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Fallece Emilia Fernández Cueli, la última de los niños de la guerra de Asturias

“Su último cumpleaños, el de los 96, fue de lo más sonado, recibió una medalla del alcalde de San Petersburgo”, recuerda su familia

Emilia Fernández, con el álbum familiar.

Emilia Fernández, con el álbum familiar.

Se apagó feliz, “quedó como en un sueño” y “vivió un último cumpleaños fenomenal”. Así recuerdan sus allegados los últimos días de Emilia Fernández Cueli, la única avilesina que quedaba viva entre los 1.100 niños asturianos con destino a la antigua Unión Soviética que partieron hace 84 años del puerto del Musel. Eran los conocidos como “niños de Rusia” o “niños de la guerra”. Vecina desde hace más de tres décadas del barrio del Carbayedo, en su entorno la definían como “el archivo vivo” –hasta hace tan solo unos días– de aquellos menores que salieron del Principado huyendo de los horrores de la guerra civil y a donde muchos nunca más regresarían.

No fue el caso de Emilia, que nació un 18 de febrero en el barrio obrero de Pumarín, en Gijón. “Justo enfrente de donde está El Corte Inglés, era donde vivíamos”, recordaba en una reciente entrevista a este diario. Corría el año 1925. “Embarcamos para Rusia en septiembre de 1937”, recordaba con una lucidez pasmosa la mujer. Ella y cuatro hermanos (Luisa, Oliva, José y Josefina) subieron en el vapor “Dairiguerme”, que salió de El Musel cargado con niños en dirección a Rusia, “una expedición de niños de toda Asturias”, recalcaba ella. Dejaron a su familia para salvarse de las bombas y de la posguerra. Y lo hicieron a bordo de un carguero y en mitad de la noche “porque los franquistas estaban muy pendientes”, apuntaba a su interlocutor.

Casi todos los niños que salieron con Fernández Cueli en el último viaje en dirección a Rusia “eran de la cuenca minera; algunos, de Santander, que habían venido huyendo de los nacionales. Y poco más”, rememoraba en su última entrevista con LA NUEVA ESPAÑA. “Mientras estábamos saliendo, nos bombardearon”. Así recordaba el comienzo de su aventura en la Unión Soviética. “La maestra, que era comunista y se llamaba Nieves, me dijo: ‘Milia, tú tenías que ir para Rusia’. Y yo le pregunté que qué era eso. Entonces me explicó que estaban recogiendo niños en los orfanatos para luego embarcarlos. ‘En Rusia vas a estar muy bien, a ti que te gusta bailar’, me insistió la maestra”. Y fue para casa y se lo dijo a su madre, pero ella le dijo que ni hablar. “‘Que sí, mami, déjame marchar’”, imploró Emilia. Solo le pusieron una condición: que se llevara a sus hermanos. Y así fue.

Llegaron a Leningrado un 5 de octubre, casi dos semanas después de haber salido de Gijón. “El mar era muy bravo. Íbamos casi mareados todo el tiempo, pero igual que cuando regresamos”. Fernández Cueli recordaba que en el Leningrado cercado pudieron estudiar al principio. “Pero luego ya no: como nos bombardeaban tanto... Además, fue un invierno fatal: hizo 40 grados bajo cero. No teníamos leña, no teníamos nada”, se lamentaba.

Más favorable fue la vuelta a Asturias. Regresó, por fin, en 1957, después de 25 años. Lo hizo ya casada y con una niña. Volvió con tres de sus hermanos. Y cuando su marido comenzó a trabajar en Ensidesa se asentó de forma definitiva en Avilés.

Todos aquellos episodios tuvo tiempo de recordarlos con su familia, a quienes daba cuenta de sus vivencias con sumo detalle. También a los compañeros de la Asociación Niños de la Guerra. Su última ilusión, coincidiendo con su cumpleaños, el pasado 18 de febrero, fue la de recibir la medalla del gobierno ruso en reconocimiento de la labor de los españoles que contribuyeron a ganar la guerra en ese país. El distintivo se lo entregaron desde la Asociación Niños de la Guerra, creada hace un año, y que es el nexo de unión en España con la Embajada Rusa y el Centro Español de Moscú. “Para ella fue un subidón, no se lo esperaba. Si se lo decimos antes está sin dormir varias noches”, cuentan sus allegados. Aquello fue “una sorpresa tremenda” para Emilia Fernández “que recordaba todo lo que pasó muy bien”, a decir de sus familiares.

El 19 de marzo su vida se apagó para siempre, como en un “dulce sueño”, igual que el que le trajeron desde la Asociación Niños de la Guerra un mes antes. El último año apenas había podido salir de casa. Recibió el alta hospitalaria un día antes del confinamiento domiciliario de marzo. Vivió desde la ventana este año largo de pandemia. Se había vacunado hace unas semanas, pero su mente seguía plena. “Conocía a todos los de la asociación”, rememoran los de casa, “vivió un cumpleaños –el de los 96– de lo más sonado”, y luego se despidió. En silencio. Sin hacer mucho ruido. Como a ella le gustaba. Por expreso deseo de Emilia, sus familiares cumplieron con lo que les pidió: no se celebró ningún rito de despedida. “Fue su voluntad”, recalcan. Quizá como aquel septiembre de 1937 cuando se embarcó en El Musel con sus hermanos. Recibir la medalla enviada por el alcalde de San Petersburgo un sueño cumplido. Ahora para siempre.

En Asturias se calcula que quedan una docena de los llamados “niños de la guerra”. Emilia era la única que quedaba en Avilés.

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