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Un recorrido geológico por la costa este de Gozón

Las excelencias de una ruta a pie a orillas del Cantábrico

Playa y puerto de Llumeres, en Gozón.

Playa y puerto de Llumeres, en Gozón. Mara Villamuza

Por su belleza natural, su abundancia de sendas costeras con vistas al mar, sus buenas playas y la hermosa villa de Luanco, esta costa es una de las más atractivas de Asturias; y si añadimos su variadísima y original geología, su flora carmesí y sus reliquias industriales, se convierte en única.

El Cabo Peñas.

En el artículo “Costa Oeste de Gozón” dejamos el oeste del territorio Peñas con las menudas ranas de San Antón saltando por las charcas. Ahora el cabo se presenta altivo, como el punto emblemático y más al norte de Asturias, con permiso de los islotes Erbosa y El Bravo, que aún lo están más. Su pico es un gran peñasco de 90 metro de altitud, con paredes lisas cuarteadas, de cuarcita ferruginosa entre las que asoman brotes vegetales; su continuación natural es el pico Pegollo. Una pasarela de madera, con sólida barandilla, permite recorrer su espectacular entorno marino, con las puntas Narvata, Sabugo y Palleya por el Este. El Faro, el más grande y antiguo de Asturias, contiene el interesante Museo Marítimo, con tormentas y naufragios incluidos.

Por el este, el islote más próximo al Cabo es el Castro, que mejor se llamara Tortuga por su fiel aspecto de quelonio. Esta parte del territorio de Peñas es más huidiza y quebrada que la oeste, pero desde Ferrero, un camino asfaltado o empedrado, paralelo al del faro, recorre las afables praderas sobre suaves lomas que bajan hacia el mar; vista deliciosa casi sin ver el mar.

Llumeres y Bañugues.

Llumeres, playa, puerto y ensenada, es de obligada visita. Desde el área recreativa de El Monte se accede con facilidad hasta playa Bermeya, a cuyas arenas no es fácil descender, y menos al puerto. Hace unas décadas se explotó aquí una rica mina de mineral de hierro que surtía de oligisto a la acería de La Felguera. Hoy las aguas rompen en la arena formando coloristas aguafuertes como el que acompaña estas líneas.

Para el transporte del mineral se construyó un dique de madera, con calado insuficiente; luego otro de hormigón, del que quedan tres de sus cuatro tolvas iniciales; también hubo que desecharlo pues la marejada comprometía la carga y travesía hasta Gijón, más el trayecto hasta Langreo. La solución final fue instalar una grúa que izaba el mineral hasta un teleférico que lo llevaba al ferrocarril de Carreño y de ahí a Aboño y a La Felguera.

Además del puerto queda como hermosa reliquia de la esforzada y rentable aventura industrial, una hermosísima bocamina de color rojo y numerosas piedras granate de material ferroso, de gran densidad; e incluso, en el desmonte de la playa, sobreviven paños del rojo mineral; y en la zona alta, sobre la mina, las ruinosas naves que formaban parte del complejo.

La ensenada de Llumeres se cierra al Este por la punta Narvata, desde la que ver el Cabo Peñas. Una amplia rasa sobre El Llugar permite un grato paseo hasta punta Sabugo, hendida por el mar.

La playa de Bañugues es una de las mejores de Gozón, amplia y profunda, de arena fina y en suave declive hacia el mar. Es muy utilizada y cuenta con camping y entorno hotelero. Por la rasa de Aguión hay una senda costera que, por Moniello, llega a Peroño.

Moniello y su ensenada.

Poco antes de llegar a Luanco, hay una desviación a la izquierda que, por La Corona, lleva a un bonita zona recreativa sobre el mar, con parking de adoquines y hierba. Allí cerca, hallamos la hendida punta Palleya, de original geología, con sus apiñadas, estrechas y verticales piedras negras, junto a otras más anchas y claras; y “El castillo de Manzaneda”, un cubo de piedras que semeja una torre medieval sobre el mar. Por el Este, la elegante punta de La Vaca y la ensenada Nera. La playa de Moniello es una cala recogida y pedregosa que atrae bañistas y, sobre todo, captura una buena cosecha de ocle.

La recogida de ocle es propicia en todo Gozón Este. Las fuertes marejadas de otoño e invierno arrancan las algas del fondo marino que acaban varadas en playas y pedreros. Su uso como abono de huertas y prados se remonta al siglo XVIII, por su composición similar al estiércol en N, K y materia orgánica y con la ventaja de su humedad. En tiempos, la recogida del ocle no era selectiva, pero ya en siglo XX, al comercializarse abonos nitrogenados más eficaces, hubo de hacerse selectiva del alga “Gelidium”, rica en agar y muy valiosa para una gran variedad de industrias. El ocle ha sido para los gozoniegos, siempre en espera de los “arribazones”, una fuente apreciable de ingresos de supervivencia y de bienestar.

Luanco.

La zona recreativa de Peroño es el mejor observatorio de la gran ensenada que incluye la villa de Luanco, Candás, la campa y el faro Torres, los globos blancos del Musel, el Cabo San Lorenzo, su Cervigón y su blanco navío de hormigón. En días claros, la vista alcanza la punta del Olivo, en Tazones. En este observatorio nace una senda de pendientes toboganes que llega a Bañugues, y cuyo primer tramo lleva a punta de La Vaca, con su estrecha franja de hierba. Dice la leyenda que una vaca queriendo aprovechar la última brizna rodó por el acantilado, para dejar allí su vida y su nombre.

De las excelencias del paseo marítimo de Luanco poco cabe decir que no se sepa; ideal para románticos paseos de invierno, bajo farolas de luz ambarina, desde el espigón hasta Santa María. La playa –antes llamada del Cabo de la Muerte– es de las más concurridas de Asturias, con su leve declive hacia el mar es segura y placentera, pero insuficiente en marea alta para tanto bañista. Nobles hitos de la villa son la porticada iglesia de Santa María, la modernista casa Mari, la de los Valdés Pola y la Torre del Reloj.

Al sur de Luanco.

Tras rebasar la playa de la Ribera, lo primero es rastrear el barrio de las Escallejas, buscar su costa verde y, sobre playa Samarincha, acercarse a punta Boleto, desde donde obtener una vista completa de todo el frente de la ciudad.

Para pasar a la playa de Aramar hay que dar un gran rodeo por la ruta de Antromero, pues la riada de “La Gallega” se llevó el puente. La playa es pedregosa y hay que adentrarse en el mar para pisar arena. Lo especial de Aramar es que cuando la marea empieza a bajar, las aguas chocan con la piedras enclavadas al bies del reflujo, produciendo un hermoso y prolongado murmullo musical.

Aramar está casi pegada a la bonita isla del Carmen. Se dice que, en marea baja, se puede bordear la playa y llegar a pie enjuto a la isla, pero no se dice que en el trayecto no hay pedrusco que no esté colonizado por algas viscosas que hacen inapelable el resbalón.

Lo mejor para ver la isla es enrolarse en la procesión marina del Carmen, pero también se puede desde el carretil costero, aventurándose a pie por un tendejón para ver de cerca isla, ermita, prado y varadero; por detrás asoma la isleta Lledia con quien parece fundirse.

Antromero de Bocines.

Más al sur surge “la bella desconocida”, un macizo de ancho istmo, con hermosa estructura calcárea; es la punta del Campo de la Riva, socavada por el mar en sus bajos, con dos salientes voladizos a ambos lado, con sendos nombres lugareños. La cima es una meseta en leve declive hacia el interior, cubierta por plantas verdes que, ladera abajo, se van tornando más rojizas y hermosas. Este macizo también es llamado “Piedra de la Arena”, porque la base del acantilado sur, Rebolledes, está constituida por arenisca blanca de grano fino –que dio lugar a la modesta industria de “las areneras”–, para la limpieza de suelos y chapas de hogar, con la ayuda de un estropajo de esparto, y con cuya venta las mujeres humildes se ganaban la vida. El trabajo de escarbar y acarrear la arena era arduo. Este “andar a la arena” también se hizo arriesgado cuando las mujeres escarbaron túneles sin entibar, que se venían abajo, dejando allí una mujer su vida.

Más hacia el Sureste, la pedregosa playa Gargantera, y la más bonita del Cristal o Bigaral, en tiempos vertedero del que quedan los cristales ya pulidos por el mar, acceso peligroso por lo irregular y resbaladizo de las lajas; la cala se cierra al Sureste por una estructura pétrega de bonita geometría. Al otro lado de una amplia rasa, está la playa de San Pedro, la mejor de la zona después de Luanco; amplia, profunda y cuyas arenas están sembradas de piedrecitas negriblancas.

Pero lo más original de esta playa es su cierre Noroeste, muy hermoso pues, sobre una estructura pétrea como la del Cristal, crecen frondosas matas multicolores de gran prestancia. En el extremo Sureste del concejo se yergue airosa la sencilla iglesia de San Pedro, desde cuya campa hay una vista espléndida de la ensenada, que en días grises parece un lago presidido por la imprescindible palmera de Candás, sin cuya esbelta figura nada sería igual.

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