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Juicio del Niemeyer: en la "Champions" de la cultura lo de menos son las facturas

La vista oral muestra al Grueso más locuaz y orgulloso de su trabajo, que descarga de responsabilidad a todos sus colaboradores y atribuye el desbarajuste de cuentas a la permisividad de patronos y políticos

Natalio Grueso, camino del Juzgado.

Natalio Grueso, camino del Juzgado. LUISMA MURIAS

"Yo era el único responsable de la dirección del centro cultural Niemeyer; yo ordenaba los viajes de los trabajadores y colaboradores. Yo decidía a dónde se iba y qué se hacía. Pero todo con pleno conocimiento de mi patronato". Con la intervención de Natalio Grueso, en actitud de incuestionable orgullo por su gestión, casi impasible ante el escenario, locuaz en exceso y demostrando una seguridad algo impropia del trance judicial por el que atraviesa, se abrió el lunes la esperada vista oral del juicio penal que se sigue por los supuestos desmanes que llevaron a la quiebra de la Fundación Niemeyer. Según Grueso, nada se hizo sin el conocimiento "de todos".

Más de dos meses quedan por delante para que se dilucide si hubo malversación de fondos, falsedad en documentos mercantiles, delito continuado societario y hasta estafa en la gestión del proyecto cultural estrella de la era socialista de Vicente Álvarez Areces. Pero de lo que es el caldo en que se cocinó la puesta en marcha y lanzamiento del ambicioso "proyecto Niemeyer" poco se podrá decir que no se haya dicho y oído ya en la sala de vistas de la sección tercera de la Audiencia Provincial de Asturias en los tres primeros días del juicio. Y eso que esos días sólo completaron su testimonio Natalio Grueso, exdirector general de la Fundación -la Fiscalía le pide 11 años de cárcel- y su exmujer y colaboradora externa en el proyecto, Judit Pereira -le piden dos años y medio-. A media declaración se quedó Jose María Vigil, exagente de la agencia de viajes de El Corte Inglés con quien Grueso y su equipo contrataban, parece ser que sin cortapisas y habrá que ver si con coordinación fraudulenta -le piden 8 años de prisión-, los cientos de traslados y estancias, algunos de los cuales han dado lugar al procedimiento penal. A cada minuto de la vista oral ese procedimiento entra en una maraña de explicaciones difusas sobre un rosario de facturas y cargos que se pasaron a la Fundación Niemeyer y que se mueven en el margen de lo indebido, lo manipulado, los errores y lo inexplicable.

Y desentrañar esas facturas es lo fundamental para el caso aunque han sido los temas accesorios -como la filosofía del proyecto, el entusiasmo y la alfombra roja que desplegó el Niemeyer- lo que se ha llevado más declaraciones en este inicio del proceso.

Los ingredientes de ese caldo en el que se cocinó el Niemeyer son evidentes, han quedado bien descritos y sin ambages por los protagonistas principales encausados: un proyecto cultural estelar; entusiastas protagonistas dándole alas que despreciaron los costes que llevaría aparejado; y una estructura de control de gestión primero inexistente y luego condicionada por el impulso que ya tenía el proyecto.

Sobre el proyecto cultural que se gestó "como si fuera una spin off de la Fundación Príncipe de Asturias", tal como describió Grueso, es decir con márgenes difusos en un principio entre la fundación origen -a la que pertenecía Grueso- y la que se iba a crear, la ambición se dejó clara: "A mí se me encargó poner en marcha un centro internacional cultural, no una casa de cultura"; "si estuve en Nueva York, El Cairo, París o Londres fue para gestiones que se demostraron eficientes; cuándo o cómo se facturaron algunos de esos viajes o esos gastos, no lo sé"; "en el Niemeyer se hacían pocos viajes, por mí se habrían hecho más. Un centro internacional que quiera estar en la órbita cultural mundial debe estar en el mundo, si no sería una casa de la cultura de cualquier ciudad, que está muy bien, pero a nosotros se nos encargó otra cosa"; si eran desplazamientos estelares es porque "yo no tengo la culpa de que Albacete no tenga un gran festival de cine"? Así quedó dicho por Natalio Grueso, en un estilo con un punto de exceso que le valió varios reproches del tribunal. Grueso pidió reconocimiento para un trabajo que puso al Niemeyer "a jugar la Champions de la cultura mundial".

Respecto al entusiasmo y el nombre de los impulsores tampoco se albergan dudas: "Vicente Álvarez Areces fue quien me pidió que me hiciera cargo del proyecto cultural cuando yo trabajaba para la Fundación Príncipe de Asturias"; "le rendía cuentas al Presidente regional, que estaba al tanto de todas las dimensiones que iba tomando el proyecto"; "en todas las reuniones del patronato se nos transmitían las felicitaciones expresas por todo lo que se estaba haciendo"; "yo no tenía ningún interés en arruinar, perjudicar o llevar a la quiebra algo en lo que he dejado bastantes cosas de mi vida". Todo lo anterior, dicho también por Grueso. Lo que sigue, en el mismo tono, fue manifestado en el juicio por su exesposa, Judit Pereira, que nunca tuvo contrato ni remuneración expresa de la Fundación, según sostiene, pese a la enorme dedicación que le puso al impulso y la proyección del centro: "A veces las personas podemos hacer cosas sin esperar nada a cambio. Para mí la Fundación era un gran proyecto, muy bueno para Asturias, y lo sigo creyendo; me lo pedía Natalio y yo lo hacía con gusto. Vender esta región por el mundo era un honor"; "la satisfacción de lo que estábamos haciendo me lo compensaba todo -en referencia a que tuviera que pedir incluso reducción de jornada laboral en la consultora en la que trabaja-".

En lo que tenía que ver con el descontrol en la gestión diaria de las cuentas tampoco parece que se haya escondido nada. Grueso, a preguntas del fiscal sobre si sabía cómo llevar la contabilidad del centro, dejó claro su perfil: "¿Eso es una atribución del director?". Ahondó muchas veces en ello: "El gran problema del Niemeyer es que no había un gerente, como debía haber. Yo era un director general y de muchas cosas que se están cuestionando se tendría que haber encargado un gerente"; "me interesaba por una factura de 68.000 euros, pero por una de 60 euros, no"; "al principio no había estructura de nada, hasta la sede era mi casa". El propio José María Vigil, el agente de viajes cuya actividad fue clave para que no hubiera freno en el gasto, reconoció el "desbarajuste" que había en las facturaciones durante años, lo que le obligó a realizar operaciones cuestionables en su empresa, incluso sin conocimiento oficial, para superar los bloqueos que llegó a tener la cuenta del Niemeyer.

Como mucho, en el juicio se han reconocido "pequeños errores contables" que tenían que ver con la débil estructura inicial de la Fundación, y que sólo serían una mínima mella entre los 14.000 movimientos -entre viajes, traslados y estancias- cargados al Niemeyer por el principal proveedor, que era Viajes El Corte Inglés.

Dando por seguro "que se hayan podido traspapelar algunas facturas", tal como indicó Grueso, la negación rotunda que se oyó en todo momento es que eso pudiera haber sido la génesis de una quiebra fraudulenta. "De ahí a decir que se ha hecho un daño patrimonial al Niemeyer hay mucho", comentó Grueso.

Y ahí estará la clave. Justo en eso. En determinar si esa enorme libertad de acción que tuvo el exdirector general para contratar y organizar lo que quiso, como quiso y con quien quiso era el peaje de contar con un hombre de personalidad arrolladora que no le ve incompatibilidad a los cientos de viajes que hizo su exesposa sin contrato para trabajar por la Fundación, o a la anécdota de que su madre y su abuela le acompañen en un viaje de trabajo -"si quieren calculo el coste del desgaste de ruedas del coche que les correspondió", llegó a decir en el juicio-. Su otra idea reiterada es que nada de lo que hizo fue oculto ni amañado. "La Fundación Niemeyer no es mía, es de sus mandantes; yo sólo era un trabajador que estructuraba y organizaba lo que había que hacer. Y pudiendo hacer todo eso a escondidas y sin dar cuentas, di cuentas a todo el mundo". Otro argumento reiterado es que si hubo que hacer alguna filigrana contable era sólo porque "siempre había tensiones de tesorería porque los incumplimientos de pago de los patronos se evidenciaron desde el primer día". Y otra explicación básica a tanto gasto y cargo como asumió el Niemeyer es que "con el propio Presidente acordé que la Fundación iba a recurrir al principio a la figura de los colaboradores para no tener que crear una estructura fija de plantilla" que con el trabajo que había que hacer no habría sido de menos "de diez o doce personas". Lo dicho, al clima en el que se gestó el Niemeyer le sobran explicaciones y le faltan facturas.

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