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Aires buenos para la escena nacional

Daniel Veronese, Gustavo Tambascio y Claudio Tolcachir enseñan en Avilés la realidad y el nuevo teatro

Una de las escena de «La omisión de la familia Coleman». | | MIKI LÓPEZ

A finales de marzo de 2006 el actor Héctor Alterio se convirtió en el teatro Palacio Valdés en el pintor neurótico Juan Pablo Castel que asesina a María Iribarne y lo cuenta en "El túnel", la primera novela de Ernesto Sábato. Diego Curatella, su secretario personal, precisamente, se encargó de escribir una muy particular versión dramática en la que el narrador, con muchos más años de los que pensó el novelista, dialogaba con su pasado sangriento.

Aquella producción se había estrenado unos días antes (el 10 de marzo) en el teatro Juan Bravo de Segovia y Daniel Veronese se encargó de montarla: fue su debut en España y el comienzo de una nueva manera de hacer teatro a este lado de los Pirineos.

"Lo que yo quería era trabajar con Alterio", confesó hace unos días en Avilés, pocos minutos después del estreno "Retorno al hogar", su primer Pinter. "‘El túnel’ es una novela que leemos en Argentina en el instituto, por eso no me terminaba de convencer. Lo que me atraía era Alterio", insistió.

Veronese es un director de ideas teatrales contundentes. Y esa contundencia se certifica con una carrera artística de largo recorrido que empezó hace casi cinco décadas, cuando aprendía de Mauricio Kartún, el maestro de dramaturgos argentinos, el primer motor de los buenos aires que empezaron a recorrer los teatros españoles hace tres décadas y que limpiaron de polvo y paja aquellas producciones nacionales apegadas a los luminosos de los teatros del West End o Broadway. El espejo neoyorquino refleja tan bien que necesariamente tiene que deslumbrar en los escenarios madrileños.

Daniel Veronese es uno de los responsables de la vuelta al apego por el texto, de que la realidad ahogue la fábula teatral, del trabajo conjunto de actores, directores y dramaturgos. Los que prefiere son espectáculos de larga sombra humana.

Sus gustos estéticos se han materializado en Avilés en montajes tan extraordinarios como "Espía a una mujer que se mata" –su particular "Tío Vania"–, que se vio en el Palacio Valdés en noviembre de 2007.

Y también en "El desarrollo de la civilización verdadera" –su singular "Casa de muñecas"– y "Todos los grandes gobiernos han evitado el teatro íntimo" –su "Hedda Gabler" privada–, que se representaron consecutivamente el mismo fin de semana: los días 13 y 14 de noviembre de 2009. Misma escenografía. Misma iluminación. Idéntica compañía y la misma inspiración: la del noruego Henrik Ibsen.

Aquel fue un fin de semana de logro de los programadores avilesinos que sólo superarían diez años después (en enero de 2019), cuando el redoble con salto mortal de dos estrenos nacionales seguidos en la misma jornada: "Port-Arthur" y "Jauría". Miguel del Arco y David Serrano haciendo suyas dos de las tragedias más significadas de Jordi Casanovas.

La presencia de Daniel Veronese en el calendario festivo del Palacio Valdés, de fiesta trigésima este año, ha dejado huella: entre los espectadores avilesinos que participaron en dos de sus estrenos avilesinos –la primera vez, en 2015, "Bajo terapia", de Matías del Federico, un superéxito mundial con incontables versiones; la otra, el otro día, con "Retorno al hogar"– y también entre directores de escena que le han tomado como profesor aventajado.

Pero para llegar a este punto hay que echar la vista mucho más atrás porque la huella argentina en la programación avilesina del Palacio Valdés se empezó a marcar casi, casi con la reapertura del teatro.

Gustavo Tambascio presentó en agosto de 1993 "Fernando Krapp me ha escrito esta carta", un drama que escrito por el alemán Tankred Dorst (con la colaboración de Ursula Eliler) y que se había estrenado en mayo de aquel mismo año en el teatro María Guerrero de Madrid. La historia –basada en la novela de Miguel de Unamuno "Nada menos que todo un hombre"– la protagonizaron Zorion Eguileor y Nuria Gallardo.

El trabajo artístico de Tambascio había comenzado a comienzos de lo ochenta y se desarrolló hasta poco antes de su muerte, que sucedió en 2018. Dirigió por medio mundo –sobre todo ópera o juguetes operísticos como "Desván Verdi", un estreno avilesino de noviembre de 2001 con música de la Orquesta Filarmónica de Transilvania– y así se explica que hubiera reunido en su vida una colección de espectáculos tan heterogéneos como aplaudidos: por el público y por los teatreros. Y es que el magisterio es una de las singularidades del teatro en que han participado los argentinos que han utilizado el escenario avilesino como trampolín de mayores cabriolas.

Por ejemplo, el propio Tambascio cuando presentó en Avilés un "Frankenstei" "marxista" con el actor de culto Javier Botet haciendo de la Criatura. Dijo el director en aquella rueda de prensa avilesina: "El monstruo es una metáfora. Hay que recordar que los burgueses consideraban que la clase obrera había nacido de sus mismas entrañas, que había cobrado vida, que tenía conciencia de sí misma y que, por lo tanto, se había convertido en un monstruo que había que eliminar".

Otra maestra de teatreros ha sido Cristina Rota. Fue la directora de "Rosencratz y Guilderstern han muerto", de Tom Stoppard. Juan Diego Botto y Ernesto Alterio fueron los protagonistas de un espectáculo cuyo estreno nacional acogió el odeón avilesino, una comedia absurda que supuso la vuelta a la escena de un Botto recién pasado por "Historias del Kronen" y por "Martín (Hache)". Quince años después de aquello, la directora regresó a Avilés, al club del Niemeyer. Lo hizo junto a Nur Levi para iniciar la gira de "Lo que no te digo". Una profesora de Comunicación que se decide por el silencio.

Claudio Tolcachir, que empezó a deslumbrar con "La omisión de la familia Coleman", que se vio en Avilés en 2008 es, quizás, uno de los directores argentinos más influyentes a uno y al otro confín del Atlántico. Está al frente de la sala Timbre 4 de Buenos Aires, que también es escuela y, por así decirlo, templo del teatro "underground" bonaerense.

En Avilés ha estrenado su "Emilia", en octubre de 2013. Y en febrero de 2019 hizo lo propio con "Copenhague". Un año después, repitió operación, pero en el auditorio del Niemeyer. De entonces es "La máquina Turing". Dentro de unas pocas semanas, cuatro días después del trigésimo aniversario redondo de la reapertura del Palacio Valdés, presentará su particular visión de "Las guerras de nuestros antepasados" de Miguel Delibes. Con Carmelo Gómez y Miguel Hermoso esta vez.

¿Cuál es la razón del triunfo del teatro argentino en España? "No lo sé. Quizá sea que el público español acepta con la mayor de las generosidades. Lo vemos cada noche: se acercan a nosotros a charlar. Comentan las funciones y destacan la mirada humana. Los personajes de Tolcachir buscan la felicidad, pero no eligen caminos buenos para llegar a ello.

Los Coleman no eran una familia común: todos los extremismos estaban contenidos en aquellas cuatro paredes, pero estoy convencida de que todos tenemos alguno de ellos en casa", admitió la actriz Tamara Kíper cuando fue interrogada al respecto en 2011. Ella fue uno de los miembros de esa familia desestructurada que tantos aires buenos trajeron al teatro español desde Buenos Aires.

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