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Los techos del palacio de Maqua recobran su esplendor

"Trabajar en un edificio emblemático como este es un sueño y una suerte", sostiene la restauradora Rosana García

Desde la izquierda, detalle de unos querubines destrozados y yeso aplicado en otras dos estancias.

Desde la izquierda, detalle de unos querubines destrozados y yeso aplicado en otras dos estancias. R. G.

Los techos del palacio de Maqua han recobrado el esplendor de antaño. Los trabajos de recuperación del emblemático edificio de la calle La Cámara, Bien de Interés Cultural desde 1991, incluyen la restauración de los techos que conservaban pintura decorativa mural. La avilesina Rosana García Álvarez ha sido la encargada de recuperar esas pinturas originales que se conservaban en tres habitaciones, "las más nobles del inmueble": una estancia de la tercera planta, con balcones a las calles La Cámara y Cabruñana, y otras dos de la segunda. Florones, rosales, querubines y camafeos brillan de nuevo con luz propia en la que fue residencia familiar de la familia Maqua.

Tras ese trabajo se encuentra García Álvarez, diplomada en Conservación y Restauración de Bienes Culturales en la especialidad de Pintura, que participó en la recuperación de un portal de la calle Rivero decorado con motivos "art decó" y en la rehabilitación y reproducción de techos con pinturas murales en la casa indiana naviega de "Don Pancho".

"Como avilesina, para mí ha sido un lujo poder ver cómo se avanzaba en los trabajos de recuperación de uno de los edificios patrimoniales más emblemáticos de la villa. Poder participar profesionalmente en la restauración y conservación de los techos es además un sueño y una suerte", sostiene.

Fue en 1855 cuando se planteó la construcción de esta casa palaciega, primero residencia familiar, después sede del colegio Santo Ángel durante medio siglo y más adelante también 'hogar' de varios servicios del Ayuntamiento.

Cuenta la restauradora avilesina que "este tipo de techos, pintados al temple con colores elaborados a partir de recetas tradicionales, responde a un gusto del momento por las artes decorativas, con ciertas connotaciones asociadas a la valoración social". "Se intentaba imitar la presencia de materiales ricos y para ello se dibujaban falsos elementos constructivos (artesonados, imitaciones arquitectónicas...), texturas y otros revestimientos lujosos", explica García Álvarez.

Estos trabajos ornamentales se encargaban a maestros de taller que coordinaban a pintores y decoradores que manejaban el dibujo, la geometría, la luz y la sombra y conocían las reglas del color para realizar efectos tridimensionales. "Elaboraban su diseño a partir de catálogos con galerías ornamentales. El bosquejo se trasladaba al soporte utilizando plantillas, cartones y calcos que se transfieren y trazan sobre el falso techo", añade.

Rosana García sospecha que la estancia de la tercera planta era el dormitorio principal. Ahora vuelve a ser una especie de gran cielo azul rematado por elementos en colores ocres, amarillos, naranjas y marrones. "El florón de lámpara está pintado y aparece suspendido dando cierto aspecto onírico", indica.

Una sala de biblioteca podría haber sido la que ella denomina "la habitación calabaza", en la segunda planta. Una moldura de madera que simula mármol enmarca "una calle donde se imita un entelado con damascos bordados" que parecen de terciopelo. La sala contigua tiene una pintura mural compleja con elementos eclécticos donde "conviven rosales enmarcados por tracerías caprichosas, querubines que sostienen un lazo con un estampado marinero y donde se pueden observar también una especie de camafeo".

Aunque las pinturas presentaban buena conservación aparente, explica la restauradora, en realidad su estado "era lamentable" porque se habían perdido partes importantes del dibujo, afectando a la comprensión general del conjunto.

Su trabajo, que concluyó antes del confinamiento, se centró en "recuperar la lectura de esos elementos que se acabaron perdiendo por rozas, grietas de asentamiento y otras intervenciones". Rosana García realizó labores de limpieza, asentado de policromía y fijaciones puntuales de las zonas con desprendimiento. También limpió las molduras y florones de madera policromada, que estaban ennegrecidos por depósitos de carbonilla, selló las oquedades y reconstruyó las esquinas que "habían perdido la escuadra por el pisado del edificio".

Más de 780.000 euros cuesta la recuperación del palacio de Maqua. La casona de la familia indiana recobrará la actividad como sede del proyecto de turismo idiomático "Avilés Enseña" y de empresas tecnológicas. Rosana García le ha devuelto parte de su esplendor.

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