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El éxito de la música sobre la escena

Los avilesinos volvieron a mirar al odeón cuando los programadores inventaron ciclos combinados de conciertos, ópera y ballet

UN MOMENTO DE LA OPERA " EUGENE ONEGUIN " REPRESENTADA POR LA COMPAÑIA TEATRO HELIKON DE MOSCU EN EL TEATRO PALACIO VALDES DE AVILES. RICARDO SOLIS

Dmitry Bertman estuvo dos veces en Avilés: en diciembre de 2000 y en marzo de 2003. La primera vez que pasó por la ciudad lo hizo con “La dama de picas”. La segunda fue con “Eugene Onegin”. Tchaikovski a tope. Bertman, entonces, llevaba diez años al frente de la compañía “Teatro del Helikon”: un grupo de amigos dispuesto a hacer ópera en medio de un imperio a punto del colapso. Y, demostraron que se podía hacer.

En Avilés se disfrutó de su talento cuando su talento era cosa vedada a este lado del Telón de Acero. La compañía cierra ahora su trigésimo segunda temporada. Lo va a hacer con “Aida”: entradas desde 1.400 rublos (25 euros, o así).

Entonces llamaban a Bertman “gamberro”. Porque había podido deshacerse de los armatostes que históricamente habían acompañado a las representaciones líricas.Y eso lo ponderaron los primeros espectadores que lo probaron en España. Asturianos de pro.

Tras la función avilesina de su “Eugene Onegin” –Dmitry Kalin, Marina Kalinina y Nikolai Dorotzhin como protagonistas–, la compañía rusa tomó camino del Kursaal de San Sebastián. Llevaban en las maletas una mecedora, unas pocas cestas de mimbre y unas columnas de cartón piedra. Con todo esto habían recorrido media España. Y los aplausos rusos se transformaron en internacionales. El año anterior, en Santander, lo habían petado. Bertman pasó de hacer óperas con elementos escenográficos encontrados en la basura –lo dice él mismo– a ser nombrado Artista del Pueblo de Rusia, que es una distinción que se otorga a los hombres de la escena más relevantes de la Federación. Cosme Marina, crítico de LA NUEVA ESPAÑA por aquel entonces, resumió aquella segunda visita así: “En Avilés se apostó por su compañía, el ‘Teatro del Hélikon’ cuando muy pocos sabían lo que significaba esta realidad cultural –claro que en Avilés existe una gestión artística profesionalizada y que sabe marcar pautas de atención–, y ahora regresa después de la ‘consagración’ nacional que supuso su exitazo en el pasado Festival Internacional de Santander”.

Para llegar aquí, sin embargo, hay que viajar en el tiempo. Los responsables de la programación cultural de Avilés –mayormente, Antonio Ripoll– declararon su apuesta por las representaciones de teatro lírico ya en 1991: cuando no había teatro abierto y el auditorio de la Casa de Cultura todavía era un salón de actos. Fue en 1994 cuando nació el ciclo Música en Escena: una combinación de conciertos, de representaciones de ópera y zarzuela y de ballet que, con los años, iba a resultar la carta de naturaleza del teatro Palacio Valdés: programas de fidelización de público, precios baratos, espectáculos de estrenos.

Pero el primer éxito fue el de Música en Escena: se puso a la venta la mitad del aforo del Palacio Valdés y el personal respondió con energía. Unos años tardaron en hacer lo propio con el teatro. Porque no siempre los avilesinos que salvaron el Palacio Valdés de la piqueta acudía al odeón con ganas de que no lo tiraran.

La apuesta de junio de 1991 por la ópera tenía sentido. La compañía de Ópera de Plovdiv –que es una ciudad que está en medio de Bulgaria– montó un “Don Giovanni” en el neonato edificio de la Casa de Cultura, sin foso de orquesta (como pasó después, muchos años después, cuando se construyó el Centro Niemeyer: otro escenario para no hacer óperas). Aplausos a cientos animaron a repetir. Y en diciembre el montaje fue “El barbero de Sevilla”. De la Ópera Estatal de Polonia. La estatal. Y así hasta 2017, cuando cambió el paradigma musical de los responsables culturales de la ciudad: nada de óperas y bastante de rock. Echan óperas en el cine del Niemeyer.

Así que una ciudad sin tradición operística –la había perdió en la posguerra civil– logró llevar al éxito al teatro lírico durante un cuarto de siglo con el ingenio de los pobres. La caída del imperio soviético se llevó también a todos los países que habían crecido en su entorno como satélites. Y los responsables culturales avilesinos llamaron a las puertas de los teatros más importantes: Varsovia, Kyiv, en Moscú, Praga, Plovdiv... y lo hicieron antes que nadie.

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