14 de abril de 2013
14.04.2013
Gozón

Luanco retorna a mediados del siglo XX

La investigadora Lucía Fandos desempolva la historia de la villa en los años cincuenta y sesenta, cuando las calles olían a ocle y las romerías hacían competencia a los tres cines

14.04.2013 | 00:00

Luanco, Illán GARCÍA


La industrialización de la comarca cambió Luanco a mediados del siglo pasado. La irrupción de Ensidesa trastocó aquella vida «familiar» y netamente marinera de los luanquinos. Los hombres seguían siendo marineros, pero en menor medida; algunos cambiaron la lancha por un puesto en la siderurgia. Las mujeres, por su parte, comenzaron a «liberarse» y ya en 1965 el instituto de Luanco contaba con un grupo amplio de féminas. «Fue la época en la que en las casas comienzan a usarse los electrodomésticos y los lavaderos de Cañeo, el del cabo La Muerte y el del parque dejan de utilizarse», explica la investigadora Lucía Fandos, que el pasado jueves ofreció una charla en el centro de mayores sobre el Luanco de los años cincuenta y sesenta. Pese a todo, Luanco conservaba la típica imagen de pueblo marinero.


Los años cincuenta marcaron además el desarrollo y la especialización de ciertas labores vinculadas con la mar. Este es el caso de la recogida del ocle. A principios de 1951, según detalla Fandos, la recogida del ocle comienza a ser selectiva. «Las familias vivieron de la recogida de este alga, que sirvió a muchos para comprarse su piso y su coche con su venta; como no había apenas tráfico, el ocle se extendía por las calles para secarse», explica la investigadora. «Y Luanco olía a ocle, ¡cómo no iba a oler!», apostilla. La carpintería de ribera o el taller de maquetismo naval de Valentín Suárez tuvieron su auge en los años cuarenta, pero no será hasta los primeros años de la década de los cincuenta cuando ese germen trajo consigo la apertura del Museo Marítimo de Asturias, considerado centro regional en1953.


Los vecinos compraban en la ferretería de los hermanos «Guache», que vendía de todo: loza, muebles, pintura. «Los hombres iban a la costeras y las mujeres trabajaban en las fábricas de conserva y en talleres de costura y de malla y comienzan a surgir una especie de guarderías en las que señoras atendían a los chiquillos antes de ir a la escuela», explica Fandos. Algunas de esas guarderías eran regentadas por Socorro, «La de Basilio», en el barrio del Tocote, donde cuidaba a los hijos de marineros y la de «Las Marinas», ubicada en El Crucero.


La zona comercial de Luanco y de ocio se ubicaba entre las calles Mariano Suárez Pola, Conde Real Agrado, La Ribera y San Juan. Y por aquella época, la visita de ovetenses y madrileños era ya algo habitual durante los veranos. «Hay que tener en cuenta que Luanco cuenta ya con una colonia veraniega desde el siglo XIX», afirma la también bióloga del Museo Marítimo, que el pasado jueves habló ante buena parte de sus informantes, las personas que le han ayudado a bucear entre estos recuerdos.


«Los luanquinos de aquella época no tenían tantos bienes, sin embargo eran felices y estaban más unidos, disfrutaban de la vida», asegura Lucía Fandos. Como en todo pueblo que se precie, Luanco contaba con tres cines: «El de Paco, cine Moderno o de abajo», el de Mariano Suárez Pola o «cine de arriba», y el Teatro Carmen. Paralelamente, los jóvenes luanquinos acudían a las romerías de Luanco y las de las parroquias anexas. En 1947 se constituyó la comisión de festejos de la villa que, pronto, comenzó a organizar actividades como el hípico de La Mofosa, regatas de bateles, carrozas y fiestas de disfraces, entre otras actividades. «Las romerías, como la de Santana, eran la diversión de los vecinos y generaban cierto malestar entre los dueños de los cines, que perdían clientela sobre todo los domingos», detalla Lucía Fandos.


En todo este tiempo, Luanco ha cambiado mucho. De hecho, el lugar en el que Fandos ofreció su conferencia, en el centro de mayores, fue en los años cincuenta el Consistorio de Gozón. En 1967, el Ayuntamiento se trasladó por orden del alcalde, Ramón Vega, a la plaza de la Villa. Se da la circunstancia de que este edificio se derrumbará en próximas fechas. En los años cincuenta y sesenta del pasado siglo, no había urbanizaciones en Peroño y en el barrio de La Vallina, había praderas. «No pretendo contar la vida de los que vivieron aquella época, sólo que esas pequeñas historias no se queden en el olvido», concluye Lucía Fandos que, por momentos, hizo viajar al pasado a algunos de sus protagonistas.

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