14 de marzo de 2012
14.03.2012

Tarde con lentitud

Llega la primavera y con ella sensaciones, aunque muy vividas, nuevas

14.03.2012 | 01:00
Tarde con lentitud

Revientan ya los prunos y el rododendro. El cielo está, día a día, como más alto. Atardece la tarde con lentitud. Ensayan las gaviotas sobre la playa. El nordeste me engaña: sopla con tanta fuerza, con tanto añil y brillo como en verano. Cruza el cielo un avión, deja su estela frágil. Una única nube ante mis ojos. Únicamente yo ante este espacio. En primavera siento mi carne ya extinguida, y que en mi cuerpo pesan la luz y el aire, y duelen, año tras año. Huele a tierra movida por las aldeas y los caseríos, ya empieza el movimiento de los tractores por los solos caminos que van al campo. No adivino quién suelta la primavera, quién repone la púrpura de los geranios. No sé quién determina las mariposas ni quién diseña el trazo de las libélulas ni quién posa en el fulgor en el caparazón inédito de los escarabajos. Me admiran su belleza, su perfección, su resignada esencia, su brevedad, su tránsito. Ante esta exactitud, ante tanta bondad, ante esta inmediatez, ¿cómo puedo encontrarme decepcionado?

¿Cómo puedo no ver tanto indicio de vida, cómo puede cegarme un estado de ánimo? Aroman las mimosas al borde de este instante. Los laureles ultiman la flor nueva. Alguien quema a lo lejos madera de manzano. Así olían las horas más gratas que recuerdo. A silencio y a humo, a antigüedad del barro. A cariño tendido bajo esbeltas paneras. A resina y a monte. A tiempo muy tranquilo subido en las higueras. A merienda de pan blanco con plátano. Regreso hacia el hogar. Miro atrás y no escucho más que el graznar conjunto de cuervos que disputan un lugar para el nido. Ya se palpa el crepúsculo. Cruje mi soledad a cada paso.

Me sucede lo mismo cada vez que restallan las primeras cigarras. Cada vez que resurge el ímpetu marzo. Mi historia pertenece a cada diapasón de la naturaleza, a cada movimiento de la oruga, a la fosforescencia del lagarto. Una parte de mí pertenece al silbido del jilguero, al tallo del saúco, al libre saltamontes, a la esbeltez del árbol. Otra fracción muy grande la escondí en una senda que va a los hormigueros, en unas altas ruinas donde saboreé su cuerpo y el tabaco, en las sebes que cercan las viejas pomaradas, en guaridas y pozas, establos y regatos. Regreso hacia el hogar. Chasquea mi vacío a cada paso.

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