26 de marzo de 2013
26.03.2013
Crítica / Música

Un final abierto

26.03.2013 | 00:00

El «Cuarteto para el final de los tiempos» de O. Messiaen, que cerró la XXXVI Semana de Música Religiosa de Avilés, cubre de proféticas y oscuras expectativas la realidad de un ciclo musical sobre el que se ha cernido la duda de su continuidad. ¿Se puede mantener un ciclo musical sin las aportaciones económicas de las entidades que la subvencionan?


Inspirado en un pasaje del Apocalipsis de San Juan, compuesto y estrenado durante el cautiverio del compositor en un campo de prisioneros alemán de la II Guerra Mundial, el «Cuarteto para el final de los tiempos» es uno de los máximos exponentes del lenguaje de Messiaen. La libertad melódica y flexibilidad rítmica, heredadas de sus transcripciones del canto de las aves, de la influencia del gregoriano, la polifonía medieval, la música oriental y la utilización cabalística de los números, se ponen al servicio de un simbolismo musical que sirve de nexo entre la teología natural y la revelada, muestra de su sincera y comprometida fe católica. Técnicamente, los ocho movimientos en los que se divide el «Cuarteto» (el siete bíblico de la perfección y descanso que conduce al ocho de la eterna paz) exigen en todo momento un virtuosismo instrumental.


Tras el primer y segundo movimientos, «Liturgia de cristal» y «Vocalización para el Ángel que anuncia el fin de los Tiempos», destaca el «Abismo de los pájaros» para clarinete solo, en el que Iván Cuervo desplegó, a través de un continuo melódico de incisiva influencia ornitológica, un amplio dominio de los diferentes registros de su instrumento, rozando la ingravidez en el sutil ataque de las notas sostenidas que jalonan este número.


Pese a que la presencia del piano parece estar en desventaja frente al protagonismo melódico de los otros tres instrumentos, Carlos J. Galán supo encontrar el equilibrio entre el potencial sonoro que la partitura le permite, a base de acordes plenos y coloristas de cualidades sinestésicas y los ostinatos rítmicos presentes en buena parte de la obra.


Tras el «Intermedio» en el que cello, violín y clarinete descienden a lo terrenal al utilizar ritmos definidos (Messiaen consigue la sensación de atemporalidad celestial eliminando la noción de compás), el cello de Javier Romero hizo respirar al público con cada movimiento de su arco, convirtiendo lo terrenal en eterno en la «Alabanza a la eternidad de Jesús».


El unísono omnipresente en la «Danza del furor, para las siete trompetas», sin picos en el equilibrio tímbrico de los intérpretes, preludia el séptimo movimiento «Encrucijadas de arco iris, para el Ángel que anuncia el fin de los Tiempos», en el que el tema del «Ángel» y el «Arco iris» del segundo movimiento se retoma mediante sutiles variaciones. El violín de Jacob Reina rubricó, en el registro agudo, el carácter simbólico de la obra con el último movimiento, «Alabanza a la inmortalidad de Jesús», subiendo a través de los etéreos motivos que conducen al hijo de Dios hacia su padre y con él a la humanidad divinizada.


Para Messiaen el «Cuarteto para el Fin del Tiempo» (como deberíamos traducir del francés y no «de los tiempos», como habitualmente se hace) no simbolizaba el fin del mundo o de la humanidad, presente en el sufrimiento de una guerra de la que era prisionero, sino la esperanza de la eternidad en la que definitivamente se instaura el Reino de Dios. Así hemos querido verlo y escucharlo, no como el epílogo irreversible de la Semana de Música Religiosa de Avilés, sino como un auténtico Apocalipsis (Revelación) en el que toda una ciudad asuma la responsabilidad de un certamen que por derecho es suyo.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
Lo último Lo más leído