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Nómadas avilesinos por el mundo pese a la pandemia

El avilesino Manu Miguélez fotografía a surfistas en Sumatra, la corverana Patricia Iglesias prepara viaje solidario a Tanzania y Alberto Vior cuenta los días para partir hacia Siberia en moto

Alberto Vior, Manu Miguélez y Patricia Iglesias

Alberto Vior, Manu Miguélez y Patricia Iglesias

Ni la pandemia ni los riesgos de viajar les han frenado en su ímpetu por conocer mundo. Son nómadas pese a la pandemia. El avilesino Manu Miguélez fotografía a surfistas en Sumatra. Ha dejado a su familia en Canarias –incluido a su bebé– y suma dos años ya sin volver a España. “Siempre se puede alargar la estancia si llega una buena marejada”, cuenta desde Indonesia. La corverana Patricia Iglesias es otra trotamundos, pero con un fin social. El próximo julio cumplirá su decimosexto aniversario dedicando los veranos a ayudar a los demás. Este toca Tanzania. Ha comenzado a vender un fanzine para sufragar las necesidades de su ‘familia’ africana. Tendrá que viajar por Dubái, superar decenas de controles, cuarentenas... pero igual que el policía nacional Alberto Vior –que deberá traducir al inglés o al ruso su pasaporte de vacunación para cruzar Siberia en moto– considera que todo esfuerzo vale la pena por cumplir sus sueños nómadas, aún en pandemia.

Viajar a donde lleven las olas

En los días que se ha elaborado este reportaje sobre grandes viajeros de la comarca, Manuel Miguélez Dintén (Avilés, 1981) se hallaba en el archipiélago de las islas Mentawai, al oeste de Sumatra (Indonesia). “Es un lugar muy remoto, tanto que no hay casi cobertura telefónica. Aquí fotografió surfistas, las olas y todo lo que rodea este modo de vida que es el surf”, detalla utilizando la aplicación de mensajería Whatsapp para entablar conversación con el periodista en uno de los pocos momentos que tiene acceso a una red wifi.

Para Manu Miguélez, que así es conocido profesionalmente en los círculos surferos, viajar no es un fin en sí mismo, sino el medio de llegar a los sitios del planeta donde el mar se pone bravo. Porque eso es lo que buscan los mejores surfistas de olas gigantes: tempestades, mejor cuanto más grandes. La motivadora imagen idílica de una playa soleada con palmeral y el mar en calma usada habitualmente para movilizar a masas de turistas no va para nada con el enfoque vital del avilesino. “Mi motivación principal es estar en los sitios cuando se dan las mejores condiciones para la práctica del surf, y eso suele coincidir con lo que la gente llama ‘mal tiempo’”, explica.

Manu Miguélez.

Preguntado por cuánto tiempo tiene previsto estar a orillas del océano Índico, Miguélez responde con la habitual vaguedad que suele mostrar al hablar de planes futuros: “Creo que estaré aquí un par de meses, pero siempre se puede alargar mi estancia si una buena marejada aparece en las predicciones meteorológicas. ¿Quién sabe?”

El surfista y fotógrafo avilesino acaba de ser padre y confiesa que añora a la familia que ha formado y con la que vive en Canarias. También a sus amigos y a la familia asturiana. “La echo de menos, es verdad, pero mejor que vengan a verme ellos a mí, que en Asturias hace mucho frío y ya perdí la costumbre”, bromea. En concreto ya hace dos años que no pisa el Principado, y de momento no está en su hoja de ruta.

Un viaje pendiente de un hombre que ha visitado casi todos los mares del mundo es, según revela, Hawai, una de las mecas mundiales del surf. “Me gustaría ir y seguro que pasará tarde o temprano”, afirma. Y hablando de viajes, Miguélez resume así uno de los más “locos” que protagonizó: “Recuerdo salir de Canarias a mediodía en un vuelo directo a Dublín, alquilar un coche a nuestra llegada, conducir seis horas hasta Mullaghmore, surfear olas gigantes a la mañana siguiente, salir del agua, volver a conducir hasta Dublín sin billetes de avión, dormir cuatro horas y coger el primer vuelo de la mañana a Lisboa para surfear en Nazaré, volver a Lisboa para coger otro vuelo a Casa Blanca y poder surfear una ola famosa de Marruecos. Todo esto en tres días siguiendo una marejada de norte a sur sin apenas dormir, ¿suficientemente loco?”

En avión, coche, barco o moto de agua, Manu Miguélez va de playa en playa persiguiendo el doble sueño de hacer la foto de su vida y surfear una ola memorable. En la actualidad, el avilesino trabaja para un departamento de la marca surfera Billabong que se llama “Adventure Division” junto con el surfista de olas grandes francés Benjamin Sanchis, amigo del alma y compañero de fatigas en su peregrinación por el mundo en pos de las mejores olas.

África en la piel y Gambia en el corazón

La corverana Patricia Iglesias es una mujer con “ubuntu”, lo que según el Premio Nobel de la Paz Desmond Tutu significa ser “una persona abierta y disponible para las demás, que se rebela cuando otras personas son humilladas, menospreciadas, torturadas u oprimidas”. La evidencia de que Patricia Iglesias tiene “ubuntu”, más allá del tatuaje que contiene esa palabra y que luce en uno de sus brazos, es el compromiso social que mantiene con África, un país al que viaja todos los años al menos una vez y en donde despliega redes solidarias para ayudar a quien lo necesita. “Yo soy porque nosotros somos; es decir, la comunidad antes que el individuo. Eso es lo que me atrapó de África, eso es ‘ubuntu’”, explica la viajera.

Cuando no anda por África con la mochila al hombro, ejerce de trabajadora social en Corvera. Su vocación de ayudar a los demás extrapola lo laboral y condiciona hasta sus vacaciones desde al menos 2005, el primer año que pisó territorio de Gambia, el llamado Edén de África. Claro que, si ese supuesto paraíso reúne las condiciones naturales para serlo, las condiciones de vida de sus habitantes están a años luz de ser idílicas.

Patricia Iglesias.

La activista social buscaba “choque social” cuando el destino le llevó a Gambia tras una provechosa estancia en Cabo Verde, y vaya que si lo encontró. “Aquel primer año viajé acompañada y entramos en contacto con las necesidades escolares y hospitalarias de la localidad de Kotu (un distrito costero de Serekunda, la ciudad más poblada del país), donde establecimos nuestro cuartel general. De vuelta a España, recogimos material educativo y sanitario y lo enviamos a nuestros contactos”, explica.

La corverana se vinculó un año más tarde de su viaje iniciático a Gambia con una campaña local en contra de la mutilación genital femenina, una práctica común en aquel país. Gracias a su empeño logró que la Comunidad de Madrid subvencionase el programa que una asociación de mujeres gambianas desarrolla contra un tipo de violación de los derechos humanos expresamente condenado por la ONU. El asunto tuvo sonadas repercusiones internas en Gambia, donde hasta el Presidente llegó a tomar cartas en el asunto, pero para represaliar a las activistas.

De su último viaje a Gambia, el año pasado, Patricia Iglesias se trajo la “obligación moral” de ayudar a diez personas que viven acampados en una playa sin medios de subsistencia porque la epidemia ha cercenado su medio de vida: el turismo. Para poder enviarles cada mes un cheque que les permite al menos comer, Iglesias ha editado y vende a cinco euros un fanzine que recopila sus experiencias en Gambia.

Para este verano, con salida el próximo 8 de julio, el viaje africano programado por esta corverana le llevará a Tanzania. Y cuando vuelva tiene previsto ir a Dubái por asuntos personales, pero fiel a su filosofía de vida, una vez allí quiere tomar contacto con la problemática de los trabajadores migrantes que viven en ese emirato de Oriente Medio y son víctimas de abusos laborales. Es lo que tiene ser una mujer “ubuntu”.

Aventura en moto por la estepa rusa

Alberto Vior es un trotamundos. Ha recorrido Europa, conoce casi todos los países del viejo continente con su moto, su fiel compañera de viaje. Ya cuenta los días para emprender su nueva aventura, que le llevará al país de mayores dimensiones del mundo, Rusia. La pandemia no ha conseguido frenar sus ganas de conocer mundo y ya tiene todo listo para partir el próximo 25 de julio para otra nueva aventura. Viajará rumbo al gran país que comparte territorio europeo y asiático.

Alberto Vior Ricardo Solís

“Ya estoy vacunado y para viajar tengo que sacar un certificado de vacunación para pasar a Rusia, me han dicho que tengo que traducirlo al inglés o al ruso para que me lo permitan, lo traduciré al inglés”, afirma el viajero y policía nacional, que tiene en mente recorrer 28.000 kilómetros, 14.000 a la ida y otros tantos a la vuelta. “Tengo previsto gastar 1.900 euros en gasolina, llevo 90 bandejas de comida ya preparada, cápsulas de café y para la ducha, un bidón de agua que llevaré en la parte trasera de la moto”, detalla el viajero, que prevé hacer rutas de nueve horas al día en la moto. Si hay ocasión, descansará en campings, o al raso. 

Como conoce Europa casi como la palma de su mano, pasará el viejo continente de largo y centrará su viaje en Rusia. “Me pararé en pueblos que me parezcan interesante, haré fotos y disfrutaré del viaje”, señala el motero, que prevé finalizar su periplo en la denominada “ruta de los huesos” en Siberia, una vía construida en los años cincuenta por la Unión Soviética en los años cincuenta por órdenes de Iosif Stalin. Esta carretera une las ciudades de Magadan y Yakutsk. “Esa será mi meta, en un lugar donde hay enterrados dos millones de muertos”, indica el viajero. En los meses de invierno, esa zona, la ruta de los huesos, llega a alcanzar los 50 grados bajo cero y es una de las latitudes más frías del planeta.

Alberto Vior editó a primeros de año su primer libro “Tierra y cielo sobre mi moto” (Ediciones Círculo Rojo), que es un cuaderno de viajes en el que relata sus experiencias con su moto por medio mundo. Vive su pasión por las motos desde 1992, desde que entró a formar parte de la Policía Nacional. Siempre viaja solo y se siente liberado al sentir el viento y al escapar de la rutina. Ni la pandemia ni nada impide a Vior seguir disfrutando de su pasión por la carretera.

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