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El cartógrafo del trabajo

José Zamora, capataz de minas de la Real Compañía Asturiana, dejó un riquísimo y desconocido legado fotográfico sobre el tajo diario en las instalaciones de Arnao

Un anciano José Zamora rodeado de algunos de sus modelos. De izquierda a derecha y de arriba abajo: Ángel Rodríguez, Manuel Fernandez, Genaro Fernández, Isabel Galán, Bernardino Álvarez, José Rodríguez, José Zamora y Robustiano Fernández.

Un anciano José Zamora rodeado de algunos de sus modelos. De izquierda a derecha y de arriba abajo: Ángel Rodríguez, Manuel Fernandez, Genaro Fernández, Isabel Galán, Bernardino Álvarez, José Rodríguez, José Zamora y Robustiano Fernández. Archivo histórico de Asturiana de Zinc, composición del autor

Una fecha como el Primero de mayo llega siempre casada con celebraciones de toda especie que son recuerdo de tiempos peores. Inacabables jornadas de esfuerzo, de sirena, de vapor y de chimenea. De humo, ladrillo, grasa y carburo. Nada épico, aunque hoy se recuerde al ritmo del “Romanzo” de Ennio Morricone. Cuando los hombres se deslomaban de por vida en los tajos, las mujeres y los niños trabajaban duro por la mitad de salario y los derechos laborales no existían. Tampoco existía la memoria de los trabajadores, que pasaban por la vida dedicados a trabajar sin dejar más huella que su propio trabajo.

Para avivar ese recuerdo difuso, hace dos años que a todo eso le hemos puesto cara en Asturias con el rescate de la impresionante serie de retratos de trabajadores de la Real Compañía Asturiana de Minas. Un conjunto de más de mil quinientas caras inmortalizadas por José Zamora Montero. Por el valor informativo de los retratos y el descubrimiento del fotógrafo, desde que han sido documentadas, estudiadas, expuestas y publicadas por Alfonso García y quien esto firma, se han convertido en una aportación singular al patrimonio fotográfico español.

Quienes nos dedicamos desde hace décadas a la investigación y defensa del patrimonio estamos más acostumbrados al lamento que al festejo. Para nosotros es más habitual asistir a la destrucción y pérdida de elementos, aunque sean piezas relevantes, que a su preservación. Por eso esta historia es distinta. Y lo es para bien, porque deja constancia de un patrimonio que, estando perdido, fue recuperado en un proceso que tiene mucho de esforzado y mucho más de afortunado.

Partamos de la actual fábrica de Asturiana de Zinc, la vieja fábrica de la Real Compañía Asturiana de Minas. Allí, en el pueblo de Arnao, habitaba este patrimonio, pero, como en tantas ocasiones, no se podía ver; es más, casi nadie sabía que existía. Fue gracias a la labor de Alfonso García, el archivero que se ha inventado de la nada el archivo histórico de la empresa, como pudo localizarse donde sólo había incuria, abandono y ruina. La actual colección de fotografías, perteneciente a un fichero de trabajadores, dormía aventada en talleres abandonados, armarios desventrados, oficinas desmontadas y objetos perdidos. Siempre había estado allí, pero entre los artículos del trapero. No se conocía; no existía. Ni tan siquiera las fichas estaban todas juntas. Fueron rescatándose a salto de mata, como se podía, en razias y expediciones furtivas aprovechando traslados y derribos. Y una vez reunidas, cuando se vio la entidad de la colección, especialmente de las fichas de trabajadores, empezamos el estudio.

Es cierto que la investigación lleva a veces a los investigadores por donde no imaginaban, traza su propio camino, pero pocas veces una investigación como ésta lleva a los lugares que a nosotros nos llevó. Viajábamos por otro sendero, queríamos estudiar la riquísima información que aportaba el fichero, en ningún caso las imágenes. Sin darnos cuenta de lo que teníamos delante mirábamos el dedo y no la luna, pero pronto fuimos sorprendidos y atrapados por las fotografías. Todo acabó descubriendo para la Historia la vida y obra de un fotógrafo nuevo, aunque esa no fuera nuestra intención original, ni el propio José Zamora se reconociese como fotógrafo profesional.

Las fotografías tuvieron la culpa. Eran retratos hechos para fichar personas, pero están a mil kilómetros de la clásica foto de carnet. Daban mucha información, se veían muchas cosas. Por la forma, la escala y el aspecto de los modelos parecían más bien retratos que fotografías de un fichero de Personal. Debían tener un autor. Y, sin muchas esperanzas, empezamos a buscarlo. En un golpe de suerte nos llegó un apellido con los últimos recuerdos de un anciano que, poco tiempo antes de morir y desde Alemania, recordó uno de los nombres de su juventud como trabajador de la Real Compañía: Zamora.

Y la historia empezó hacia atrás. Teníamos que poner cara a ese nombre, dar identidad a aquel recuerdo, y conseguimos volver del revés toda la vida y el trabajo de José Zamora Montero hasta trazar su biografía. Investigar sin descanso hasta saberlo casi todo de este capataz de minas nacido en Cartagena en 1874 y que, entre 1903 y su jubilación en 1948, trabajó para la Real Compañía Asturiana de Minas en su factoría asturiana del valle de Arnao. Empezó como ayudante de mina, con la categoría laboral de “geómetra” y acabó siendo la mano derecha del director de la fábrica. Durante su larga vida profesional hizo cientos de fotografías, pero jamás trabajó como fotógrafo. Algunas de sus fotografías, como por ejemplo las postales del tranvía eléctrico, circularon durante años, fueron y son vendidas sin citar al autor e incluso se publicaron en medios de comunicación españoles y extranjeros. No faltaron negociantes avispados, sin muchos escrúpulos, que hicieron dinero con las imágenes de Zamora, pero la mayoría de esas fotos no llevaban firma. Y se perdió el rastro de su autor.

Por fortuna fue sólo extravío y no desaparición. Estaban ahí, entre el polvo y los trastos de un siglo de industria y esfuerzos, esperando ser encontradas. Más de dos mil fotografías, como rastro, es mucho rastro y seguimos tras él hasta llegar a aquellas caras que tanto nos habían intrigado. Nos llevaron a los momentos en que estas fotografías fueron impresionadas. A comprender cómo todos los trabajadores de la fábrica pasaron por delante del objetivo de Zamora.

Eran años difíciles. Con la década de los veinte llegaron huelgas de importancia y desembocaron en la agitación de la época republicana, que estalló en 1934. En la empresa pensaron que se necesitaba más control sobre la plantilla y que debía aplicarse con métodos nuevos, arrumbando a los listeros de toda la vida. Una faena para un empleado de absoluta confianza; que la cosa quedara en casa. Zamora era esa persona. De confianza plena desde que, con la llegada de Juan Sitges Aranda a la dirección en 1916, pasase a ser auxiliar del Servicio de Dirección. Tenía muchas habilidades, entre otras la de realizar fotografías que él mismo positivaba y ampliaba en el sótano de su casa de Salinas. Así que, como había mostrado esa habilidad, en vez de contratar a un profesional de los que ya trabajaban para la empresa como Alonso, a Zamora se le encomendó la labor de cubrir aquellas fichas color salmón con una cara de 4x3 centímetros. Y, entre 1935 y 1943, destinó parte de su tiempo a esta tarea de fotografiar empleados. Su viejo laboratorio de Salinas no valía para semejante misión, se necesitaba apoyo logístico. La empresa contrató rollos, revelados y ampliaciones con el boticario de Piedras Blancas, señor Toca. Él vendió también un trípode donde apoyar la sencilla cámara Vollenda F 45, un aparato de los de consumo doméstico, de aquellos portátiles de fuelle y óptica fija que se utilizaban para fotografiar excursiones y cumpleaños, con el que José Zamora retrató a millar y medio de empleados.

Siguiendo esa pista pudimos reconstruir el día a día del trabajo de Zamora, que levantó acta de los cambios en la producción, en los edificios, en las máquinas y en las personas de la Real Compañía Asturiana de Minas. Hizo memorias, reportajes y seguimientos de todo cuanto sucedió en sus factorías y en las explotaciones que le suministraban materias primas.

Eran los días del movimiento de la fotografía obrera. De maestros como August Sander, que utilizaron la imagen para reivindicar a la clase trabajadora. En fotos de gran calidad artística, pero que requirieron de mucha preparación. En cambio, los retratos de Zamora no tenían intención militante ni trascendente. Se trataba solamente de un fichero. Sus trabajadores entraban o salían del tajo, no posaban. Eran de verdad. Ni él era fotógrafo ni ellos eran modelos. Sin embargo, reunidos hoy, recuerdan a las imágenes de los viejos maestros. Una legión de rostros de fuerza singular. Un ciento de poses, actitudes y vestimentas.

Allí estaba todo: la vida de quienes escapaban de la beneficencia trabajando más allá de los ochenta años, de los niños que empezaban a los catorce, de las mujeres que trabajaban desde la juventud o tenían que hacerlo ya mayores, por la desgracia de la muerte de un marido que era trabajador de la empresa. Un facebook primitivo, de cuando las redes sólo se usaban para pescar. Son el atlas de una fábrica. Planos de caras y vidas, levantados durante los ocho años en los que José Zamora fue el retratista de la fábrica.

Un legado por el que ya se interesan estudiosos de la historia de la fotografía española, pero que merecería mayor reconocimiento y mejor recuerdo dentro de esta comarca. Más de mil rostros de una fuerza singular. De una aplastante capacidad para contar y representar. Un mapa mundi de las caras del trabajo sin salir del valle de Arnao.

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