05 de julio de 2019
05.07.2019

Un "peso pesado" de la aluminera, al mando de la negociación

05.07.2019 | 02:44

En el hotel Alameda, a un paso del Aeropuerto de Barajas, las cartas están sobre la mesa y nadie piensa retirarlas. Alcoa ha acordado vender a Parter sus fábricas de Avilés y La Coruña. Sin embargo, le cuesta más llegar a ese mismo punto con sus trabajadores: los sindicatos dicen que los de la multinacional lo que quieren es que la plantilla aplauda la operación cocinada ellos solos durante estos últimos meses. De conseguir el aplauso, Alcoa desaparecería de escena y aquí paz y después gloria. Sucede, sin embargo, que la plantilla no tiene muy claro que después de su desaparición empiece a florecer la primavera. Por eso, porque unos tiran y otros aflojan, la discusión se alarga y se alarga desde el viernes pasado, cuando la multinacional elevó el suspense al propio de una película de terror: el que iba a comprar, no compra. Nos vemos el lunes.

Y el lunes, en el hotel Alameda, llegó un invitado principal: Marc Pereira, que es el vicepresidente de Energía de Alcoa. Todos los que se sentaron a la mesa -incluidos los mandos de tercer escalón que envió el Estado- esperaban que Pereira tuviera la voz cantante: viene de Pittsburgh, en Estados Unidos, la sede central de la multinacional aluminera. Pero no. La reunión del miércoles, siendo larguísima, no fue todo lo productiva que las partes ambicionaban. "En cada receso había que llamar a Pittsburgh", explicaron los sindicalistas. Y en eso se demoraba el encuentro horas y horas. ¿Por qué no entonces empezar a las nueve de la mañana? En la costa Este de los Estados Unidos -allí está Pittsburgh- son seis horas menos que en Madrid. O sea, cuando el miércoles decidieron levantarse de la mesa e ir a cenar, en las oficinas centrales de la multinacional sólo eran las cinco de la tarde.

Los trabajadores que asistieron el miércoles a la segunda reunión de esta semana de suspense tenían previsto haber cogido un avión de vuelta a Asturias a media mañana de ayer. No lo hicieron, se dieron un garbeo por el pueblo de Baroja. "Nunca hubiera venido a verlo", todavía bromean. No embarcaron, pero, a cambio, buscaron un bar con menú del día. A las tres, otra vez, les esperaban sus todavía patrones.

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