo las marismas de la ría: agacharme en la arena y coger con el cuenco de las manos quisquillas»

01.08.2011 | 02:00
«La belleza de Avilés es muy brusca, Oscar Niemeyer ha sabido resumirla muy bien»

El director de cine Javier Maqua nació en el madrileño barrio de Chamberí, pero muy pronto eligió ser avilesino. La suya es una de las familias más linajudas del concejo: comerciantes indianos, aristocrácia de nuevo cuño. Él hace memoria esta semana

Director de cine, dramaturgo y novelista

Saúl FERNÁNDEZ

Javier Maqua (Madrid, 1945) ha sido profesor de Ciencias Naturales, comparsa, dramaturgo, novelista, editorialista, reportero y, sobre todo, director de cine. Primero de culto y, más adelante, con «Carne de gallina», un pelín más comercial. Maqua pertenece a a una de las familias de más relumbrón de Avilés: indianos que se enriquecieron en México y sembraron con su dinero la orilla derecha de la ría. El director de cine pasó los veranos de su infancia y juventud en un pabellón señorial cercano Zeluán. La memoria de aquellos días previos a la llegada de Ensidesa la dejó plasmada en su película «El cadáver del tiempo», que conmocionó la vida avilesina de los años ochenta y estuvo a punto de costarle el destierro moral del concejo. La editorial ovetense KRK está recuperando desde hace algunos meses su obra dramática completa. La conversación que mantiene con LA NUEVA ESPAÑA se desarrolla en el Pampulha Bar, en el Niemeyer, con dos cafés con leche y dos pedazos de mantecado sobre la mesa. La hora de la merienda en la plaza más blanca de Avilés.


-¿Cuál es el rincón que prefiere de Avilés?


-El parque Ferrera.


-¿Por qué?


-Por el arbolón que hay ahí caído y que, sin embargo, brota. Yo soy biólogo. Lo primero que hago cuando regreso a Avilés es ir a ver si sigue brotando... tan bonito, tan robusto y tan fuerte. Me encanta.


-¿Y entonces por qué le hemos hecho la foto aquí, en el Niemeyer?


-Porque llevaba tiempo con ganas de venir y este verano por fin lo he conseguido. Creo que alguna vez le dije a usted que las cosas así, grandonas, las apuestas a una sola baza, no me gustaban. Todavía no lo había visto. Ahora ya lo he visto y sigo pensando lo mismo: las cosas grandonas no me terminan de convencer, pero hay que reconocer que este lugar, suspendido en ningún sitio, entre el hierro, el agua y el verde es muy hermoso. Oscar Niemeyer sabe hacer las cosas. Avilés es una ciudad brutal en sus contrastes entre lo suave y lo duro, el mar, la industria... La belleza de Avilés es muy brusca, Oscar Niemeyer ha sabido muy bien resumirla. Pasamos aquí por esa pasarela de acero y al final nos encontramos con esta plaza de cemento rodeada de elementos industriales por todas partes, sobre las marismas. El Centro me ha gustado, me ha parecido realmente conmovedor.


-Contó los inicios de Ensidesa en «Vivir cada día». ¿El Niemeyer es un argumento de película?


-Esto, tan faraónico como aquello. Las dos obras, tanto Ensidesa como este Centro, se levantaron en el mismo sitio. La primera pirámide duró sesenta y tantos años. Ahora vienen la segunda pirámide.


-¿Cuándo vino por primera vez a Avilés?


-Uy, yo con dos añinos. Nací en Madrid en 1945. Vine al palacio de la calle de La Cámara en que todavía vivía mi tío-abuelo don José María Maqua y su mujer, doña Emma, la dama mexicana. No se habían trasladado al pabellón del otro lado de la ría.


-El de caza.


-Eso es: el balneario. O lo que sea de María Cristina. Estoy ligado prácticamente desde que nací.


-¿Cómo eran aquellos veraneos?


-Mi primer recuerdo de esta ciudad no es mío: es seguramente un recuerdo heredado de mi madre, que lo contaba sin parar. Era el cruce de la ría en bote desde el extremo del espigón en bote hasta el otro lado, hasta el pabellón. Lo pasábamos con colchones, con todo lo necesario para un verano con la tía Brígida Maqua. Y con todos sus hijos, que eran una tropa.


-¿Cuál fue el primer recuerdo auténticamente suyo?


-Las marismas: agacharme a la arena y coger con el cuenco de las manos quisquillas... donde está ahora esa cosa galáctica que es la depuradora.


-Pasaba aquí...


- ...Quince días, porque pasaba los otros quince en Noreña, en el palacio del Rebollín, con Brígida Maqua y Juan Uría, que vivían ahí, con todos los sobrinos, con todos los primos.


-¿Así durante toda la infancia?


-Sí, más o menos. Puede que algún año me quedase en Cercedilla, en Madrid, pero por regla general nunca dejé de venir a Asturias. Mi padre se encargaba de las residencias para empleados del Banco de España en todo el país. Como él era el jefe de todo aquello, alguna vez fuimos a Tarragona, pero sólo quince días. Luego veníamos a Avilés. Mi padre no podía pasar sin venir a Asturias. Se llamaba como yo, o yo como él. Nació en Salinas y pasó la infancia en el palacio de don José María, en la calle de La Cámara.


-Y pasa el tiempo y se hace artista.


-Bueno, antes empecé la carrera de Ingeniería, pero no la terminé. Luego hice Biología, que sí la acabé. Trabajé, de hecho, como profesor. Siempre me llevé bien con mis padres. Lo que es coger un pasillo y no mirar los pasillos de al lado eso a mí nunca se me ha dado. Siempre he sido un mariposón, en el buen sentido de la palabra; me han gustado mucho, muchas cosas. Y me siguen gustando. Desarrollar sólo una siempre me ha costado mucho trabajo: por eso he hecho cine, he hecho teatro, he hecho novelas, he hecho televisión, he hecho radio... Todo, aprovechando las circunstancias.


-Vamos a empezar por el principio. ¿Por qué se hizo biólogo?


-Acababa de dejar Ingeniería en segundo curso y tenía que estudiar algo porque si no, me echaban de casa. Había estudiado Bachillerato de Ciencias, así que tenía que coger algo de Ciencias. Y la carrera más humanística era Biología. Me gustaba mucho por dos aspectos: por la Genética, que por entonces echaba a andar, y por la evolución. Esto me hacía pensar mucho y a mí me gustó siempre pensar mucho. Y, entonces, lo de pensar era muy importante en la vida de uno. La carrera al final había que terminarla en los Estados Unidos, pero se me daba mal el inglés y siempre he sido muy casero. En eso no soy muy asturiano. Luego viajé, por asuntos profesionales, pero no ha sido nunca una cosa que me haya entusiasmado. Así que al final ejercí la enseñanza. En el colegio Maravillas de Madrid, un colegio...


-Pijo.


-(Risas) Sí, pijo. Y después ingresé en la compañía de teatro de Nuria Espert.


-¿Qué hace un biólogo en la farándula?


-Mi mujer, Gloria Berrocal, era actriz. Nuria Espert, muy inteligente, ofreció a los maridos de las actrices que hacían de lavanderas sumarse a la compañía. Estaban haciendo el famoso montaje de «Yerma», de Víctor García. Y se iban a ir por todos los Estados Unidos y Europa. Teníamos un niño de ocho meses. Los maridos éramos Juan Antonio Hormigón, Terenci Moix, José Monleón y yo... Intelectuales que la Espert nos llevó para colgarnos en la lona; en las ruedas de prensa quedámos muy bien. Decíamos tres o cuatro frases, algo del lirio. Fueron seis o siete meses muy felices: actuamos en La Fenice, en Venecia, y en el Old Vic, de Londres. Así me hice artista.

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