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La "Losa del tiempo", un símbolo contra el olvido

Análisis artístico de un monumento que carece de la retórica de los triunfadores, que es discreto, no un grito que se encumbra sino un lamento hacia el interior

La losa del tiempo, iluminada de noche.

Hay que hacer lo posible. Pero no es suficiente. Es estrictamente necesario hacer lo imposible para no olvidar, para no olvidarlos, para no olvidarnos. Sin memoria vagamos perdidos sin saber quiénes somos. Van desapareciendo testimonios cuya memoria se apoyaba en la experiencia vivida. Y han pasado tantos años que empiezan solo a quedarnos imágenes, “el ojo de la historia por su vocación de hacer visible”, relatos que nos reconectan con aquel ejército de sublevados que sirvió de apoyo a un régimen dictatorial que dejó, en las cunetas y fosas comunes, a miles de españoles fusilados. Hay estudios, libros, documentales, prospecciones artísticas que merecen todo el reconocimiento por su valentía en revelar crímenes de lesa humanidad, en levantar las losas de tantas historias ocultas, pero nunca existió un impulso narrativo común que despojara de cualquier honor a los vencedores. Simplemente porque todavía no han dejado de triunfar.

En 2013 visitan nuestro país Jasminka Dzumjur y Ariel Dulitzky, miembros del Grupo de Trabajo sobre Desapariciones Forzadas o Involuntarias de Naciones Unidas, quienes realizaron un informe con el espeluznante número de 114.226 desaparecidos entre julio de 1936 y diciembre de 1951, solo por detrás de las cifras que arrojan el infame gobierno de los Jemeres Rojos en Camboya.

Hay que, en expresión de Walter Benjamin, “cepillar en sentido contrario el pelaje demasiado lustroso de la historia” para evitar que la barbarie pase al olvido, que los vencedores enarbolen la bandera de su ignominia, que los culpables queden sin condena. Porque nunca se arrepintieron y aún llevan en las manos el botín ensangrentado de su triunfo que ha venido pasando de generación en generación, como un cortejo triunfal que recorre la historia apropiándose del futuro.

Carmen García, profesora de Historia Contemporánea de la Universidad de Oviedo, al frente de un equipo de investigadores entre los que se encuentran Pedro Alonso García, Gustavo Álvarez Rico, Claudia Cabrero Blanco, Amaia Caunedo Domínguez e Irene Martínez, han realizado desde 2003 el estudio que en 2011 permitió cerrar el mapa de fosas comunes, un mapa de resistencia, que incluye algo más de 340 fosas en Asturias y sacar del anonimato a 27.000 víctimas de la guerra y la represión. Asturias es una de las comunidades con más fosas sin exhumar, algo que quiere reparar la Ley para la recuperación de Memoria Democrática en el Principado de Asturias.

A finales de 2019 el gobierno del Ayuntamiento de Avilés encarga a Carlos Suárez un monumento en memoria de las víctimas de la represión franquista. Con la “Losa del tiempo”, proyecto presentado finalmente, resultado de una investigación artística y documental, de diálogos y encuentros, se pretende crear un espacio de memoria con una obra realizada en acero corten con unas dimensiones de 6,5 metros de largo y 4,20 de ancho que se eleva ligeramente sobre el terreno, permitiendo acoger debajo de la losa un caótico amasijo de sillas, como indeterminado es el número de víctimas que siguen en las cunetas, “un objeto de fuerte carga simbólica, una forma pregnante (…) elemento teatral, poético, artístico” , del mismo material que la losa, situadas en forma desordenada.

Frente a este elevamiento de la losa se colocan otras cinco sillas, realizadas igualmente en acero corten, invitando a mirar lo que permaneció escondido. El cinco es símbolo de lo humano, “de los cuatro puntos cardinales más el centro”, de los cinco sentidos, un número que aúna cielo y tierra, pasado y presente.

La pieza con acento minimalista convive con registros figurativos, reformulando corrientes y tiempos, reevaluando los símbolos culturales en los espacios de memoria y asumiendo una obra site-specific, pensada para este lugar, con una resistencia a su integración como objeto de consumo. Este monumento no tiene la retórica de los triunfadores, es discreto, no es un grito que se encumbre, sino un lamento hacia el interior, sin una estructura grandilocuente, tratando de reconsiderar el papel de lo monumental en la memoria, de conversar con la ausencia.

Pero esta pieza podemos también definirla como un contramonumento, “un espacio donde ser y estar, estar juntos, donde el recuerdo es a la vez personal y colectivo, pero donde no se impone una forma, ni siquiera una forma física”. En la tradición del monumento se ofrece una visión triunfalista del pasado, una mirada jerarquizada, ofrendas a personajes históricos a quienes parece que la sociedad presente tiene con ellos alguna deuda histórica y, sin embargo, esos simbolismos han sido destruidos o retirados en innumerables países y épocas, al cambiar la sensibilidad social o tomar conciencia de lo que representaban.

“La losa del tiempo” no define un tiempo concreto, pero estimula la memoria colectiva. Situada en un espacio recogido del cementerio, el antiguo osario, al que hay que acudir expresamente, muestra un cierto escepticismo monumental con la tradición del memorial. Pero este contramonumento tiene también su propia estética, las lágrimas cuando llueve que arrastra el óxido del acero corten a la superficie creando una mancha que se expande, dejando un reguero de herrumbre, al igual que se extiende el lamento de los perdedores. No hay una visión vertical sino una mirada hacia el suelo, recuperando la memoria, la conciencia, la experiencia dolorosa de los que quedaron bajo la tierra.

Porque, en el fondo, es otra tumba más, con la losa elevada que nos permite mirar hacia dentro pero también experimentar las diferentes memorias que construyen esta pieza.

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