125.º aniversario de la llegada del ferrocarril
El progreso viajaba sobre raíles
El tren vivió su época dorada a mediados del siglo XX, cuando el expreso movía cientos de viajeros y Renfe tenía una plantilla de 60 empleados, hoy reducida a uno

Choque de trenes de vapor en Nubledo.
Francisco L. JIMÉNEZ
Hubo una época en la que los mandos de Ensidesa, cuando recibían visitas de ésas que el protocolo empresarial aconseja invitar a comer, bromeaban anunciando que la comida se haría en la cantina de la estación. Las caras de los atónitos visitantes debían de ser un poema al oír semejante cosa, pues antaño las cantinas de las estaciones no tenían precisamente buena reputación gastronómica; más bien al contrario, pues pasaban por ser antros sucios y mal atendidos en los que los bocadillos eran la única opción alimenticia recomendable. Como para tantas otras cosas, la cantina de la estación de Avilés constituía una excepción a la regla; pero los foráneos no lo sabían.
La anterior es una de tantas anécdotas que han dejado 125 años de historia ferroviaria en Avilés, un tiempo en el que los trenes de vapor dieron paso a los propulsados por máquinas diésel y éstos a los eléctricos; un siglo y cuarto de vidas enhebradas sobre los raíles que trajeron a Avilés progreso, nuevos pobladores, un acceso rápido al resto de España y, en los últimos tiempos, el quebradero de cabeza de qué hacer con las vías al haberse convertido en una barrera que separa la ciudad de la ría.

El progreso viajaba sobre raíles
El avilesino que guarda más y mejores anécdotas de trenes, así como la mejor colección local de objetos y documentos relacionados con el ferrocarril, es, precisamente, el cantinero de la estación, Arsenio Fernández, "Tito", que estos días ha abierto los baúles donde guarda sus "tesoros" ferroviarios y los muestra a todo el público interesado en una exposición de más de doscientas piezas a la que no le falta detalle. Pero una cosa es ver objetos inanimados y otra, mucho más enriquecedora, hablar con Tito de trenes y de todo cuanto rodea a ese evocador mundillo.
Como observador privilegiado que ha sido del latido ferroviario de Avilés en los últimos cincuenta años, Tito da fe de que en los tiempos en los que el tren expreso conectaba diariamente Avilés con Madrid hubo un campamento delante de la estación en donde se hacinaban los emigrantes llegados de toda España atraídos por la oportunidad de trabajar en la construcción de Ensidesa y en busca de un sustento estable para sus familias. Y era a ese campamento, en el que tener un techo de lona era un lujo, donde acudían los capataces de las diferentes subcontratas a reclutar personal. Los trenes, de aquella, eran todos de mercancías porque hasta los de pasajeros la transportaban en forma de mano de obra.

El progreso viajaba sobre raíles
Los miembros que formaron parte en algún momento de la familia ferroviaria avilesina, la que laboraba en el entorno de la estación, también están en la memoria de Tito. Fogoneros, engrasadores, guardagujas, factores, taquilleros, areneros, mecánicos, guardas jurados... Hasta sesenta empleados llegó a tener Renfe en plantilla en Avilés, según las cuentas del cantinero, quien a renglón seguido señala con tristeza la drástica reconversión que sufrió el sector: "Ahora creo que sólo queda un empleado al cargo de la estación y una mujer de una contrata para hacer las tareas de limpieza".
El ferrocarril llegó a Avilés el 6 de julio de 1890 -por eso mañana se conmemorará el 125.º aniversario de esa efeméride- y nunca dejó ya de dar que hablar. La estación pronto se convirtió en uno de los epicentros de la vida social avilesina. Tito vivió la época en la que los andenes eran un territorio franco -no como ahora, que tienen el acceso blindado- y las inmediaciones de la estación constituían el punto de destino de los paseos que daba la gente cuando salir a dar un garbeo para ver y dejarse ver era una costumbre social arraigada.

El progreso viajaba sobre raíles
El cantinero de Avilés también conoció a los mozos de carga -"hasta diez maleteros llegó a haber, todos uniformados y con gorras"- que vivían de la propina por acarrear los bultos de los viajeros a los hoteles. De aquella todo el mundo sabía a qué hora salían o llegaban los trenes porque lo hacían a las horas en punto o a las medias "no como ahora que arrancan a horas extrañísimas e imposibles de memorizar". Sí, Tito es un romántico de los trenes, y bien que lamenta que hayan perdido ese aura que les confería un halo mágico: "Así le luce el pelo a las empresas ferroviarias, todas de capa caída".

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