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Juan Carlos de la Madrid, historiador: “El Palacio Valdés es el templo laico de la villa para celebraciones culturales importantes”

“Para llevar un teatro tiene que existir una estructura muy profesional, con personal acreditado en las tareas de este oficio tan especial”

Juan Carlos de la Madrid, en una presentación anterior.

Juan Carlos de la Madrid, en una presentación anterior.

Juan Carlos de la Madrid es doctor y licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Oviedo, diplomado en Cinematografía por la Universidad de Valladolid y Especialista en Gestión Cultural y Territorio. Ha sido pionero en Asturias en el estudio de los primeros tiempos del cine, es coautor del libro “Cuando Avilés construyó un teatro” y a lo largo del año pasado relató la historia del odeón avilesino en una serie dominical en LA NUEVA ESPAÑA de Avilés, que ahora ve la luz en forma de libro bajo el título “”Historia del Teatro Palacio Valdés”. Se presenta mañana, a las 20.00 horas, en el foyer del teatro.

–¿Cuál es la principal luz que aporta este libro sobre todo lo publicado hasta la fecha?

–El propio libro. Su título lo deja claro, es la historia del teatro Palacio Valdés, desde antes de su nacimiento hasta hoy. Completa. No estaba escrita. Sobre el teatro sólo existía un libro (“Cuando Avilés construyó un teatro”), escrito por mi hermano Vidal y yo mismo, que versaba sobre el proceso constructivo del teatro (veinte años nada menos) y la ciudad que lo construyó. Todo lo demás es nuevo. La historia del teatro desde que alzó el primer telón estaba por hacer.

–¿Y cómo lo aborda?

–Como un espejo de la historia de Avilés. Nada pasó por casualidad en el teatro, todo tenía su causa en lo que estaba pasando en la villa. Dentro del teatro se representaba la farsa y fuera la vida. Aquí hay ciento veinte años que son toda la vida de un teatro y más de un siglo crucial para la historia de una ciudad. También hay períodos que, por su densidad de acontecimientos y complejidad, jamás se habían puesto negro sobre blanco y sobre los que se repetían versiones interesadas nunca apoyadas en documentos, por ejemplo los tiempos de la Transición con el largo proceso de recuperación y posterior restauración del teatro. Es una historia social y también una historia del ocio y del espectáculo.

–¿En qué cambió el Avilés que iba al teatro en 1921 y el de hoy?

–Aquel Avilés que podía ir al teatro en 1921 era una parte muy pequeña de una población que también era pequeña (unos 14.600 habitantes), con una minoría burguesa dirigente e ilustrada y una clase trabajadora que tenía su mayor y más organizada presencia en la Real Compañía Asturiana de Minas, además de industrias menores y sectores tradicionales como la pesca y el comercio. Se estaba a la puerta de una década en la que los medios de masas y las comunicaciones en España progresarían notablemente, en un período confuso, entre el final de la Restauración y el principio de la dictadura de Primo de Rivera. Hoy el teatro está al alcance de todo aquel que tenga afición, es casi un servicio público, en una ciudad, distinta en forma y paisaje. Muy grande, comparada con aquella y, sin embargo, cada vez más pequeña, por la escasa natalidad y ser uno de los lugares más envejecidos de España, que es tanto como decir del mundo. En realidad aquel Avilés y éste sólo tenían un punto en común, muy terrible y difícilmente repetible, vivían las consecuencias de una pandemia mundial: gripe entonces, coronavirus hoy.

–¿Los avilesinos quieren a su teatro?

–Desde luego. Y además se identifican con él. Desde el principio ha sido como un avilesino más. No sólo lo quieren sino que, con una historia tan torturada como la de este teatro, sin el cariño de los avilesinos hubiera desaparecido. Ellos, eso que ahora se llama “la sociedad civil”, estaban allí para ayudarlo a nacer en 1900, también para hacerlo renacer en 1920 y 1986, con la Comisión pro recuperación del Teatro Palacio Valdés. Hoy es algo más que cariño, no sólo lo quieren, presumen de él.

–Dígame un detalle de la gestión de los inicios de este teatro que sea aplicable a nuestros días.

–La gestión teatral de hace un siglo es difícilmente trasladable a la realidad actual, pero ya que pide un detalle hay uno en el que son homologables: hace un siglo el teatro se inauguró por el impulso de una industria que nada tenía que ver con el mundo del espectáculo, Ángel Fernández y Compañía. La cosa no pudo cuajar y el teatro tuvo que cerrar al poco tiempo hasta que se hizo cargo de ella una empresa de espectáculos. La conclusión es clara, entonces como hoy, para llevar un teatro tiene que existir una estructura muy profesional, con personal acreditado en las tareas de este oficio tan especial.

–¿Cómo afectó la pandemia a su trabajo de investigación para este libro y los artículos previos?

–Más que a la investigación afectó a la redacción. Afectó el encierro y la tristeza de los largos meses del confinamiento y la falta de libertad de movimientos y la confusión de los tiempos posteriores, en los que aún vivimos. Trabajar en unas condiciones tan extrañas, atendiendo además en mi casa tareas inacabables de teletrabajo fue especialmente duro. Nadie estaba preparado para esto. Fue un libro, como todo lo que tiene que ver con este teatro, de nacimiento complicado en medio de un estado de excepción... Pero nació.

–Se detiene mucho en la parte gráfica con imágenes inéditas en algunos casos, ¿qué queda en los archivos fotográficos de lo que fue el Palacio Valdés?

–Quedan muchas cosas de los viejos tiempos del teatro, especialmente colecciones de postales, como las que atesoraba el llorado Claudio López Arias. A partir de ahí, he desarrollado una intensa investigación en archivos y, sobre todo, publicaciones de todo tipo, prensa y revistas de toda España, que enriquecieron la parte más vistosa, la de la publicidad de los espectáculos, además de todo tipo de aportaciones sacadas de informes técnicos y hasta alegaciones administrativas. También hay fotografías de espectáculos actuales y las que pertenecen a una serie muy famosa del teatro en ruinas que hice yo mismo en 1987. Por último son muy destacables las infografías de Miguel De la Madrid, que acompañaron a las entregas de LA NUEVA ESPAÑA y que el libro recupera como colección completa.

–La obra está muy relacionada con artículos previos publicados en este diario. ¿En qué se diferencia el trabajo para el medio periodístico del que verán ahora sus lectores?

–El trabajo fue pensado como libro y, cuando LA NUEVA ESPAÑA me dio la oportunidad de adaptarlo a las entregas dominicales, hice ese trabajo, lo pasé a un lenguaje periodístico divulgativo. El libro tiene más cantidad de texto, de información e imágenes. Además de una extensa bibliografía y apéndices muy útiles para encontrar, de inmediato, cualquiera de los cientos de nombres que en él se contienen. Es mucho más, pero es el mismo; un libro de lectura fácil. Siempre he escrito para ser leído por cualquiera, con independencia de su interés o formación. En este caso mucho más. Es un libro entretenido, de lectura agradable. Los seguidores de la serie periodística, la identificarán, los lectores de prensa estarán cómodos en estas páginas, los amantes de la historia también; para los avilesinos creo que será una fiesta, para los amantes del teatro una función sin entreacto.

–¿Qué supone para usted poder presentar el libro dentro del espacio que retrata ?

–Un raro privilegio que, para un historiador, es difícil de conseguir. Normalmente nos ocupamos de acontecimientos ya pasados, de vidas que no están, en lugares que ya no son cómo fueron. Imagínese que mi primer libro reconstruía los viajes de la emigración a América en veleros del siglo XIX… Va a ser una ocasión inolvidable para mí.

–¿Cuál diría que ha sido el espectáculo de mayor relumbrón que ha vivido este teatro?

–Son varios. Para la historia siempre quedará la temporada inaugural de la compañía de opereta del teatro Reina Victoria; para los melómanos la inauguración del piano Stenway de la Sociedad Filarmónica por José Iturbi, para los nuevos públicos del teatro el “Richard III” de San Mendes y, para todos, la magnífica programación que se ha hecho desde 1992.

–¿Qué deseo quiere entonar para este teatro centenario?

–Que siga teniendo siempre la capacidad para sortear a la parca, aunque se lo ponga cada vez más difícil y que, por mucho que cambie la ciudad, los avilesinos lo tengan como una de sus referencias, una especie de templo laico de la villa que acoge importantes celebraciones de la cultura.

–¿Volveremos al teatro sin mascarilla?

–De no ser así algo muy malo estaría pasando y no sólo en el teatro. Mi estreno soñado sería “La Carrera de América”. En 2007 se estrenó parte de su música en un espectáculo compartido y, ese mismo año, Rubén Díez y yo mismo escribimos una zarzuela completa con libreto, letras, música original y ese mismo título que yo le había puesto al espectáculo anterior. La primera zarzuela escrita en España ya en el siglo XXI, con parte de su trama en Avilés, que sigue sin estrenar. Comprenda que, aunque sea parte interesada, me gustaría verla sonar, por vez primera, en el teatro Palacio Valdés.

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