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Avilés se apaga con el toque de queda

LA NUEVA ESPAÑA acompaña de madrugada a la Policía Local: “La gente, por lo general, cumple con la normativa”

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Patrullaje con la Policía Local de Avilés en la primera noche del estado de alarma Mara Villamuza

Faltan treinta minutos para la media noche, media hora para el inicio del toque de queda en Avilés. Llueve. Unos parroquianos apuran una conversación a la puerta de una sidrería del Carbayedo, ya cerrada. Una mujer en pijama lleva dos bolsas de basura al contenedor. Un chaval pasea a su

LA NUEVA ESPAÑA acompaña a los agentes de la jefatura de José Cueto. Después de desinfectar a conciencia cada uno de los vehículos –tarea que repiten casi de forma mecánica cada vez que llevan a un detenido o hay cambio de turno– comienzan a “rodar” (patrullar). A su trabajo habitual, los agentes deben sumar ahora el control de las restricciones nocturnas a la movilidad urbana y el cierre perimetral, que en Avilés afecta a todo el concejo: “Tenemos 25 kilómetros cuadrados para vigilar”, avanza el subinspector Javier Inclán, con 24 años de carrera a sus espaldas.

La primera llamada de alarma viene de la calle Pruneda. De seguido, un vecino pone en alerta a los agentes: “Tres encapuchados están a la altura de la confitería Grao, dos vestidos de negro y uno de gris, a pie”, se oye por la emisora. No hay más que hablar: luces, y acelerador. Al llegar a Santa Apolonia todo parece tranquilo. Aún así los agentes hacen kilómetros por las inmediaciones en busca de posibles sospechosos. Pero las calles están vacías. Continúa lloviendo.

"Normalmente quién hace las cosas bien puede justificarlas", dicen los agentes

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De Villalegre, los agentes continúan su ronda por La Luz , por donde los únicos coches que desfilan son los de camareros de distintos establecimientos hosteleros de la zona al finalizar su jornada laboral. Luego a Llano Ponte, donde instalan un punto de control. En veinte minutos, tres coches: dos conductores llevan consigo el salvoconducto que les da vía libre para circular; el tercero, no. Es el primer denunciado de la noche. “Me es indiferente”, responde a los agentes que le entregan el acta sobre la que luego intervendrá Sanidad. La Policía Local de Avilés fue la que, salvando las distancias en cuanto a población con Gijón u Oviedo, más denuncias por incumplimientos de las normas derivadas del estado del alarma interpuso de Asturias en las peores semanas de la pandemia la pasada primavera. A los agentes avilesinos no se les escapa casi ninguna.

Isabel Martínez, Nacho Gallo, Diego Fernández y Adrián Estébanez son cuatro de los policías que ayer trabajaron en el turno de noche con el subinspector Inclán. A ellos hay que añadir el jefe de turno, el agente de atestados y un agente en base, en José Cueto. Saben que Avilés estos días late a ritmo lento: “La gente, por lo general, cumple la norma. Aunque siempre hay algún despistado”, reconocen mientras continúan su ruta. Comprueban que un coche mal estacionado en la avenida Cervantes responde al cliente de una farmacia y solicitan la documentación a un hombre que pasea en solitario por Conde de Guadalhorce. Se trata de un pescador que regresa a casa. Incluso la mar parece haber decretado estos días toque de queda para los marineros, con parte de la flota en tierra.

Llama la atención en el paseo de la ría la ausencia de pescadores a caña. “Si llegan a estar les tendríamos que denunciar, porque no se puede por el toque de queda”, explican unos agentes que admiten que trabajan “con mano dura en guante de seda”. “Hay que comprender las circunstancias personales de cada uno. Normalmente el que está haciendo las cosas bien puede justificarlas antes que tarde”, apunta el subinspector. El reloj ya ha pasado la una de la madrugada. Ya no llueve y el termómetro marca 12 grados centígrados según los luminosos.

Nuevo aviso. Unos cacos han cometido robos en Silvota y en Llanera “con un Seat blanco”. El caso nada tiene que ver con Avilés (o eso parece, de nuevo), pero los agentes instalan un control en Villalegre. Tal vez, opinan, les dé por desplazarse hasta el concejo por la carretera vieja de Oviedo. No es así. O sea que sigue la ruta por La Magdalena, donde los agentes se topan con seis chavales en la puerta principal del pabellón de exposiciones. Salen corriendo, alguno en bici, y los policías logran parar a dos, que fueron denunciados por incumplimiento horario.

Los policías controlaron de noche los accesos a la ciudad pero también la zona rural

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Avanza la noche por Gutiérrez Herrero, punto estratégico para controlar las salidas o entradas a la ciudad. El semáforo del último tramo de esta calle “baila” en solitario, no hay coches. Solo uno: dos chavales gallegos, de Villalba, que intentan orientarse para llegar a una de las naves de Tadarsa en el Parque Empresarial Principado de Asturias. Ambos tienen justificante laboral para circular. Precisamente al polígono de la ría se dirigen los agentes, donde los trabajadores de noche mantienen el pulso fabril de la ciudad. Se dejan caer también por la calle de Las Rederas, la preferida por los amantes del “tunning” para las concentraciones de coches. Vacía.

Vuelve el aviso del Seat León. Se vio en Grado, y se unió otro vehículo a esto de delinquir. Es posible que uno de los cacos sea avilesino, lo que incrementa la alerta. Los agentes instalan otro control antes justo de la Cruz de Illas, que ya es Castrillón. Pero no hay coches, no hay gente… solo ecos lejanos de la autopista del Cantábrico.

Los agentes se mueven de un lado a otro en una concatenación de kilómetros apurados. El equipo de noche de la unidad operativa estará trabajando hasta las siete de la mañana, una hora después de que finalice el toque de queda. No olvidan el entorno rural: Valliniello, San Cristóbal, Miranda, los límites con Castrillón y con Corvera…Patrullan por carreteras que, en algunos tramos, se convierten en caleyas. “Hay conductores de la comarca sobre todo que conocen bien estas carreteras y las utilizan para desplazarse entre concejos”, señalan.

Pero ayer no había nadie. Porque Avilés se apagó con el toque de queda en una especie de transición hacia el Samhain, tal vez el origen de ese “Halloween” de noches oscuras.

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