Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Réquiem por los últimos campaneros

La familia de Antonio Medina, fallecido en enero, desempolva fotos y relatos de uno de los hombres que se jugaron la vida en la cimentación de Ensidesa

Antonio Medina, en el año 2015.

Antonio Medina, en el año 2015.

Francisco L. Jiménez

Francisco L. Jiménez

El tañido del corazón de Antonio Medina Joyera, uno de los últimos campaneros vivos de Ensidesa, se extinguió a los 88 años hace ahora un mes. Pero su legado perdura a título colectivo -los cimientos de la antigua siderurgia que los campaneros ayudaron a construir son los que sostienen hoy el parque empresarial al que Avilés confía el futuro de sus sectores productivos- y en forma de estirpe familiar vinculada a la metalurgia con un hijo empleado en la fábrica de acero ahora propiedad de la familia Mittal y un nieto soldador en Asturfeito, una de las industrias de la vanguardia asturiana del metal.

La familia de Medina Joyera ha desempolvado los recuerdos del abuelo para dar fe, así sea a título póstumo, del sacrificio que realizó una generación para hacer posible que sus descendientes tuvieran una vida mejor. "De ninguna manera consintió que trabajara en la construcción, como era en principio mi plan. Mi padre me puso a estudiar, me empujó a entrar en la Escuela de Aprendices de Ensidesa y hoy admito que tenía toda la razón", cuenta Tico Medina, el único hijo varón del campanero en una prole de seis mujeres: Rosa, Toñi, Merce, Ana, Ángeles y Carmen Medina Toro.

Réquiem por los últimos campaneros

Réquiem por los últimos campaneros

Nacido en Archidona (Málaga) en 1929, el joven Antonio Medina trabajó en Zaragoza en la construcción de un pantano y en Jaca (Huesca) haciendo minicentrales hidráulicas. Durante esas andanzas por Aragón aprendió a leer y escribir de forma autodidacta. Llegó a Avilés con 25 años y un hatillo al hombro atraído por la promesa de un buen sueldo a cambio de meterse en las campanas, ignorando casi por completo el riesgo que entrañaban. Uno más de la marea de "coreanos" que inundó la comarca en los años del megalómano proyecto llamado Ensidesa. "¿Cuánto pagan?" era la pregunta que en aquellos años movía la voluntad de hombres como Antonio Medina, presos de la necesidad de ayudar a sus familias, por lo general numerosas.

Por lo que comentaba en casa cuando volvía del trabajo, y según relata su hijo, la penosidad de la faena en las campanas era extrema: los obreros que entraban en tales artefactos se ponían las botas de los que salían, el único control aparente de seguridad que hacían los capataces era comprobar que los encargados de regular la presión interior de los recipientes no estuvieran tan borrachos como para cometer errores fatales... Había accidentes, pero poca importancia se les daba; tan poca que Medina y los demás campaneros se enteraban de las defunciones porque, un día dado, echaban de menos a los compañeros.

Réquiem por los últimos campaneros

Réquiem por los últimos campaneros

Medina Joyera había llegado a Avilés ya casado con María Toro González y con dos niñas pequeñas a las que criar. Corría 1954 y empresas como Entrecanales y Huarte buscaban mano de obra que emplear en la gran obra de Ensidesa en las marismas de la ría, para cuya desecación se usaron los llamados "cajones indios", pero con la peculiaridad de taparlos con una campana hermética a través de la que se inyectaba aire comprimido para expulsar el agua de la zona de excavación y que los campaneros pudieran trabajar en seco. Entre 1951 y 1959 se llegaron a hincar, según los cálculos más conservadores, unos 1.200 de estos artilugios.

Como tantas otras, la familia Medina padeció los rigores de la falta de viviendas y tuvo que malvivir primero en el alto del Palomo, cerca de Valliniello, y posteriormente en un hórreo alquilado en Molleda. Y así hasta la construcción del poblado de la Luz en los primeros años de la década de los años 60, momento en que los Medina accedieron a un quinto piso sin ascensor y con tres habitaciones para nueve personas.

Superviviente de las campanas, Antonio Medina "sentó la cabeza" -laboralmente hablando- en Avilés. Trabajó en los hornos altos y en Laminación en Caliente, donde coincidiría al cabo de los años con su hijo. Dos generaciones que vivían al compás del crepitar del acero, como alguna vez comentaron padre e hijo tomando un vasín de vino con tapa de sardinas salonas, el aperitivo predilecto de uno de los últimos campaneros.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents