“Es emocionante mirar un escenario y pensar cuántos espacios ha sido, cuántos tiempos han pasado por él”. Esto lo escribió el académico Juan Mayorga, que también es el autor de “Reikiavik” o de “El arte de la entrevista”. Hace tiempo que se convirtió en uno de los dramaturgos españoles más importantes de la historia literaria a este lado de los Pirineos. Y también al otro. Mayorga se estrenó como director de escena en Avilés. Y eso le ha hecho enraizar en Asturias sin complejo. Se vio el otro día en Centro Niemeyer con los bachilleres avilesinos. Y se vio hace tres años en la platea del Palacio Valdés cuando explicó “El chico de la última fila”.

“Siento una deuda especial con el teatro Palacio Valdés”, confiesa. Y es normal. No pudo acoger su primera dirección escénica porque, entonces, el odeón estaba en obras. “Nos fuimos entonces al, por lo demás, entrañable teatro de Los Canapés”, recuerda el dramaturgo. Fue con “La lengua en pedazos”. Y era 2012.

El Palacio Valdés, que se ha llenado en estos treinta años con 227 estrenos nacionales, se cobró la deuda y en 2015 acogió la primera función de “Reikiavik”, el drama de los cuentos que tienen que ser contados.

Los responsables del teatro Palacio Valdés, el odeón avilesino que reabrió el 14 de noviembre de 1992, determinaron muy pronto que su lugar en el mundo estaba en los estrenos nacionales. Esta institución cultural de las afueras de las afueras nunca ha podido competir sacando la chequera (en todos estos años se cuentan con los dedos de una mano sus propias producciones). Programar teatro es un arte que poco tiene que ver con llenar los huecos libres de un calendario. Así que había que salvar el obstáculo de los grandes presupuestos con imaginación. Y el teatro Palacio Valdés se convirtió muy pronto en el taller de ajustes al que llegaban las producciones que luego tenían que hacer temporada en Madrid, en Barcelona. “Esto ha hecho que de los avilesinos espectadores muy cultos: porque lo han visto todo antes de nadie”. Otra vez Mayorga.

La política de la búsqueda de identidad ha cosechado triunfos. En los medios de comunicación (una semana entera con Juan Echanove o con Magüi Mira por las calles avilesinas dan para muchos reportajes, por ejemplo), pero también entre cajas. Los mejores técnicos de España han cerrado sus montajes sobre las tablas avilesinas. Y eso ha hecho que los técnicos avilesinos del teatro Palacio Valdés se hayan convertido en verdaderos especialistas del último minuto. Y todo eso se suma a la impresión del espectador veterano: no hace falta ir a Madrid para ver teatro. Ya vienen los madrileños aquí.

De ahí lo de la emoción y lo de pensar en los mundos que han sostenido las tablas del coliseo avilesino desde que hace 30 años. Lo explicó el historiador Juan Carlos Madrid en estas mismas páginas y, después, en su “Historia del teatro Palacio Valdés”. Dice que desde 1992 “este noble edificio es, por vez primera en su más que centenaria historia, un teatro. Sólo un teatro. No una sala multiusos, un club social, un cine, un salón de baile o el techo de todo aquel evento que no lo tenía”.

Pero no es “sólo” un teatro, es el teatro de los estrenos nacionales. Y también de los internacionales. E incluso de los escolares. Las mismas tablas desde las que se elevó a los cielos de la interpretación el astro norteamericano Kevin Spacey en 2011, cuando gritó lo del reino y su caballo, van a ser las que sostengan los espectáculos que han levantado los grupos de los institutos avilesinos que esta mismo mes de mayo. En el teatro Palacio Valdés han pasado y pasan estas cosas.