Mark Rothko es el pintor aquel de los cuadrados de colores. Era letón, borracho, malhumorado, un prenda. John Logan, que fue coguionista de una película tan preclara como "Skyfall" -sí, el 007 decadente en medio de los páramos escoceses-, escogió al pintor como objeto de drama: un artista vendido al capital, una admiración vertida por el sumidero de la indolencia. Le salió "Rojo", que antes de anoche se vio en el teatro Palacio Valdés y anoche, en el Jovellanos. Dos llenazos impetuosos ayudados por la presencia de uno de los actores más respetados del país: Juan Echanove. Aquí, además, como director de sí mismo y también de Ricardo Gómez, su "sobrino" cuando Echanove trabajaba en "Cuéntame". Así, con estos mimbres, deviene el drama.

"Rojo" quiere demostrar la pedantería de Rothko -se la reprocha su asistente mismo: Gómez- y lo hace acudiendo a la pedantería indolente. Las discusiones sobre los colores son muy largas, muy densas, muy poco dramáticas... Y es una pena. Echanove parte de la sobriedad para culminar su trabajo de construcción de personaje en la más terrible ebriedad. Y eso es un acierto. Lo es menos equiparar crudeza y gravedad con grito y sólo grito. Se grita mucho en "Rojo" y eso es otra pena. Porque uno sólo piensa en los gritos y no en aquello que corroe al genio letón: el encargo millonario o la abstracción por la abstracción.

La obra está organizada en varios cuadros que terminan en oscuro. El asistente se revuelve, el genio decae. Hubo aplausos antes del final final. Y también muchas toses. La tercera de las lástimas de antes de anoche.