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Que en el No-Do empieza a amanecer

El noticiario falangista era la verdad y el otro Nodo un barrio de Avilés desde el que se veía la prosperidad que ascendía, temerosa, ría arriba

Para los avilesinos que pasaban las estrecheces de la posguerra los amaneceres más luminosos se veían en el teatro.

Para los avilesinos que pasaban las estrecheces de la posguerra los amaneceres más luminosos se veían en el teatro. INFOGRAFÍA DE MIGUEL DE LA MADRID

Se decía en los años cuarenta que nadie había hecho más kilómetros que el baúl de la Piquer. Toda España cabía dentro de aquel arca, pero en Avilés la Piquer no aparecía, se resistía a hacer las maletas y meter todo su encanto en ese baúl para asomarse al Palacio Valdés. Como sabemos, los espectáculos más novedosos y las estrellas más rutilantes ya no llegaban como antes. Los teatros se llenaban sobre todo en domingo; los días de diario, los cafés y poco más. Se echaba de menos a los mejores concertistas, a orquestas de renombre, a primeras compañías teatrales y a estrellas populares como, por ejemplo, Conchita Piquer.

Conforme avanzaba la década, la cosa iba cambiando. Murieron las "varietés". Toda la sociedad debió españolizarse por decreto y el idioma fue el resorte elegido para lograrlo a gran velocidad. Una orden ministerial de 1940 prohibió los nombres extranjeros en todos los rótulos públicos y dio un mes de plazo para cumplir con la "reespañolización". Así que nacieron las "variedades selectas" que ocuparon el mismo espacio en el mundo del espectáculo y en los escenarios que las difuntas "varietés". Lo extranjero seguía siendo el diablo. Al final de los cuarenta, a la vez que el régimen franquista se separaba a toda prisa de sus viejos aliados del Eje nazi-fascista derrotado en la Segunda Guerra Mundial, en Avilés el panorama teatral mejoraba. Lo hizo con el progreso de la desastrosa situación económica cuando, por la ría, comenzó a entrar la prosperidad con una lonja nueva y nuevas fábricas (Siasa, Endasa) que preludiaban lo que estaba a punto de venir.

Con las industrias llegaban más compañías de variedades. Las primeras figuras que durante los años de la primera posguerra no asomaban por aquí. Precisamente esas variedades selectas son una buena vara para medir el cambio en las programaciones del Palacio Valdés. Se veía, poco a poco, lo más nuevo, lo de más moda. La copla daba fondo sonoro a los tiempos, tiempos recios, tiempos fríos y traidores para los que nunca habían escuchado una sinfonía de Mozart, pero que conocían al dedillo las pequeñas historias con las que las tonadilleras voceaban miserias de lupanar, hechas verso por hábiles poetas de lo cantable como Quintero, León, Quiroga y algunos más. El estrellato castizo ya estaba ganando altura cuando se estrelló con la guerra civil, y ahora volvía cabalgando sobre un género al que los vientos del franquismo le soplaban de popa, siempre que se dedicara a rescatar las esencias de lo oficialmente español. Jacas manoteando al compás, batas de volantes a contraluz de faroles, el eco de los palillos y besos lanzados bajo el ala de sombreros ladeados con chulería. Canciones de la Piquer como "Tatuaje", "Ojos verdes" y "La Parrala" se convirtieron en la sinfonía del pobre. Y, como había muchos pobres, se necesitaron muchas sinfonías. Algunas sonaron en el Palacio Valdés traídas por las estrellas del momento, las mismas que reventaban las taquillas del racionamiento. Fijémonos en dos parejas de leyenda que actuaron en el teatro en la misma campaña: el verano de 1947.

La primera estaba formada por Carmen Morell y Pepe Blanco. Aquí se presentaron con "Melodías de España", una revista folklórica en dos actos y dieciocho cuadros, libro de Ramón Perelló con música del maestro Monreal. Era una producción de envergadura con primera bailarina y primer actor y cinco actores más, entre ellos el mítico Luis Cuenca como tenor cómico, además de un cuerpo de baile con diez bailarinas y tres bailaores, guitarristas y el conjunto vocal "Quintento español".

Dos funciones que sublevaron al foro, pues era una pareja muy guapa. Ella, elegante y con una voz versátil para todos los géneros populares que entonces triunfaban: jota, cuplé, zarzuela, pero, sobre todo, para la copla. Él cambió su vida de taxista logroñés por su personaje de chulo madrileño. Entre ambos una tensión sexual astutamente alimentada. Además de en su arte, sus números se sustentaba en una especie de relación "Pimpinela años cuarenta", que los convirtió en pareja artística y real durante muchos años. Canciones a dúo como "Me debes un beso" o "Amor que viene cantando" fueron éxitos rotundos, pero han sobrevivido las de Pepe Blanco en solitario como "Sombrero" o "Cocidito madrileño".

La otra pareja volcánica que paseó el arte de la tardía posguerra por nuestro teatro estaba formada por Lola Flores y Manolo Caracol. Aquí trajeron "Zambra, 1947", espectáculo con el que debutaron un miércoles, 23 de julio, presentándose en Avilés como "figuras del folklore español, únicas en su género". Y era cierto. Mezclaban la fuerza racial de una veinteañera en la que el potencial de su arte tan solo asomaba con la experiencia y la hondura de Caracol, perro viejo en el arte y en la vida. Las especulaciones sobre su relación fuera de los teatros conseguían llenarlos para ver como el baile casi salvaje de ella, sitiaba la interpretación de "La Salvaora" de él.

Lo español lo copaba todo, pero dejaba un resquicio para que se colaran otros sones, hispanos por supuesto. En este final de los cuarenta México fue protagonista. A pesar de haber acogido al más granado exilio republicano, la inmortal relación de amor-odio de México y España pasó por uno de sus momentos más cercanos, aprovechado por estrellas aztecas de gran talla. Mientras, en Avilés y en toda España, Jorge Negrete llenaba los cines y, literalmente, tenía que esquivar a las mujeres que se le lanzaban en Madrid, hasta el Palacio Valdés llegó Irma Vila y su mariachi. Curiosamente, el mismo verano que las anteriores atracciones. La reina del falsete presentó, solo el 12 de agosto, su revista americana en dos actos y 24 cuadros "México lindo". Un título de solera, con una repercusión tal que aún se puede encontrar ese nombre en el rótulo de algún veterano establecimiento hostelero de nota sostenida.

Estos espectáculos encajaban en los gustos del público y también en las posibilidades escénicas de nuestro teatro, pero, precisamente el teatro, no era el espectáculo que estaba a punto de adueñarse del panorama. El celuloide, acompañante fiel desde el nacimiento del Palacio Valdés, iba a tomar el sitio del primer actor.

Al inicio de la década de los cuarenta, las compañías más económicas podían poner la butaca a 3,50 con precio de abono, la localidad más cara del cine eran 2,50, la mitad que una butaca para una compañía mediana. La proporción se mantuvo en los años siguientes. Como no eran tiempos de derroches, la conclusión es fácil de extraer: el cine salía más a cuenta. Además, el espectáculo no tenía comparación. Mientras que los teatros españoles habían envejecido en medios y comodidades las proyecciones cinematográficas eran todo novedades enlatadas. Frente a los nuevos teatros europeos sin palcos ni proscenios, con ascensores hidráulicos, escenarios giratorios o cicloramas de cemento, otros como el Palacio Valdés ofrecían visiones oblicuas, bañeras ciegas y escenarios poco equipados, destartalados y congelados. En 1943, en España funcionaban 2.945 cines y muchos teatros que sobrevivían alternando sus programaciones con proyecciones de películas.

Desde el mismo final de la guerra el cine era preocupación del régimen, que avizoró sus posibilidades propagandísticas, de control social, y se ocupó de domarlo con el doblaje obligatorio, la censura y la proyección, también obligatoria, del documental que aventaba los logros del régimen: el No-Do. El final de los obligatorios años cuarenta le iba a pertenecer a los cines. En Avilés, la cosa se veía venir desde el 15 de noviembre de 1941 con la inauguración de El Florida. Una nueva sala que rompía e dúo Iris-Palacio Valdés, controlados entonces por la misma empresa de espectáculos.

El Florida era una sala de bajo y una altura, con proyecto de los arquitectos Somolinos, que ocupaba el solar que fuera del garaje Rodrigo. Desde el principio estuvo vinculada a la familia Iglesias Moyano (José y Braulio). Una sala moderna, 800 butacas entre sala y anfiteatro y un auténtico bar americano, que decían inspirado en uno de Detroit, pensado para un servicio completo de barra, además de para sesiones vermut al margen del espectáculo e incluso para tener una sala permanente con exposición de autores avilesinos. Y, sobre todo, con una moderna calefacción que pronto se amplió al vestíbulo del segundo piso.

El cine era el único espectáculo que todos se podían pagar. La cenicienta vida exterior se olvidaba viendo los colorines de las películas y los vestidos de las "artistas". Lo que aparecía en el cine era palabra de Dios. Y, si aparecían personas conocidas, lo nunca visto. Por eso cuando el ministro de trabajo, el muy falangista camarada Girón, apareció en el No-Do entregando viviendas a los pescadores de Avilés, la conmoción en el pueblo fue máxima.

El acontecimiento había sucedido el 5 de junio de 1943. Cuando ese documental se pasó en el flamante cine Florida "todo Avilés" acudió a verlo mostrando el aplastante poderío del cinematógrafo. Aquel barrio, desde entonces hasta hoy, se llama "El Nodo". Sus imágenes se grabaron a fuego en la historia popular. Pocos recuerdan que era una noticia de solo diez segundos de duración.

En el No-Do siempre amanecía y en El Nodo empezaba a amanecer.

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