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"Da pena que la tiren", dicen los extrabajadores de la acería LD-II

La instalación, inaugurada en 1969, solo estuvo activa 18 años, pero supuso un hito al introducir en la siderurgia asturiana la colada continua y la informatización

Las entrañas de la acería LD-II, vistas a través de una fachada demolida. | María Fuentes

Nadie mejor que un siderúrgico entiende que el éxito de una industria se sustenta en buena medida en su progreso tecnológico y, de la mano de éste, en la mejora constante del proceso productivo; lo obsoleto ha de dar paso a lo vanguardista, una instalación caduca o amortizada ha de dejar sitio a otra más moderna. Y sabiendo todo eso, los extrabajadores de la acería LD-II de Ensidesa, que dejó de funcionar como tal el 31 de diciembre de 1987, no pueden evitar expresar "pena" por su desmantelamiento.

El derribo de la LD-II –ha comenzado hace pocas semanas– lo decidió ArcelorMittal para liberar espacio donde construir un centro de gestión y tratamiento de chatarra, una pieza llamada a ser relevante en la pretendida descarbonización del proceso siderúrgico, el reto más importante al que se enfrenta en estos momentos el sector del acero.

"Aunque es ley de vida, da pena, claro", comenta José Manuel González Iglesias, que asegura haber trabajado en "cuatro acerías" de Ensidesa: la LD-I, la LD-II, la LD-III "y la que fuimos a montar a China". Este siderúrgico jubilado sabía desde 1987 –el año que cesó su actividad– que "el destino de la LD-II estaba escrito, aunque ha tardado en llegarle la sentencia definitiva".

Buen conocedor de los entresijos del sector del acero en sus años de siderúrgico en activo, González Iglesias achaca a la apertura de una acería en el País Vasco la decisión de cerrar la LD-II cuando solo llevaba 18 años de funcionamiento, una menudencia en términos industriales: "Abrieron una acería en Basauri para fabricar lo mismo que hacíamos en Avilés: palanquilla. Y al poco vino el anuncio del cierre de la LD-II, si bien es cierto que para entonces ya se sabía que entraría en funcionamiento la LD-III".

La acería LD-II. | M. F.

Manolo Cadenas Fuertes, que trabajó en la LD-II como operador de colada, destaca que la inauguración en 1969 de esa instalación marcó un hito en la siderurgia asturiana porque introdujo la colada continua, lo cual tuvo una importancia capital en términos de rendimiento. Lo explica el también extrabajador Ramón Martínez Campo: "De colar 250 toneladas cada diez o doce horas pasamos a sacar coladas de cien toneladas unas veinte veces al día. No había ni comparación".

Otra "revolución" que trajo la LD-II fue la informatización del proceso productivo. De forma muy primitiva –tanto que se basaba en el uso de tarjetas perforadas–, pero fue el primer paso de un camino por el que no ha dejado de avanzarse desde entonces.

"Yo mismo trabajé en la instalación del macrocomputador de un millón de dólares que se compró para la LD-II; era un mamotreto de 15 metros de largo por dos de ancho y otros tantos de alto que ocupaba él solo una habitación entera", recuerda José Manuel González Iglesias.

Las condiciones de trabajo en la LD-II mejoraron las que había en sus antecesoras, la LD-I y la Siemens (Hornos de Acero), pero ni mucho menos eran ideales. "Los sistemas de extracción de gases y polvo no eran ni la mitad de eficaces que los puestos años después en la LD-III. Cuando se averiaban o soplaba ‘el gallego’ (aire del Oeste) aquello era un infierno de polvo", evoca Cadenas.

También era frecuente que los trabajadores tuvieron que acercarse a las fuentes de calor, como cuando había que despegar una colada adherida al convertidor; "por no hablar de la máquina de rayos gamma que se usaban para nivelar el acero derretido en los moldes y de cuya posible afección a la salud nunca nadie se preocupó", añade Martínez Campo.

La piqueta borrará del paisaje avilesina la LD-II, pero al menos queda memoria de su existencia en quienes la hicieron latir durante casi dos décadas. "Tuvo una vida breve, pero intensa", podría ser su epitafio.

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