José Manuel Feito será el párroco de Miranda “para siempre”. Lo decían todos los que hace hoy un año iban llegando a la iglesia de Santo Domingo de Guzmán, el templo que el sacerdote somedano dirigió durante más de medio siglo. Feito acababa de morir. El cáncer se lo terminó llevando. Tenía 85 años, dos sobrinos, un montón de libros y el respeto completo de Asturias entera. “Diría que más: de todo el país”, destacó el académico Víctor García de la Concha, amigo de la infancia del sacerdote, compañero del seminario en los años del hambre. Francisco Panizo, su sustituto como párroco de Miranda, ha organizado esta mañana (10.00, 11.00 y 12.00) tres misas en sufragio del sacerdote muerto. El funeral lo presidirá el Arzobispo Jesús Sanz esta tarde (16.30 horas). Es mucha gente la que quiso al cura y es poco el espacio reservado en estos tiempos de coronavirus.

A Feito no le gustaba nada que se le invocara así, con el apellido. Lo explicó en uno de sus poemas y es que así, con sus versos, era como mejor se hacía entender “desde muy joven”, explicaba Víctor García de la Concha y subrayaba José Antonio González Montoto, delegado episcopal para el Clero y otro de sus muchos compañeros. “Entre 1968 y 1972 estuve en Avilés por primera vez: él había llegado cuatro años antes”.

Cuando el seminario abrió la sede en Oviedo –tras un baile entre Tapia y Valdediós– los seminaristas celebraban la Navidad confinados: “No teníamos vacaciones, así que hacíamos representaciones: él escribía, yo escribía, lo recordábamos los dos muchas veces; se ha muerto mi amigo”, señaló el profesor “coetáneo” del cura somedano. “Los dos tenemos la misma edad”, recalcó el antiguo director de la RAE. “Le llamaba todas la semanas: ayer estaba en Salamanca, volví a casa. Retrasé la llamada…”, se lamentó De la Concha.

“José Manuel Feito era un hombre bueno, en el buen sentido de la palabra, como diría Machado, y era un hombre sabio y, como todos los sabios, más interesado en aprender que en dar lecciones”, destacó otro profesor cercano: José Luis García Martín, poeta, crítico de literatura, uno de sus amigos más íntimos. Los dos –y alguna estrella invitada– mantenían discusiones indivisas delante de un menú de diez euros cada sábado. “Ese hombre, bueno y sabio, era además poeta, esto es, alguien capaz de emplear las mejores palabras en el mejor orden: ‘No muere quien habita para siempre / el corazón de los que le han amado’”, concluyó. 

Francisco Panizo le tocó sustituir al veterano cura en la parroquia de Santo Domingo. “Fue mi maestro en la aulas y en la parroquia. Me dio clase en el colegio San Fernando, pero también aquí, en esta parroquia. La dejó lista. Después fuimos amigos y compañeros. Era un hombre de una tremenda sensibilidad y un enamorado de Miranda y de sus vecinos”, destacó.

Angelina García, Conchita Blanco y Mari Luz Flores son tres de las feligresas agradecidas “a don José Manuel”. “Era una gran persona, nadie podrá decir nada malo de él”, destacó Blanco. “Mi santo es el día de la Purísima: todos los años me llamaba”, destacó. Feito tenía esas cosas: una agenda en la que tenía apuntados santos y cumpleaños de todos los suyos. “Bautizó a mi hija. Y tiene 55 años”, apostilló Mari Luz Flores.

El rosario de las 19.00 horas fue para José Manuel Feito: el pueblo entero, tras sus mascarillas, fue accediendo al templo. Había hidrogel y mucha tristeza. Feito forma parte de la vida de todos en Miranda. A unos les dio la Primera Comunión y a otros les enseñó lo que él decía que eran “las cosas de Miranda”: la alfarería, los caldereros, los ciudadanos de lujo… Los trabajos de Feito fueron sellados por el Premio “Marqués de Lozoya”, de cuando la etnografía era cosa alejada de la gran cultura. García de la Concha recordó también las relaciones que estableció el cura con Menéndez Pidal. “Se pasaban romances recogidos por la montaña: “Pastor que tas en el monte / comiendo pan de centeno / si te casares conmigo pastor / comieras del trigo bueno”.

Feito se fue, pero su huella ha quedado en Miranda “para siempre”. “Era un pozo de cultura y nada ostentoso”, subrayaba el periodista Toni Fidalgo: amigo y alumno del sacerdote que logró que en Avilés hubiera una escuela de Cerámica, que Ana de Valle abriera tertulia y que Asturias quedara explicada con su palabra y con su obra.