La intervención de una brigada de pintores municipales ha convertido en historia uno de los grafitis que durante más años se pudo ver en un edificio público de la ciudad, como era el caso de la que tenía como soporte una de las fachadas del lavadero de la calle González Abarca. Una mano de pintura blanco, primero, y otra capa de acabado con pintura de color mostaza han logrado cambiar –como se aprecia en la imagen– el aspecto de una pared que antes era un “lienzo” de arte urbano.