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Concejo de Bildeo | Crónicas del municipio imposible

Furtivos en la niebla

Un polémico encuentro en los montes del pueblo

Furtivos en la niebla

Furtivos en la niebla

De nuestro corresponsal, Falcatrúas

Dicen los bildeanos que, mientras no haya nieve o sequía, donde mejor están las vacas es en el monte, arrancando ellas mismas el pasto, el sistema mejor y más barato para alimentar el ganado. Estamos hablando de vacas de carne, a las que no hay que ordeñar porque dan poca leche y es para el ternero. Los cubanos filosofan y cantan: "Para la leche que da la vaca, que se la tome el ternero". Son listos los cubanos.

Nuestras vacas dan un ternero al año y si se logra que tanto él como la madre salgan con bien del parto, esa es la ganancia, con permiso del veterinario: si se necesita cesárea, entonces lo comido por lo servido, dándose bien. Además, están los lobos y los osos, que tampoco son muy escogidos a la hora de elegir plato.

Engracia y su hija Tere, iban a ver cómo estaban las vacas, que pasaban meses en pleno monte, en unas praderas abiertas que llaman Los Cadavales; las acompañaba Mary Carmen, amiga de Tere, que venía los veranos al pueblo y estaba encantada de poder ir al monte con ellas, aunque hubiese que caminar varias horas, la mula que las acompañaba ahorraba parte de la caminata. Las vacas eran formales, apenas se movían de la zona donde tenían pasto y agua, por allí andaban también las vacas de los vecinos, conocidas, tenían hayedos donde moscar, digamos que les gustaba el sitio y la compañía.

Las dos chavalas, adolescentes, a veces preguntaban a Engracia cosas que la dejaban boquiabierta; siempre que la sorprendían decía lo mismo.

-¡Huy lo que me preguntan estas rapacinas! ¡Sodes los demonios!

Iban tan enfrascadas en lo suyo que fue Engracia la que las previno en voz baja:

-¡Callay un momento: miray un corzo saliendo del río!

Quedaron maravilladas de ver aquel cabritín tan guapo parado frente a ellas, en la otra orilla; un instante después flotó sobre unas arandaneras y se perdió entre las hayas. Fueron unos segundos nada más, que nunca olvidaron.

El camino recorría el valle remontando el Río de las Ollas, que discurría unos metros más abajo. Apenas habían digerido la visita del corzo cuando Engracia les llamó la atención de nuevo, señalando un lugar debajo de un gran roble; dos jabalíes buscaban afanosamente algo que comer entre la hojarasca, hasta que la mula resopló y ellos se internaron entre la vegetación sin mucha prisa.

El día no era bueno, la niebla se iba espesando y haría imposible después reconocer las vacas, había que recurrir a los cencerros, que eran los Gepeeses de la época, cada casa colgaba tres o cuatro al pescuezo de otras tantas vacas para que marcaran su situación, seleccionando la vaca más vieja, la más rebelde y alguna ternera que podía despistarse y cambiar de rebaño. Tras una subida de más de dos horas, alcanzaron la loma que marcaba la divisoria entre concejos y decidieron comer un bocadillo antes de desviarse a ver el ganado, del que podían escuchar todo un concierto de cencerros proveniente de las praderas ocultas por la niebla.

Estaban saboreando el pan y el chorizo en el descampado marcado con un letrero que ponía "Reserva de Caza" cuando a pocos metros, de repente, entre la niebla y los piornos asomó una escopeta y detrás un cazador; no lo vieron hasta que lo tuvieron al lado; el susto fue para todos; él alzó la escopeta y a ellas se les cayeron los bocadillos de las manos. A continuación, aparecieron varios cazadores más, que se quedaron desconcertados al encontrarse con aquellas tres forasteras inesperadas. Uno de ellos preguntó en tono intimidatorio:

-¿Qué hacen ustedes por aquí?

-¡Lo primero de todo, educación!, -replicó Engracia, levantándose con ganas de pelea. Era una mujer prudente, pero no le gustaron los modos y las chiquillas estaban realmente asustadas.

-¿Qué modales son esos de ir asustando a la gente? Nosotras andamos por aquí porque este monte pertenece a nuestro pueblo y tenemos las vacas ahí cerca. Y ustedes, que son forasteros, qué hacen escondidos por el monte y apuntándonos con las escopetas.

Eran furtivos, mineros que subían con facilidad por la otra parte de la sierra en sus todoterrenos para cazar jabalíes, venados, corzos, lo que fuera; eran muy atrevidos y no se acojonaban ante los guardas, a más de uno obligaron a echarse al suelo a tiros.

Los cazadores farfullaron alguna cosa, desaparecieron rezongando, fastidiados por la presencia de las mujeres; poco después pasaron a bordo de dos Land Rover que tenían escondidos y abandonaron el lugar.

Engracia ya pasa de los noventa pero está en su sano juicio y recuerda perfectamente aquel momento.

-Fueron unos sinvergüenzas, asustando a las mías nenas.

Seguiremos informando.

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